VENENO Y ESPINAS Capítulo 12. Primer ombrol #3
43%

Capítulo 12. Primer ombrol #3

Narel los llamó desde el alto. Había que seguir antes de que cayera demasiado la luz. El momento se rompió, pero no desapareció. Al contrario. Se quedó dentro, instalado en esa parte del cuerpo donde las cosas importantes no necesitan repetirse enseguida para seguir actuando.

La ruta de la tarde se complicó menos por el terreno que por el efecto del encuentro con los ombroles.

Todos iban más tensos. Oren revisaba el suelo con mayor insistencia.

Narel parecía aún más irritado porque ahora debía aceptar también la posibilidad de que un cuerpo fijado al paisaje siguiera siendo parte activa del peligro.

Mara notaba el mundo de otra manera. Ya no veía ombroles solo como el destino final del horror, sino como una fase más dentro de él, una fase que podía seguir oyendo, transmitiendo o respondiendo.

Eso volvía el viaje entero mucho más hostil, pero también más coherente dentro de la lógica del sistema.

Si las raíces detectaban, el polen abría, las esporas transformaban, las carnívoras consumían y el agua integraba, ¿por qué iban los ombroles a quedar reducidos a escultura inmóvil? El bosque no desperdiciaba nada.

A última hora de la tarde encontraron refugio en una pequeña elevación rocosa desde la que se veía una franja amplia del norte.

Allí, al fondo, empezaban los campos hondos de verdad.

No como una zona delimitada con claridad, sino como un cambio de densidad en el paisaje.

Más ruinas. Más agua retenida. Más sombra vegetal.

Más verticalidad rota por cuerpos y crecimientos.

Mara los miró y sintió una presión de anticipación casi dolorosa.

Lía estaba allí o no quedaba ya un allí mejor donde buscarla.

Y cuanto más avanzaban, más comprendía que encontrarla no significaría recuperar nada.

Solo elegir cómo soportar el reconocimiento.

Montaron el refugio con la eficiencia ya aprendida.

Esta vez, mientras Oren revisaba perímetro y Narel recogía piedras para cerrar una entrada lateral, Mara preparó la comida seca junto a Lemn.

Trabajaron en silencio, pero no en un silencio ajeno.

Compartían ya una especie de espacio intermedio donde el callar no era distancia, sino continuación de algo dicho antes.

Al partir una torta endurecida y dejar la porción expuesta sobre piedra, Mara notó que la mano de Lemn llegaba a la vez que la suya para apartar una pequeña fibra adherida al borde.

Sus dedos se rozaron apenas. No fue nada.

Y, sin embargo, el contacto mínimo le atravesó el brazo entero con una claridad indecente.

Retiró la mano demasiado rápido. Lemn también.

Ninguno comentó nada. La ausencia de comentario volvió el momento más nítido, no menos.

Comieron poco. Hablaron menos. La noche cayó hermosa y podrida sobre los campos hondos que los esperaban.

No había un solo animal marcando el borde del día.

Ni canto. Ni zumbido. Ni carreras breves entre matorral.

Solo el viento y, muy de vez en cuando, el sonido remoto de agua golpeando piedra dentro de algún hueco.

Mara entendió entonces que el silencio del bosque y el primer ombrol habían hecho juntos algo irreversible en ella.

Le habían quitado las últimas ilusiones sobre la naturaleza del viaje.

Ya no se trataba de atravesar un mundo peligroso para encontrar a una persona perdida.

Se trataba de entrar en un sistema que había aprendido a usar los cuerpos, los afectos y la memoria como parte de su propia continuidad.

Esa noche, cuando le tocó el turno de guardia con Lemn, el norte parecía una mancha inmensa de sombra organizada.

Se sentaron junto a la abertura del refugio, separados por apenas lo suficiente para no tocarse sin querer.

Mara llevaba la manta sobre los hombros.

Lemn tenía el arma apoyada contra la rodilla y las manos quietas. Estuvieron un rato escuchando nada.

—¿Crees que Lía te oiría si estuviera cerca? —preguntó Mara de pronto, odiándose un poco por la pregunta.

Lemn no respondió enseguida.

—No.

—Pero a veces miras como si esperaras lo contrario.

Él inclinó apenas la cabeza, reconociendo el golpe.

—Sí.

—Eso también te mata.

Lemn soltó aire muy despacio.

—Lo sé.

Mara no sabía ya si lo compadecía, si lo admiraba o si estaba empezando a amarlo en la peor forma posible, la que nace antes de cualquier alivio y se mezcla con el miedo, la necesidad y la voluntad de no dejar al otro solo frente a aquello que lo rompe. Tal vez las tres cosas eran ya inseparables.

—Cuando la encontremos —dijo, eligiendo el verbo como quien cruza un borde—, no mirarás solo.

Lemn volvió la cara hacia ella. En la oscuridad apenas veía sus rasgos, pero sí la intensidad tranquila con que la estaba mirando.

—No —dijo.

Fue una promesa pequeña. También la más peligrosa que se habían dado hasta entonces.

Mara siguió escuchando el silencio del bosque y comprendió que ya no había vuelta a una desconfianza limpia.

Habían visto el primer ombrol demasiado cerca.

Habían confirmado que la integración seguía activa dentro de ellos.

Y, entre todo eso, algo se había fijado también entre los dos, algo sin nombre todavía, pero ya imposible de arrancar sin herida.