Capítulo 12. Primer ombrol #2
Aquellas palabras la obligó a mirar mejor. Tenía razón. La tela no estaba del todo vencida. La corteza del costado derecho era aún fina. Y en la mano visible, la derecha, persistía algo más que forma general: persistían los nudillos.
Mara tragó saliva.
—¿Cuánto es “no mucho”?
Lemn no la miró.
—Semanas. Quizá menos de un mes. No días. Pero tampoco viejo.
Narel, que había bordeado un poco por la izquierda, soltó una maldición sorda.
—Aquí hay uno más pequeño.
El grupo se tensó de golpe. Lemn giró tan rápido que Mara sintió el cambio en el aire antes de verlo en su cuerpo.
No corrió. Eso habría sido peor. Se desplazó con una precisión contenida hasta el ángulo desde donde Narel miraba.
Mara lo siguió medio segundo después, a pesar de que una parte de sí misma quería quedarse clavada donde estaba.
El ombrol pequeño estaba semiarrodillado contra la pared derruida de un corral.
No parecía un niño en sentido limpio, pero sí alguien joven.
Más bajo. Más estrecho de hombros. La integración le había cubierto ya la mayor parte de las piernas y la mitad del torso, pero todavía conservaba una chaqueta corta, descolorida, y la estructura general del cuello seguía siendo devastadoramente humana.
La cabeza caía un poco hacia un lado y del cabello o de lo que quedaba de él salían hilos de crecimiento oscuro.
Mara oyó a Lemn inspirar una sola vez, más fuerte de lo normal.
No dijo nada.
Eso fue peor.
Mara se volvió hacia él por reflejo. Lo que vio en su cara no fue certeza, ni reconocimiento completo, ni desmoronamiento abierto.
Fue una suspensión brutal. La detención exacta de alguien que, por un segundo, siente que todo el viaje podría haberse cerrado justo ahí y que, al mismo tiempo, no puede permitirse ni creerlo del todo ni descartarlo todavía.
Los ojos se le habían fijado en el cuello, luego en la chaqueta, luego en las manos.
Estaba buscando, aun sin querer, señales concretas.
Cicatriz. Proporción. Algún rasgo restante.
Todo lo que él mismo le había dicho que no debía hacerse demasiado.
—Lemn —murmuró Mara.
Él no respondió enseguida.
—No es ella —dijo al fin, con una voz tan seca que parecía rasparle por dentro.
Nadie respiró durante un instante.
—¿Seguro? —preguntó Oren, no por crueldad, sino porque en aquel punto la palabra ya no podía regalarse.
Lemn siguió mirando al ombrol pequeño.
—La chaqueta no. Y la mano... —Tragó saliva apenas—. No es su mano.
Mara no supo si el alivio que sintió era propio o prestado. Lo odió de inmediato, porque revelaba hasta qué punto se había colocado ya emocionalmente junto a él en esa búsqueda. No debería importarle de esa manera cuál de los cadáveres vegetales no era Lía. Con todo, le importaba.
Narel apartó la vista con una incomodidad que por primera vez no intentó ocultar bajo brusquedad.
—Vámonos de este sitio.
—No todavía —dijo Lemn.
Aquellas palabras le salió más tensa de lo normal. Mara comprendió al instante que él estaba haciendo un esfuerzo feroz por mantenerse dentro de la razón táctica. Y también comprendió algo más difícil: que necesitaba que alguien lo ayudara a seguir ahí.
—Mira el suelo —dijo ella, antes de pensarlo mucho.
Lemn parpadeó, como si regresara desde demasiado adentro.
—¿Qué?
—El suelo. No a ellos. Ahora no.
Él bajó la vista por pura obediencia al reflejo de la orden. Era la primera vez que Mara le hablaba así. El terreno junto al ombrol pequeño mostraba una red finísima de raíces y una depresión más húmeda junto al muro. Nada que permitiera acercarse más sin riesgo ni utilidad inmediata.
Lemn exhaló despacio. Asintió una sola vez.
Aquello fue, de un modo extraño, una de las escenas más íntimas que habían compartido.
No porque hubiera ternura abierta, sino porque ella acababa de hacer por él exactamente lo que él había hecho por ella junto a otros ombroles: impedirle mirar más de lo que el dolor podía soportar sin convertirlo en trampa.
Continuaron avanzando por la zona, ya no solo por prudencia táctica, sino porque Lemn necesitaba confirmar con el espacio entero que Lía no estaba allí.
Mara lo sabía. Y sabía también que ningún mapa, ningún relato de Irvel, ninguna descripción previa valdrían tanto como la ausencia dolorosa de un reconocimiento final.
Examinaron el resto del antiguo paso sin tocar nada.
Vieron otro ombrol medio tendido sobre un pozo cegado, dos más casi completamente absorbidos por una masa común de raíces junto a un muro de carga, uno de espaldas al camino con ramas altas saliendo de los hombros como si el cuerpo hubiera intentado erguirse un último instante antes de volverse otra cosa.
Ninguno era Lía. O, al menos, ninguno conservaba rasgos que a Lemn le hicieran detenerse como con el pequeño.
La certeza parcial lo dejó peor que si hubiera encontrado un no absoluto. Porque el viaje seguía abierto.
Fue al dejar atrás la última estructura del paso cuando sucedió lo inesperado.
Mara sintió primero una vibración mínima bajo la suela.
No agresiva. No como la activación de una red de cierre.
Más sutil. Se detuvo y alzó la mano. El grupo se congeló.
Oren miró el suelo. Narel apretó el arma. Lemn giró la cabeza hacia ella.
—¿Qué?
Mara no sabía todavía qué decir. La sensación no venía del frente ni de un borde húmedo.
Venía de muy cerca. De uno de los ombroles que acababan de dejar a la derecha, el del antiguo abrevadero.
Giró despacio. Durante un instante no vio nada distinto.
Luego sí. La mano visible, aquella en la que aún se marcaban los nudillos, no se había movido de sitio exactamente, pero una de las ramas pequeñas que le brotaba del antebrazo vibraba con una frecuencia distinta a la del viento.
—No está quieto —dijo.
Narel soltó una maldición.
—¿Qué significa eso?
Lemn observó el ombrol sin acercarse.
—Puede responder a vibración. O al calor del grupo.
La rama volvió a vibrar, apenas, y luego quedó inmóvil de nuevo.
—Nos oye —murmuró Mara, aunque sabía que no era la palabra correcta.
—Nos registra —corrigió Lemn.
La distinción no tranquilizaba nada.
Oren dio medio paso atrás.
—Entonces no son solo decoración de paso.
—Nunca lo fueron —dijo Lemn, más áspero de lo normal.
Pero el momento había dejado clara otra cosa.
Los ombroles no eran solo el resultado final del horror.
Al menos algunos, quizá sobre todo los recientes o ciertos tipos de fijación, seguían funcionando como parte activa del sistema.
No caminaban. No atacaban. No necesitaban hacerlo.
Bastaba con que detectaran, transmitieran o alteraran el comportamiento del terreno a su alrededor.
—Nos vamos ya —dijo Lemn esta vez sin posibilidad de réplica.
Nadie discutió. La retirada de la zona se hizo más rápida de lo prudente, aunque no llegó a ser huida.
Mara notó el corazón descompasado y la imagen de aquella rama vibrando se le quedó metida en el cuerpo con una violencia distinta a la de los señuelos o las carnívoras.
Porque allí no había engaño completo. Había resto.
Y ese resto, de una manera insoportable, seguía participando.
Caminaron casi una hora antes de detenerse en un alto pedregoso desde donde todavía podía verse parte del paso antiguo, ya lejano entre manchas verdes y muros hundidos. Narel soltó el arma en el suelo con una rabia muda.
—Pues ya está —dijo—. Otra norma que no sirve.
Lemn lo miró.
—¿Cuál?
—La de que, una vez fijados, ya no importan más que para evitar mirarlos demasiado.
Mara se sentó sobre una piedra y sintió de pronto el cansancio entero de la jornada desplomársele en la espalda. Oren bebió un sorbo mínimo y se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Siguen importando para el terreno.
Lemn asintió.
—Sí.
Nadie habló durante unos minutos. El viento, alto y seco allí, no traía olor de agua ni de ámbar.
Solo polvo vegetal y piedra caliente. Mara aprovechó el descanso para revisar la venda de la pierna.
Seguía igual, para alivio parcial de todos.
Al volver a cubrirla, notó que Lemn se había apartado unos pasos del grupo y miraba hacia el paso de ombroles con esa quietud demasiado concentrada que ella ya asociaba a los momentos en que la búsqueda le apretaba más fuerte desde dentro.
Se levantó antes de decidir si debía hacerlo y fue hasta él. No se puso a su lado exacto. Dejó entre ambos la distancia mínima de la prudencia y de algo más difícil de definir.
—No estaba allí —dijo.
Lemn tardó en responder.
—No.
—Pero has pensado que podía ser.
Él no negó.
—Sí.
Mara apoyó una mano en la correa de la bolsa para no cruzar los brazos como si se defendiera.
—¿Eso pasa siempre?
Lemn mantuvo la vista en la distancia.
—Cada vez que hay uno reciente y la estatura engaña. O la ropa. O la postura.
—Debe de ser insoportable.
Él soltó una exhalación seca.
—Sí.
Mara se quedó callada un segundo. Luego dijo, con cuidado:
—No tienes que mirarlos solo.
La frase podría haber sonado torpe o sentimental. No sonó así. Sonó simplemente cierta. Lemn la miró entonces, y en sus ojos había algo mucho más vulnerable que cansancio. No blandura. No alivio. Algo más duro precisamente porque no se permitía blandearse.
—Ya no lo estoy haciendo —dijo.
Fue una respuesta mínima. También una confesión.
Mara sintió un calor brusco subirle al pecho y quedarse atrapado ahí, sin salida limpia.
La cercanía entre ellos llevaba tiempo creciendo de una forma contenida, casi técnica, hecha de rutas, heridas, advertencias y silencios compartidos.
Pero aquella frase la empujó un poco más allá.
Porque ya no hablaba solo del paisaje. Hablaba del lugar que ella estaba ocupando dentro de él, aunque ninguno de los dos pudiera todavía nombrarlo sin convertirlo en otra clase de peligro.