VENENO Y ESPINAS Capítulo 12. Primer ombrol
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Capítulo 12. Primer ombrol

El cuarto amanecer de camino no trajo niebla, ni lluvia, ni un cambio visible del terreno, y quizá por eso resultó más duro que los anteriores.

La casa de labor donde habían pasado la noche seguía siendo la misma ruina alta y seca de la víspera, con sus dos entradas medio defendibles, sus piedras frías y el silencio del bosque adherido a los muros como un moho sin materia.

Pero algo en el grupo había perdido la última capa de provisionalidad.

Ya no eran cuatro personas atravesando una región hostil a la espera de que cada jornada impusiera una configuración distinta.

Habían empezado a funcionar como una unidad mínima, incómoda y desigual, sí, pero unidad al fin.

Oren ya no pedía confirmación en voz alta cuando Mara se detenía un segundo a escuchar una presión rara en el aire o bajo el suelo.

Narel seguía protestando, aunque menos por incredulidad que por esa manía suya de no conceder demasiado rápido la razón a nadie.

Y Lemn empezaba a organizar los desplazamientos contando con ella de una forma que a Mara le resultaba tan útil como peligrosa.

No le preguntaba cada vez qué sentía. No la convertía en un oráculo ridículo.

Simplemente la observaba, incorporando su reacción al terreno con la misma sobriedad con que incorporaba una cuesta, una piedra mojada o un cambio del viento.

Aquello era una forma de confianza. Y Mara, por mucho que intentara mantenerse dentro de una prudencia seca, empezaba a sentir esa confianza en el cuerpo como algo demasiado cercano a la intimidad.

Partieron temprano porque Lemn no quería internarse con el calor alto en la siguiente franja del norte.

Según el mapa improvisado que había ido corrigiendo en la cabeza con cada hallazgo, les quedaban pocas horas de transición antes de entrar en terreno donde la presencia de ombroles dejaba de ser incidental para convertirse en parte estable del paisaje.

No lo dijo así delante de todos. Dijo otra cosa, más simple: que a partir de cierto punto convenía llegar con margen de luz.

Mara entendió enseguida lo que escondía esa frase.

Llevaban días viendo huellas del proceso, restos, partes integradas, figuras demasiado humanas en bordes de agua o ruinas.

Pero todavía no se habían internado de verdad en un lugar donde los ombroles fueran muchos y antiguos o recientes en un número suficiente para imponer otra lógica al espacio.

Y, aunque nadie lo nombró, todos sabían que ese momento tenía que llegar.

La mañana comenzó con una claridad engañosamente amable.

El bosque bajo se abría en una zona de transición donde la vegetación alternaba cierres densos con claros pedregosos, como si no terminara de decidir entre absorberlo todo o dejar a la vista las ruinas a medio comer.

El silencio seguía siendo absoluto, ya no sorprendente, sí cada vez más insoportable.

Mara se descubrió a sí misma escuchando incluso la forma en que el grupo respiraba y apoyaba el peso.

El cuerpo, cuando se le priva de señales externas vivas, acaba convirtiendo a los otros en su principal medida del entorno.

Oía el paso corto y preciso de Oren delante.

El roce más impaciente de Narel detrás. Y, a su lado, la economía casi exasperante de Lemn, que parecía gastar solo la respiración imprescindible, como si incluso su cansancio obedeciera a una disciplina privada.

Esa proximidad constante la estaba afectando de maneras que ya no podía reducir solo al nerviosismo del viaje.

A veces le bastaba el movimiento de su hombro junto al suyo o la presencia de su mano apartando una liana tensa para sentir una descarga breve, seca, profundamente inoportuna, como si el cuerpo hubiera decidido empezar a desobedecerle en el peor lugar posible.

No hablaron mucho durante la primera hora.

Tampoco hacía falta. El terreno exigía una atención tan repartida que cualquier conversación más larga habría sonado obscena.

Atravesaron una franja de piedra caliza donde el agua vieja había dejado marcas blancas y las raíces finas aún no dominaban del todo los intersticios.

Luego una zona de muros derruidos cubiertos por flores violetas pequeñas cuya belleza excesiva bastaba ya para que todos las evitaran sin que Lemn tuviera que decir nada.

Después una loma baja desde la que por fin se divisó el cambio real del paisaje.

Más allá de una vaguada seca, el terreno descendía hacia una extensión donde las ruinas de antiguos corrales, bancales y casas de labor aparecían interrumpidas por formas verticales irregulares.

A esa distancia todavía podían ser árboles muertos, postes o rocas. Mara supo al instante que no lo eran.

—Ahí —dijo, antes de pensarlo.

Lemn ya miraba en la misma dirección.

—Sí.

Narel entrecerró los ojos.

—¿Qué veis?

Lemn respondió sin apartar la vista.

—Lo que venimos a ver tarde o temprano.

No hizo falta mucho más. A medida que bajaban hacia la vaguada, las formas verticales fueron ganando definición y el estómago de Mara se cerró con una lentitud casi dolorosa.

No eran árboles. Tampoco simples ruinas tomadas por enredaderas.

Eran cuerpos fijados al paisaje. Algunos del todo integrados ya a una masa de corteza, raíces y ramas.

Otros conservando todavía proporciones suficientes para obligar al ojo a leer persona antes de aceptar planta.

Ombroles. Varios. Quizá una docena a simple vista.

Tal vez más entre muros y vegetación. Allí estaban, repartidos por una antigua zona de paso como si el terreno mismo hubiera decidido plantar a los muertos donde antes había colocado cercas, pozos y entradas.

El grupo se detuvo de forma casi simultánea en el borde alto de la vaguada. Nadie quiso bajar todavía. La visión necesitaba primero un tiempo de ajuste, una especie de violencia lenta sobre la percepción.

—No miréis las caras de golpe —dijo Lemn, con la voz más baja que de costumbre.

Mara no necesitaba que se lo advirtiera.

Ya había sentido el impacto antes incluso de acercarse.

A esa distancia, lo peor no era la cantidad, sino la variedad del estado en que se encontraban.

Uno se alzaba casi entero sobre un antiguo poste, con las piernas del todo convertidas en una masa de raíces gruesas y el torso forrado por corteza brillante; la cabeza, sin embargo, seguía conservando una inclinación casi humana, como de alguien que hubiera estado escuchando algo antes de quedarse allí.

Otro aparecía de rodillas junto a un muro vencido, con ambos brazos fundidos ya en ramas cortas y la espalda cubierta por hojas oscuras.

Uno más pequeño, cerca de lo que había sido una puerta, parecía apoyado de lado en el marco con una mano todavía reconocible sobre la piedra.

Varios vestían aún fragmentos de tela atrapados entre el crecimiento.

Uno llevaba algo parecido a una capucha endurecida alrededor del cuello.

Otro conservaba restos de cuerda en la cintura.

Eran demasiadas personas para seguir llamando al lugar solo ruina o campo.

Aquel era ya un cementerio sin enterramiento. Un espacio de fijación.

Oren fue el primero en hablar.

—Aquí murieron muchos a la vez.

Lemn negó despacio.

—No necesariamente a la vez. Pero sí en la misma lógica. Paso, cierre, integración. Quizá ruta forzada.

Narel apretó la hoja corta sin mirar a nadie.

—Pues no me gusta.

Mara estuvo a punto de responder algo irónico, pero no pudo.

La escena no admitía alivio de ningún tipo.

Había algo obsceno en la forma en que el color seguía embelleciendo el horror.

Los verdes eran intensos, los rojos de ciertas enredaderas casi suntuosos, algunas flores blancas habían brotado en puntos altos de las ramas que salían de hombros y costados como si el sistema entero se permitiera remates ornamentales sobre la violencia original.

Todo estaba colorido y podrido a la vez, y esa combinación hacía más difícil que el cuerpo escogiera una sola emoción.

—Bajamos despacio —dijo Lemn—. No tocamos nada. No nos separamos. Si alguno cree reconocer algo, no avanza por eso. Si oís un sonido desde ellos, no respondáis.

Narel soltó aire por la nariz.

—Siempre tan optimista.

—Siempre tan vivo —replicó Lemn sin dureza, pero sin dejarle resquicio.

La bajada hacia la zona de ombroles fue el tramo más lento que habían hecho hasta entonces.

No porque el suelo fuera especialmente difícil, sino porque cada paso parecía cargado de una expectativa insoportable.

Mara notaba el cuerpo alerta de una forma nueva.

No era el miedo al ataque directo. Era la resistencia íntima a acercarse lo suficiente como para que los detalles dejaran de ser formas y se convirtieran en restos concretos de una vida humana detenida.

A medida que avanzaban, el aire cambió también.

No olía a podredumbre clásica ni a cadáver.

Olía a madera verde, humedad retenida, savia amarga y algo más seco, más leve, casi a tela vieja calentada por el sol.

Un olor sin muerte animal, lo que volvía todo todavía más ajeno a cualquier comprensión heredada.

El primero que tuvieron realmente cerca estaba junto a un antiguo abrevadero de piedra.

Mara lo vio de perfil al principio. La estructura inferior era ya vegetal casi del todo, dos masas de raíces y corteza hundidas en el suelo, pero el torso conservaba aún el volumen aproximado de un cuerpo humano vestido.

Una manga medio deshecha colgaba de lo que había sido un brazo izquierdo, y del antebrazo salía una rama corta cubierta por hojas pequeñas y duras.

La cabeza estaba inclinada hacia delante.

No se le veía la cara desde ese ángulo. Mara sintió el impulso absurdo y repugnante de agradecerlo.

—Este no lleva mucho —dijo Lemn.