Capítulo 11. El silencio del bosque #2
La corrección no mejoraba nada. Solo hacía el paisaje más ajeno a cualquier lógica moral heredada.
Avanzaron despacio durante más de una hora, quizá dos; el tiempo dentro de aquella franja resultaba difícil de medir porque la luz apenas variaba y el silencio había quitado al cuerpo sus señales usuales.
Mara empezó a notar otra clase de cansancio, menos muscular que nervioso.
La atención constante al suelo, a los cierres laterales, a la ausencia de sonido y a la posibilidad de que cualquier figura inmóvil resultara demasiado humana acababa por tensarle el estómago como una mano.
Aun así, lo más raro era que, al mismo tiempo, el hecho de caminar tan cerca de Lemn se había vuelto una especie de centro incómodo y firme.
Cuando el paso se estrechaba, sus hombros casi coincidían.
Cuando ella dudaba un apoyo, él lo percibía antes de que se notara demasiado.
Dos veces la sujetó apenas por el codo o por la muñeca para apartarla de una fibra que cruzaba demasiado baja o de una raíz semienterrada que no era una raíz cualquiera sino una especie de filamento de detección.
No lo hacía con delicadeza, pero tampoco con brusquedad.
Lo hacía con esa precisión sobria que no pedía permiso ni perdón.
Mara estaba empezando a temer de verdad lo natural que se volvía aceptar ese contacto.
El primer sonido verdaderamente extraño de la mañana no fue un crujido vegetal ni una vibración bajo el suelo, sino un goteo.
Muy leve. Intermitente. Los cuatro se detuvieron al mismo tiempo.
No porque el sonido fuera fuerte, sino porque cualquier sonido ajeno al grupo adquiría allí una autoridad desmedida.
Lemn inclinó la cabeza. Oren alzó la vara.
Narel apretó el arma. Mara sintió la presión de lo desconocido subiéndole por la nuca.
—Agua —dijo Oren.
Lemn dejó pasar un momento antes de contestar. Escuchó otra vez.
—Sí. Pero no corriendo.
Eso era lo inquietante. No se trataba del rumor reconocible de una corriente ni del chapoteo de un cauce abierto. Sonaba a agua cayendo en intervalos regulares dentro de algo hueco.
—Puede ser un depósito viejo —murmuró Narel.
—O un señuelo sonoro —respondió Lemn.
La expresión lo hizo callar.
Tardaron varios minutos en localizar el origen sin acercarse de frente.
Estaba un poco más al norte, en una zona donde los restos de una vieja construcción agrícola quedaban casi completamente cubiertos por vegetación trepadora.
Bajo un arco vencido, medio devorado por hojas y raíces, se abría una cavidad oscura donde el goteo caía sobre piedra.
Mara distinguió primero el sonido. Luego el brillo.
No era un curso natural. Era una balsa pequeña o una pila de recogida de agua de lluvia, antigua, ahora cubierta en parte por fibras y bordes verdes.
El goteo venía de una grieta alta. Todo parecía inofensivo si una persona hubiera olvidado ya demasiado de cómo funcionaba el mundo.
—No me gusta la forma del borde —dijo Mara.
Lemn la miró un instante. Luego volvió la atención a la balsa.
—A mí tampoco.
Narel hizo un gesto de impaciencia.
—¿Todo os deja de gustar antes de existir?
Oren señaló con la vara un detalle que ninguno había visto al principio. En el borde de la pila, justo donde el agua recibía el goteo, había algo apoyado. No entero. No claro. Una masa de tejido pálido o carne reseca. Desde su ángulo era imposible saberlo.
—Ahí —dijo.
Mara sintió un golpe breve bajo el esternón. Demasiado humano. Otra vez.
—No nos acercamos —dijo Lemn.
—¿Y si hay algo útil? —preguntó Narel.
—¿Cuándo fue la última vez que “algo útil” no intentó matarnos primero?
Narel abrió la boca para replicar, pero no encontró una respuesta práctica.
Lemn buscó un ángulo lateral mejor, siempre sin entrar en el radio directo de la balsa.
Desde allí vieron más. No era un objeto.
Era parte de un brazo. O algo que había sido parte de uno.
La mano colgaba sobre el borde interior, con dos dedos aún reconocibles y el resto ya tomado por una corteza fina, húmeda, adherida a la piedra.
Ninguno dijo la palabra. No era necesario. La relación entre agua e integración se estaba repitiendo delante de ellos con una precisión ya imposible de atribuir a una sola rareza.
—¿Otro? —preguntó Mara, muy baja.
Lemn tardó en responder.
—Sí. O parte de uno que sigue en la pila.
El silencio se volvió más denso aún. No era miedo puro. Era otra cosa más cercana a la rendición momentánea del lenguaje.
—Entonces el agua busca huecos cerrados —dijo Oren.
Lemn asintió.
—Y quizá los usa mejor que los abiertos.
Narel se frotó la boca con el dorso de la mano.
—Pues ya tenemos otra cosa que no sabíamos.
Mara miró el brazo atrapado y sintió algo peor que el horror: una especie de vergüenza por seguir usando aún categorías viejas en su cabeza. Agua, pila, brazo, borde. Palabras humanas para describir una reorganización que ya no les debía sentido.
Dejaron atrás la balsa sin tocar nada. El silencio del bosque pareció crecer con ellos, como si cada hallazgo limara todavía más la posibilidad de que existiera allí un afuera neutral.
Mara empezó a pensar que no era correcto llamarlo bosque, aunque todos lo hicieran por economía.
Un bosque antiguo había sido un lugar lleno de interdependencias, de ruidos cruzados, de señales vivas superpuestas.
Aquello era otra cosa. Un sistema de predominio vegetal que había ido expulsando o reordenando el resto hasta volverse casi monológico.
A media tarde, cuando la luz empezó a inclinarse dentro de la franja y los verdes adoptaron tonos más oscuros, dieron con un claro pequeño.
No un claro natural, sino el hueco dejado por una antigua construcción ya casi desaparecida.
El suelo estaba cubierto por piedras blancas, restos de argamasa y un tapiz bajo de musgo brillante.
A un lado se alzaba lo que había sido un muro interior.
Al otro, una abertura estrecha permitía seguir hacia el norte. Mara lo notó antes de entrar del todo.
—Esperad.
Lemn se detuvo de inmediato.
—¿Qué?
Ella no supo explicarlo con precisión. No era peligro directo. No un olor. No la vibración agresiva de una red activa. Era algo más extraño y más íntimo: una tensión quieta, concentrada. Como si el espacio estuviera suspendido a la espera de un gesto concreto.
—Aquí no... no sé. Está demasiado callado incluso para esto.
Narel soltó aire con cansancio.
—Todo está demasiado callado.
—No igual —dijo Mara.
Lemn observó el claro largo rato. Luego su mirada bajó a un punto del muro semiderruido y Mara supo que él también lo había visto: en la base, casi oculto entre musgo y piedra, había varias pequeñas cavidades abiertas.
No agujeros de roedor. Demasiado regulares.
Demasiado limpias. Y alrededor, ni una sola hoja caída.
—Retrocedemos medio paso —dijo.
Lo hicieron. Entonces ocurrió. No un ataque frontal, no aún, sino un movimiento interno.
Las masas de musgo brillante que cubrían parte del suelo se tensaron apenas, apenas lo suficiente para perder el aspecto inocente de tapiz.
Bajo una de ellas, algo respiró calor. Otra se abrió en el centro mostrando una estructura húmeda, profunda, como una boca floral invertida.
—Carnívoras de calor —murmuró Lemn.
Ahora sí. Aquello era una planta de consumo, grande no por altura sino por superficie.
No acechaba erguida. Esperaba tendida, mezclada con musgo y piedra clara, hasta que el cuerpo confiado entraba en su radio.
Mara sintió un escalofrío limpio. De cerca resultaba mucho peor que los bancales de flores depredadoras, porque aquí la camuflación no era solo belleza, sino pobreza aparente.
Un resto cubierto de musgo. Un espacio muerto. Un sitio ideal para bajar la guardia.
Narel miró las cavidades abiertas.
—¿Y el claro entero?
Lemn demoró la respuesta.
—Puede haber tres. O cinco. O más pequeñas.
Oren tanteó con la vara un borde del tapiz. La punta apenas tocó y, de inmediato, dos fibras interiores se cerraron sobre la madera con una rapidez contenida, no de golpe animal, sino con la firmeza constante de algo que ya ha calculado su presión.
—Atrás —dijo Lemn.
No hubo discusión. Bordearon el claro pegados al muro derruido, manteniendo distancia con las zonas brillantes.
Mara notaba el corazón demasiado alto, pero lo más inquietante era otra cosa: la perfección evolutiva de aquellas superficies.
Plantas gigantes carnívoras, sí, pero no monstruos teatrales levantándose del suelo con dentaduras visibles.
Eso habría sido más fácil de temer y por tanto de evitar.
Lo terrible era precisamente lo plausibles que resultaban dentro del nuevo sistema.
Calor, apoyo, superficie, cierre. Nada más. Sin espectacularidad. Sin aviso.
—Ya no queda casi nada que no se haya especializado —dijo Mara cuando por fin dejaron atrás el claro.
Lemn la oyó y asintió.
—Eso es lo que hace más difícil volver atrás.
—¿Volver atrás dónde?
Él la miró apenas.
—En el mundo. En la cabeza. En la idea de que esto pueda corregirse cortando unas cuantas plantas o cerrando unas cuantas rutas.
Aquello le dejó a Mara un peso frío en el estómago. Porque era exactamente lo que muchos en Vardel habrían querido seguir creyendo: que el horror consistía en ciertos focos, ciertas especies, ciertas zonas. No en una reorganización total.