Capítulo 10. Viajar juntos #3
La primera conversación verdaderamente larga entre Mara y Lemn llegó varias horas después, cuando el sol empezaba a bajar y se vieron obligados a buscar de nuevo punto de descanso.
Habían dejado atrás los bancales carnívoros, la línea de olivos-trampa y una zona de ruinas bajas donde encontraron dos esqueletos humanos medio limpios y sin un solo resto de tela que permitiera fecharlos bien.
El agotamiento volvía más delgadas las defensas verbales, y quizá por eso, mientras Oren montaba una vigilancia corta y Narel revisaba el flanco sur con su mal humor habitual, Mara se quedó sentada sobre una piedra, desanudándose la venda de la pierna por tercera vez, y Lemn se acercó sin hacer ruido innecesario.
—Sigue igual —dijo él, agachándose a una distancia razonable.
—Eso esperaba.
Lemn observó la línea del arañazo. Ni brotes, ni tensión extraña, ni espina emergente. El alivio en su cara fue casi imperceptible, pero Mara ya había aprendido a leerle las variaciones mínimas.
—Bien.
Ella volvió a vendarse sola esta vez. No porque no quisiera ayuda, sino porque estaba empezando a quererla de un modo que le parecía peligroso incluso en una venda. Terminó el nudo y levantó la vista.
—¿Por qué vienes de verdad hacia el norte?
Lemn no reaccionó con irritación inmediata, lo que ya era respuesta parcial. Se quedó un momento mirando el horizonte, donde la vegetación oscura empezaba a hacerse más densa.
—Ya te lo he dicho.
—No. Me has dicho por quién vienes. No por qué sigues viniendo incluso ahora.
Lemn dejó pasar varios segundos. Mara pensó que no respondería. Luego habló con una voz más baja que de costumbre.
—Porque si no la encuentro yo, alguien la convertirá en una historia útil. En un rumor. En una advertencia. En un ejemplo de qué no hacer o de qué mirar desde lejos. Y yo no puedo soportar que Lía termine siendo eso.
La respuesta la golpeó más de lo esperado. Porque en ella no había heroísmo ni culpa abstracta. Había una forma feroz y humilde de amor: negarse a que la persona perdida sea absorbida del todo por el uso que otros harán de su pérdida.
—¿Y si ya es demasiado tarde para evitarlo? —preguntó Mara, casi sin voz.
Lemn la miró entonces con una franqueza tan completa que le resultó casi insoportable.
—Seguramente lo es. Pero no hacer nada me parecería peor.
Mara bajó la vista a sus propias manos. Comprendía demasiado bien esa lógica.
También ella había salido de Vardel ya convertida un poco en ejemplo.
En advertencia. En anomalía útil o peligrosa.
No quería para sí ese destino de relato despegado del cuerpo.
Entendió, de pronto y de forma dolorosamente íntima, qué estaba defendiendo Lemn al buscar a su hermana incluso contra toda esperanza sensata.
—Yo tampoco quiero convertirme en una historia de otros —murmuró.
Él no respondió con consuelo. Solo con una verdad limpia.
—Entonces tendremos que seguir decidiendo antes que ellos.
La frase quedó entre ambos como otra forma de pacto. No pronunciado, no romántico, pero ya profundamente personal.
Narel regresó poco después y la noche obligó a interrumpir lo que no habrían sabido continuar sin exponerse demasiado.
Aun así, algo había cambiado. Mara lo notó cuando, al repartir turnos, Lemn no la mandó al centro del refugio ni la trató como carga a proteger.
Le explicó simplemente qué ángulo vigilar si le tocaba despertar a Oren, qué sonidos ignorar y cuáles no, qué hacer si el olor dulce aparecía de pronto más denso y cómo distinguir una corriente natural de aire de un cambio de presión demasiado localizado.
Era información práctica. Y, sin embargo, en la manera de dársela había ya una forma de reconocimiento que iba más allá de la utilidad inicial.
Como si empezara a considerarla no solo alguien que lo acompaña, sino alguien con quien de verdad comparte el viaje.
Mara se tumbó entrada la noche sin poder cerrar del todo los ojos.
No por el miedo exterior, que seguía ahí, enorme, sistemático y hermoso en su podredumbre, sino por la certeza nueva de que viajar juntos estaba dejando de ser una fórmula táctica.
El romance, si alguna vez llegaba a existir entre dos personas como ellos, no podía nacer de un alivio limpio ni de la promesa de un mundo mejor al final del camino.
Solo podía surgir así: entre reglas que fallan, heridas que se revisan en silencio, decisiones tácticas que empiezan a parecerse a formas de fe y conversaciones donde cada uno reconoce en el otro una resistencia parecida a la suya.
Era una posibilidad mala, peligrosa y profundamente humana.
Y por eso mismo el bosque, si pudiera nombrarla, la querría usar también.
Antes de dormirse oyó a Lemn moverse en el turno de guardia y abrir apenas la tela de la entrada para mirar hacia el norte.
Mara no vio su cara en la oscuridad, solo la silueta.
Pero supo, con esa claridad triste que ya empezaba a acompañarla demasiado a menudo, que el viaje juntos no los estaba acercando solo entre sí.
Los estaba acercando también al punto exacto donde uno de los dos tendría que mirar algo demasiado humano y decidir si el amor aún servía para resistir...
o solo para hacer más insoportable la pérdida.