VENENO Y ESPINAS Capítulo 11. El silencio del bosque
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Capítulo 11. El silencio del bosque

El tercer amanecer de camino fue el primero en que Mara sintió con plena claridad que el mundo exterior no se parecía ya al relato de un territorio invadido, sino al de un dominio consolidado.

Hasta entonces, incluso en los peores tramos, aún había quedado en ella una inercia vieja, la idea de que avanzaban por lugares humanos deteriorados, antiguas huertas, secanos muertos, lavaderos corrompidos, ruinas ocupadas por algo nuevo.

Pero aquella mañana, al abrir los ojos bajo la protección miserable de piedra y tela y oír lo que no oía, comprendió que llevaban ya tiempo caminando por otra clase de espacio.

No la despertó un sonido extraño. La despertó la ausencia total de los sonidos que el cuerpo, por memoria heredada más que por experiencia propia, seguía esperando en campo abierto.

No había un solo zumbido de insecto. No un roce leve de animal pequeño bajo hojas.

No un pájaro cambiando de rama con la torpeza seca del amanecer.

Solo el viento, muy alto, pasando por piedra y vegetación lejana, y la respiración de los tres hombres repartida en la sombra.

Aquella falta no resultaba limpia ni vacía.

Era una presión. Una ocupación por supresión.

Como si el bosque no solo hubiera crecido sobre el mundo, sino que hubiese aprendido a reservarse el derecho exclusivo de producir presencia.

Mara tardó unos segundos en incorporarse, apoyando el peso con cuidado sobre la pierna vendada.

La herida seguía sin cambiar de forma visible, pero el picor profundo reaparecía por momentos, no constante, no suficiente aún para obligarla a detener el día, sí lo bastante para recordarle que caminaba con una pregunta atada a la pantorrilla.

Lemn estaba despierto ya, sentado junto a la abertura del refugio, con la espalda apenas apoyada en la piedra y el perfil recortado contra una claridad pálida que todavía no alcanzaba a ser sol.

Oren seguía dormido, o fingía muy bien. Narel se había vuelto sobre un costado con una mano cerca de la hoja, incluso dormido incapaz de entregarse del todo a la indefensión.

Mara salió al exterior lo justo para respirar un aire que tampoco ofrecía alivio real.

Era fresco, sí, pero cargado de humedad retenida y de una nota vegetal difícil de descomponer en un olor concreto, como si cientos de procesos de crecimiento, cierre y pudrición transcurrieran a la vez bajo la piel del paisaje.

Lemn no volvió la cabeza al oírla.

—No hay nada.

La frase, tan absurda en apariencia, resumía con exactitud lo que ella estaba sintiendo.

—Sí —dijo Mara—. Eso es lo que me ha despertado.

Lemn inclinó apenas la barbilla, como quien confirma un dato en lugar de compartir una impresión.

—En Vardel todavía quedaban pequeños restos. Un pájaro de vez en cuando. Insectos sobre podredumbre reciente. Algún roedor insensato en las zonas altas. Aquí ya no.

Mara miró el paisaje que tenían delante.

El norte se abría en una sucesión de lomas bajas, franjas de vegetación oscura, ruinas dispersas y manchas de color engañosamente vivo.

Bajo la luz fría del alba, ciertas flores parecían aún cerradas sobre sí mismas, guardando el brillo para cuando el calor subiera.

Otras permanecían abiertas toda la noche, como si no necesitaran ya ajustarse a los ciclos que antes dependían de insectos o pájaros para completarse.

Mara pensó de pronto en algo que Elen había dicho una vez al revisar plantas improductivas: cuando una especie deja de necesitar a las otras, se vuelve más difícil de limitar.

Entonces le había parecido una observación seca sobre cultivos.

Ahora adquiría el peso de una ley más grande.

—¿Desaparecieron del todo? —preguntó.

Lemn tardó un poco en responder.

—No creo que exista un del todo limpio. Siempre queda algo.

Algunos insectos adaptados a ciertas flores tóxicas.

Animales grandes enfermos que recorren mucho terreno y casi nunca se dejan ver.

Cosas acuáticas que ya no sabría nombrarte igual que antes.

Pero la mayoría ha dejado de ocupar el espacio como lo hacía.

Ya no marcan ritmo. Ya no corrigen exceso.

Ya no anuncian nada. Y eso cambia la manera de caminar.

Mara lo miró de reojo.

—También cambia la manera de pensar.

—Sí.

La brevedad de la respuesta tenía esa cualidad suya de cerrar y abrir a la vez. Mara se quedó un instante observándolo. Había aprendido ya que cuando él se permitía una palabra de más, casi siempre merecía escucharla; cuando se quedaba en una de menos, también.

Despertaron a Oren y a Narel sin necesidad de insistir demasiado.

El silencio exterior había empezado a afectarlos incluso en el sueño.

Narel salió del refugio con mal gesto y una maldición preparada, pero se la tragó al quedarse quieto un segundo, escuchando.

La ausencia de vida menor parecía irritarlo más que el peligro visible.

Porque no le daba blanco. No podía golpear al silencio.

Oren, en cambio, lo asumió con la clase de mutismo práctico que usaba para todo.

Desayunaron sin conversación inútil. Mara dejó una porción de pasta seca expuesta sobre piedra antes de comer, igual que Lemn.

La costumbre se le había quedado adherida ya al cuerpo.

Narel olió su trozo dos veces con abierta desconfianza y Oren masticó despacio, mirando hacia el norte como si pudiera separar con la vista una ruta del resto del paisaje.

Cuando terminaron, Lemn señaló una línea de vegetación más densa que nacía al este y torcía luego hacia el norte.

—Hoy entraremos en franja de bosque bajo.

Narel frunció el ceño.

—Eso no parece bosque. Parece maleza grande.

Lemn negó.

—Eso era antes. Ahora es bosque. No por altura. Por cierre.

Mara entendió enseguida a qué se refería antes incluso de que avanzaran.

Los árboles grandes, tal y como aparecían en historias viejas o en restos dispersos de terrenos mejor conservados, casi habían desaparecido de esa región.

Pero la falta de troncos altos no significaba apertura.

Al contrario. La vegetación había aprendido a cerrar el espacio con capas bajas y medias: setos espesos, arbustos altos, lianas tensas entre estructuras, enredaderas con hojas de tamaño desproporcionado, tallos leñosos que se cruzaban como costillas sobre senderos antiguos.

A partir de cierta densidad, la altura importaba menos que la imposibilidad de ver a través.

El primer tramo de esa franja confirmó además otra cosa.

El silencio no era solo ausencia de fauna.

Era una herramienta de lectura deformada.

Sin pájaros, sin insectos, sin pequeños crujidos animales, cualquier leve roce vegetal ganaba un peso insoportable.

Un tallo tensándose bajo el viento parecía una advertencia.

Una hoja grande cayendo lentamente sonaba a paso retenido.

La respiración de los propios cuerpos se volvía demasiado audible.

Mara sintió desde el principio que caminaban dentro de una especie de oído ajeno.

—No habléis más de lo necesario —dijo Lemn cuando el cierre se hizo real.

Narel ya iba a responder con alguna ironía, pero el entorno le robó el impulso.

A unos pocos pasos de la entrada en la franja, el suelo había cambiado de composición: menos piedra, más tierra negra cubierta por mantillo húmedo y fibras.

No era barro ni pudrición evidente. Era algo más ambiguo, una cama vegetal mullida en apariencia y, sin embargo, recorrida por una tensión casi imperceptible bajo la suela.

Oren iba delante con la vara comprobando apoyos.

Mara detrás de él. Lemn algo a su derecha y medio paso atrás. Narel cerrando.

La luz dejó de caer limpia y empezó a llegar rota en fragmentos verdes, dorados y grisáceos a través de las hojas.

Aquello volvía aún más hermoso el conjunto.

Algunas plantas parecían encendidas desde dentro.

Los bordes de ciertas lianas transparentaban un rojo oscuro bajo el sol filtrado.

Sobre varios tallos crecían flores abiertas de un blanco irreal, demasiado perfectas, sin una sola marca de insecto ni polvo.

Los colores vivos no aliviaban nada. Solo hacían más ofensiva la podredumbre subyacente.

Mara fue la primera en ver los huesos. No porque estuvieran escondidos, sino precisamente porque estaban demasiado expuestos.

A un lado del paso estrecho, entre dos masas de hojas anchas, yacía un esqueleto pequeño, casi completo, tan limpio que parecía blanqueado a propósito.

No había mordeduras visibles, ni dispersión típica de carroñeo, ni restos de pelo o tela adheridos en cantidad suficiente.

Solo estructura ósea clara, una costilla rota y una mano aún articulada en parte.

Un animal pequeño, quizá un zorro o algo que en otra época habría ocupado ese lugar sin llamar demasiado la atención.

Mara se detuvo un instante. Oren también.

—No lo toquéis —dijo Lemn, aunque ninguno lo había intentado.

Narel lo observó con mala cara.

—Está limpio de más.

—Sí.

—¿Polen? ¿Ácido? ¿Planta de cierre?

Lemn negó.

—No lo sé. Y no necesito saberlo para no meter la mano ahí.

Siguieron. A los pocos minutos apareció otro resto.

Luego otro. Un montón de plumas apenas reconocible atrapado en una maraña de fibras.

Un cráneo pequeño medio incrustado en la base de un tronco hueco.

Una columna vertebral casi entera dentro de una depresión seca, sin tierra removida alrededor.

No había el menor signo de depredación normal, de esos ciclos viejos donde una muerte alimenta otra vida visible.

Todo allí parecía resolverse sin dejar más rastro que estructura vacía.

—El bosque come limpio —murmuró Mara, sin pensar del todo la frase.

Lemn la oyó.

—No come. Redistribuye.