Capítulo 19. Hambre #3
Y ahí estaba por fin la frase enterrada desde Vardel, aunque aún no había encontrado su forma final. Mara la sintió venir antes de que saliera del todo.
Lemn se puso en pie despacio. No había amenaza teatral en él. Eso era lo peor. Parecía más bien un hombre que lleva demasiados días conteniéndose y ya no puede gastar esfuerzo también en fingir suavidad.
—No he dicho que sea mejor.
—No hace falta. Lo llevas escrito en la cara desde que salimos.
Mara dejó el cuchillo a un lado.
—Narel.
—No. Que lo diga ya. Que diga que nosotros comemos mal, pensamos mal, caminamos mal, miramos mal, sentimos mal y él es el único que entiende cómo sobrevivir aquí.
Lemn lo sostuvo con la mirada.
—No. Lo que digo es que yo llevo más tiempo vivo en este tipo de sitio. Y que, si queréis seguir estándolo, me vais a escuchar algunas veces aunque no os guste.
Narel soltó una risa seca, casi enferma de hambre.
—Porque tú no eres como nosotros.
La observación cayó al centro del refugio como una piedra definitiva.
Mara sintió que todo se ordenaba de golpe alrededor de ella.
Narel no hablaba solo de la experiencia de Lemn.
Hablaba de sus espinas venenosas. De su resistencia distinta.
De la forma en que el ámbar parecía atraparlo menos que a otros, o lo obligaba menos.
De cómo había matado hombres con el brazo y seguido andando.
Hablaba de la sospecha profunda que llevaba días sin encontrar lenguaje limpio.
Lemn no respondió enseguida. Eso fue casi peor que si se hubiera enfurecido.
—No —dijo al cabo—. No soy como vosotros en algunas cosas. Y ojalá no lo fuera por motivos mejores.
Narel tragó saliva con violencia.
—Pues dilo claro de una vez. Porque parece que aquí todos tengamos que agradecerte que no nos consideres demasiado poca cosa para acompañarte.
Mara se puso en pie antes de saber muy bien en qué momento había decidido intervenir.
—Basta.
Narel giró hacia ella con el hambre, la humillación y el cansancio mezclados de una forma casi animal.
—No estoy hablando contigo.
—Siempre acabas hablando conmigo también.
Narel abrió la boca para responder algo peor, pero Oren, desde el muro, habló primero con una voz tan calmada que a todos les avergonzó un poco seguir de pie como estaban.
—Se os está comiendo antes el hambre que el bosque.
Nadie dijo nada durante dos segundos largos.
Oren siguió, mirando a Narel primero y a Lemn después.
—Y os digo otra cosa. Él no es como nosotros. No por lo que tú crees. Ni ella tampoco. —Miró a Mara—. Y yo tampoco lo seré dentro de nada si sigue esto así. La pregunta no es esa. La pregunta es quién sigue decidiendo mientras cambia.
La lucidez de la frase, dicha por un hombre medio tendido contra un muro y con la pierna recorriéndosele por dentro de una lógica ajena, desmontó de golpe toda la pelea.
Narel bajó la cabeza. Lemn se apartó un paso, no por derrota, sino por cansancio.
Mara volvió a sentarse con el pulso demasiado alto y la certeza de que el conflicto giraba por fin hacia su centro verdadero.
Tú no eres como nosotros. Vardel se lo había dicho a ella con miedo.
Narel se lo decía ahora a Lemn con rabia.
El bosque lo iba diciendo a Oren desde dentro de la carne.
Y, sin embargo, precisamente esa diferencia maldita era también lo que estaba sosteniendo al grupo.
Lemn volvió a agacharse junto al fuego sin una palabra más.
Narel cerró la bolsa de legumbres con un gesto brusco y fue a sentarse cerca de la entrada.
El hambre no había desaparecido. Solo se había revelado otra vez como lo que era: un ácido moral, una fuerza que deshace la cortesía y deja asomar las jerarquías, las envidias, los resentimientos y las verdades mal colocadas.
Cocieron los tubérculos largos minutos. El olor era pobre, terroso, casi tranquilizador en su fealdad.
Mara observó el agua de cocción, la consistencia, el color de la pulpa al abrirse.
Nada prometía mucho. Eso, en aquella jornada, casi parecía la mejor noticia.
Comieron porciones mínimas y esperaron. Nadie sintió reacción rara inmediata.
Tampoco alivio suficiente. El hambre retrocedió un paso, no más.
Y con ese paso de margen volvieron a poder pensar sin el filo tan directo de la necesidad en la garganta.
Fue entonces, entrada ya la tarde, cuando Oren pidió hablar a solas con Lemn y Mara.
No con Narel. La exclusión no fue cruel; fue práctica.
Narel, aún masticando su propia vergüenza y rabia, lo entendió y salió a vigilar el exterior sin protestar.
Oren esperó a que se alejara lo bastante.
Luego miró a los dos, sentado contra la pared, las manos quietas sobre las rodillas.
—Si mañana sube más arriba de la ingle, no me lleváis.
Ni Lemn ni Mara respondieron enseguida.
—No digo que me matéis ahora —añadió Oren, con la misma calma extenuada—. Digo que, si llega ahí, no me arrastráis ni me seguís convenciendo con palabras de grupo. Lo hacéis o me dejáis algo para hacerlo yo.
Aquellas palabras dejaron el aire inmóvil.
Mara sintió la violencia de la petición con una claridad casi intolerable.
Ya no estaban hablando de tratamientos, ni de observación, ni de paciencia.
Estaban hablando del límite de la persona frente a su propia transformación.
Del derecho a no ser acompañado más allá del punto en que el cuerpo empieza a obedecer otra cosa.
Lemn lo miró durante mucho rato. Mara veía perfectamente el dolor seco de esa escena, la forma en que cada palabra de Oren se encajaba en la parte de él que llevaba caminando hacia Lía.
—No te voy a mentir —dijo por fin.
Oren asintió apenas.
—Por eso te lo digo a ti.
Mara intervino antes de que el silencio se volviera insoportable.
—¿Y si no sube? ¿Y si se queda así más tiempo?
Oren la miró con una gratitud triste.
—Entonces seguiré andando hasta donde pueda. Pero no confundáis eso con esperanza.
No era desesperación. Era algo más limpio. Más terrible precisamente por eso.
Cuando Narel regresó, nadie le explicó enseguida la conversación completa. No hacía falta. Miró sus caras y supo que algo más se había fijado dentro del grupo. Algo que no tenía ya vuelta fácil.
La noche cayó sobre ellos con más hambre que sueño.
El pequeño alivio de los tubérculos no bastó para llenar nada.
El estómago seguía recordando. El cuerpo de Oren seguía cambiando despacio.
El rastro de la figura cojeante seguía tirando del norte.
Y entre Mara y Lemn la discusión con Narel había dejado al descubierto una verdad que ya no podían enterrar del todo: sí, él no era como los demás.
Y ella tampoco lo era ya. No por superioridad ni elección, sino porque el bosque había empezado a usar precisamente esas diferencias como puntos de lectura y de poder.
Lo insoportable era que, aun así, seguían siendo también los más capaces de sostener a los otros.
Mara salió a respirar una vez más al borde del refugio.
El aire nocturno olía a tierra fría, agua retenida y restos lejanos de ámbar.
Lemn la siguió poco después, sin decir nada.
Se quedaron de pie mirando la oscuridad de los campos hondos, donde algunas formas verticales recortadas contra el cielo podían ser árboles, ombroles o ambas cosas a la vez.
—Tenía razón en una cosa —dijo Mara al cabo.
Lemn no preguntó cuál.
—Tú no eres como ellos.
Él tardó en responder.
—Y tú tampoco.
La frase no fue consuelo. Fue reconocimiento. Tal vez por eso le resultó a Mara más íntima que cualquier roce o promesa.
—Eso debería asustarme más —murmuró.
—A mí me asusta bastante.
Ella volvió un poco la cabeza hacia él y, en la oscuridad, aunque apenas distinguía sus rasgos, sintió con una certeza casi dolorosa que si daba un paso la distancia entre los dos dejaría de ser táctica para convertirse en otra cosa.
No lo dio. El hambre, el cuerpo de Oren, el norte, Lía, el bosque entero, todo pesaba demasiado como para permitirse un alivio que quizá no sería alivio sino otra forma de debilidad.
Aun así, saber que ese paso existía cambió la noche de todos modos.
—Mañana —dijo ella.
Lemn asintió.
—Sí. Mañana.
No especificaron qué ocurriría mañana. Si Oren empeoraría.
Si encontrarían de nuevo el rastro. Si tendrían que elegir.
Si se tocarían al fin o seguirían usando la prudencia como única manera de no ceder al mundo.
No necesitaban más. El bosque respiraba alrededor de ellos con su belleza podrida y sus susurros de ramas, y por primera vez Mara entendió que quizá la frase tú no eres como nosotros no era solo acusación ni temor.
También podía ser el inicio feroz de una alianza.
Una forma de decir: precisamente por eso, no me dejes solo aquí.