Capítulo 13. No mirar demasiado
El amanecer sobre los campos hondos no llegó como una subida limpia de luz, sino como una revelación lenta de formas que habrían sido menos insoportables si la oscuridad las hubiera ocultado más tiempo.
Mara abrió los ojos antes de que Lemn la llamara y durante unos segundos no supo dónde estaba exactamente, solo que la noche no había conseguido borrar el peso del día anterior.
El refugio de piedra seguía oliendo a tela, polvo mineral, sudor seco y miedo administrado.
Oren ya no estaba en el interior; debía de haber cedido el turno de vigilancia hacía poco.
Narel dormía con la mandíbula apretada y una mano sobre el mango del arma.
Lemn estaba despierto, como casi siempre cuando el norte los llamaba más cerca, y aunque no lo veía del todo bien desde su manta, Mara reconocía ya en la forma de su quietud cuándo el silencio exterior le servía para pensar y cuándo lo estaba usando para contener otra cosa. Aquella mañana era lo segundo.
Se incorporó despacio, notando la tirantez de la venda en la pantorrilla.
El arañazo seguía sin declarar abiertamente sus intenciones, lo cual en aquel mundo equivalía a una tregua incierta, no a una absolución.
Se cubrió con la manta sobre los hombros y se acercó a la abertura principal.
Fuera, la luz gris del alba levantaba poco a poco el paisaje, y con cada detalle que se hacía visible el cuerpo de Mara se iba cerrando más.
Los campos hondos ya no eran una intuición al fondo del terreno ni una amenaza cartografiada por otro.
Estaban allí, extendidos en una amplitud irregular de bancales hundidos, corrales devorados, canales viejos, edificios agrícolas partidos a medias y una densidad vegetal distinta a la de todo lo que habían cruzado hasta entonces.
No era solo más abundante. Era más organizada.
Más segura de sí misma. Los verdes eran más oscuros y más brillantes a la vez.
Las zonas de agua retenida devolvían reflejos espesos incluso a esa hora, y entre ruinas y árboles retorcidos asomaban ya, sin necesidad de acercarse mucho, formas verticales que no pertenecían ni al bosque ni a la piedra.
Lemn la oyó llegar y habló sin dejar de mirar al frente.
—Hoy no vamos a tener margen para errores largos.
La frase no sonaba a amenaza. Sonaba a diagnóstico.
—Ayer tampoco lo teníamos —respondió Mara.
—Ayer aún podíamos retroceder.
Ella siguió la dirección de su mirada. Entendía lo que quería decir.
Habían dejado atrás ya demasiadas zonas intermedias, demasiadas rutas con variantes, demasiados refugios posibles.
A partir de ese punto, retroceder no equivaldría a volver a seguridad, sino a atravesar otra vez un territorio que ya había empezado a aprenderlos.
—No has dormido nada —dijo.
Lemn soltó una exhalación casi inaudible.
—Lo suficiente.
Mara estuvo a punto de decirle que eso era mentira.
No lo hizo. Empezaba a comprender que en él la mentira funcional y la economía verbal se parecían demasiado desde fuera, y que forzarlo a distinguir entre ambas casi nunca producía nada útil.
Aun así, permaneció allí un momento, escuchando con él la ausencia de fauna, el viento alto y un ruido remoto que tardó unos segundos en identificar.
Agua. No una corriente franca. Un roce líquido, quizá contra piedra, quizá contra raíces.
—Desde aquí parece tranquilo —dijo, odiando cómo sonaba la frase incluso antes de terminarla.
Lemn por fin volvió un poco la cabeza hacia ella. No se burló. Solo la miró con esa atención sobria que empezaba a desordenarle más el cuerpo de lo aceptable.
—Por eso es peor.
Prepararon la marcha con una disciplina ya incorporada al cansancio.
Comieron de pie, poco. Revisaron agua, vendas, armas, suelas.
Oren describió el perímetro nocturno con dos frases exactas: nada cercano, una oscilación de olor dulce pasada la medianoche desde el este, un reflejo raro en un canal al norte.
Narel escuchó con el ceño fruncido y apenas una protesta cuando Lemn cambió de nuevo el orden de marcha: Oren delante, Mara y él en el centro, Narel detrás pero más abierto al flanco derecho.
Esta vez nadie discutió de verdad. No porque el cansancio apagara el orgullo, sino porque algo en la visión de los campos hondos imponía otra escala de prioridades.
Bajaron del refugio poco después de clarear del todo y pronto el terreno obligó a abandonar cualquier ilusión de ruta clara.
Los campos hondos no eran un lugar unitario, sino la acumulación de varios paisajes fallidos que habían terminado por fundirse en uno nuevo: antiguos bancales convertidos en depresiones húmedas cubiertas por vegetación baja y brillante; pasos de carro transformados en corredores de raíz y sombra; caseríos agrícolas semihundidos donde solo quedaban muros interiores, chimeneas y suelos de baldosa rota, todo ello tomado por lianas y flores cerradas; acequias abiertas en unas zonas, cegadas en otras, reapareciendo donde ya no debía haber agua.
Y, entre todo eso, ombroles. Más lejos, más cerca, de pie, inclinados, hundidos hasta medio torso en ribazos o pegados a muros.
No todos recientes. No todos viejos. Suficientes para que el ojo tuviera que aprender a distinguir sin mirar demasiado.
Eso fue precisamente lo que más costó desde el principio.
No el miedo a ver uno, sino la imposibilidad moral de seguir tratándolos solo como parte del paisaje.
Cada nueva figura obligaba al cuerpo a una negociación instantánea: reconocer forma humana lo justo para no tropezar con ella ni negarla por completo, pero no tanto como para permitir que la imaginación empezara a rellenar cara, edad, historia o gesto final.
Mara entendió muy pronto que esa negociación agotaba más que el propio esfuerzo físico.
El bosque no necesitaba ya atacarlos de manera abierta todo el tiempo.
Le bastaba con sembrar el camino de restos humanos organizados de tal forma que caminar sin dejarte arrastrar por ellos se convirtiera en trabajo de voluntad.
—No mires el segundo de la izquierda —dijo Lemn en un punto, sin alzar la voz.
Mara obedeció antes de saber por qué. Ya había dos ombroles visibles junto a un canal estrecho.
Uno erguido, muy antiguo, cubierto de corteza negra y hojas duras.
El otro medio vuelto hacia el camino, con un hombro todavía vestido por tela clara.
Si Lemn le decía que no mirara al segundo, era por algo más preciso que el horror general.
Ella mantuvo la vista en el suelo, luego en el canal, y aun así alcanzó a percibir de reojo una línea demasiado fina, demasiado joven, en el contorno del cuello.
—¿Por qué? —preguntó cuando dejaron atrás el tramo.
Lemn tardó un momento.
—Porque tenía la cabeza ladeada como la llevan los que todavía no han terminado de vencerse del todo. Y porque ibas a intentar verle la cara.
Mara apretó los labios. No podía negarlo. Parte del cuerpo ya estaba tirando en esa dirección.
—Tú también lo has mirado.
—Sí.
—Entonces no me des lecciones.
La frase salió más dura de lo que pretendía. Lemn no se ofendió. Eso fue peor.
—No te las doy porque yo lo haga mejor. Te las doy porque sé lo que pasa después.
Narel, desde atrás, soltó una exhalación con cansancio.
—¿Podéis discutir cuando no tengamos doce muertos puestos como espantapájaros alrededor?
—No son espantapájaros —murmuró Mara, casi para sí.
Lemn la oyó.
—No. Tampoco.
Siguieron avanzando. El silencio del bosque hacía que incluso las palabras pequeñas pesaran demasiado una vez dichas.
La primera gran decisión del día llegó ante una bifurcación que ningún mapa viejo habría reconocido como tal.
A la izquierda, un corredor entre dos bancales hundidos permitía avanzar más recto hacia el norte, pero estaba parcialmente cubierto por una vegetación de hoja ancha y brillo húmedo en la base.
A la derecha, una subida más pedregosa bordeaba unas ruinas altas antes de volver a descender.
Oren quería la altura. Narel prefería la recta.
Lemn se quedó observando ambos pasos con una inmovilidad que Mara ya identificaba como concentración real.
Ella sintió de pronto una punzada breve en la boca del estómago al mirar el corredor izquierdo. No olor. No presión difusa. Algo peor, más íntimo, como si el terreno le dijera que allí la belleza estaba demasiado preparada.
—Por la derecha —dijo.
Lemn no apartó la vista de la izquierda.
—¿Qué notas?
Mara odiaba la pregunta porque nunca tenía una respuesta digna de la necesidad con que se formulaba.
—No sé explicarlo. Ahí todo parece estar esperando a la misma altura.
Lemn siguió observando. Luego señaló la base de las hojas anchas.
—Mira el brillo.
Oren entrecerró los ojos.
—¿Polen?
—No. Humedad de cierre. Quizá planta de compresión. Quizá algo peor. Derecha.
Narel masculló algo entre dientes, pero obedeció.
Mara se preguntó, mientras ascendían por la ruta pedregosa, qué habría ocurrido si hubiera callado.
La idea le produjo un temblor desagradable.
No por la responsabilidad abstracta, sino porque empezaba a asumir de verdad que Lemn la estaba incluyendo ya en la lectura táctica del mundo y no solo en su rareza general.
Eso la exponía más. También la unía más al resultado de cada decisión.
La subida junto a las ruinas altas les dio, durante un rato, cierta ventaja de visibilidad.
Desde allí pudieron observar una extensión mayor de los campos hondos y comprender hasta qué punto la presencia de ombroles estructuraba el espacio.
No estaban repartidos al azar. Tendían a agruparse cerca de agua vieja, pasos forzados, entradas de edificios y lugares donde antes los humanos habrían buscado trabajo, refugio o tránsito fácil.
Era como si el propio trazado antiguo de la vida humana hubiera sido reutilizado por el nuevo sistema para sembrar fijación donde más útil resultaba.