Capítulo 10. Viajar juntos #2
Narel dejó escapar una risa seca detrás de ellos.
—Qué sorpresa.
Lemn siguió observando los bancales.
—Demasiado limpio. Demasiado repetido. Y no hay marcas de paso viejo.
Oren tanteó con la vara una de las terrazas inferiores sin entrar del todo.
—Tierra firme.
—No significa nada —dijo Mara, y sintió enseguida las miradas de los otros sobre ella, como si esperaran que pusiera palabras a algo más.
No las tenía. Solo una impresión desagradable: aquel lugar no quería inspirar miedo ni repulsión. Quería parecer aceptable. Hospitalario, incluso. Una idea que, desde que habían visto señuelos con forma de heridos, le producía ya un rechazo físico.
—Huele raro —dijo.
Lemn giró apenas la cabeza.
—¿Dulce?
Mara aspiró con cautela. No exactamente. O no solo.
—No. Como... si todo estuviera demasiado vivo al mismo tiempo.
Lemn asintió muy despacio.
—No entramos de frente. Buscamos el lateral alto.
Bordearon los bancales por arriba, pegados a una franja de piedra y tierra dura.
Desde esa posición pudieron ver mejor lo que ocultaba la belleza de conjunto.
Entre las flores había pequeños huecos circulares, como bocas cerradas.
Algunas hojas no nacían de tallos normales, sino de una membrana baja tendida sobre la superficie.
Y, en el centro de dos terrazas, varias masas vegetales más oscuras parecían respirar con lentitud apenas visible cuando una corriente de aire las rozaba.
—Carnívoras —murmuró Oren.
Lemn asintió.
—De las quietas. Detectan calor cuando ya estás encima.
Mara sintió un frío limpio en la espalda. Había imaginado plantas que devoraban, sí, pero ver aquel sistema de bancales floridos convertido en un campo de boca disimulada resultaba mucho peor que cualquier monstruosidad evidente. No gritaba amenaza. La maquillaba.
—Bonito —dijo Narel con asco.
—Ese es el problema —respondió Mara.
No era una gran frase. Pero Lemn volvió la vista hacia ella y durante un instante demasiado largo pareció mirarla no solo como a quien había hablado, sino como a alguien que acababa de nombrar con exactitud una de las verdades centrales del mundo que compartían.
A Mara le molestó sentir el calor absurdo que le subió a la cara.
A partir de ahí el viaje adquirió otra cadencia.
Ya no eran solo cuatro personas atravesando un territorio hostil, sino cuatro miradas aprendiendo, a distinta velocidad, que el peligro no residía siempre donde parecía peor, sino donde mejor se disfrazaba de orden, belleza o lógica anterior.
Mara empezó a darse cuenta de que Lemn y ella, a pesar de todo, compartían una forma de leer ese engaño.
No igual, pero sí compatible. Él partía de la experiencia brutal, de haber visto demasiadas rutas fallar y demasiados cuerpos perderse.
Ella partía de otra cosa, menos explicable y por eso más inquietante: una percepción que el bosque parecía activar en su cuerpo antes que en su razón.
Juntas, ambas lecturas iban componiendo algo parecido a una lengua común.
Lo comprobó poco después, cuando tuvieron que cruzar una línea de antiguos olivos muertos.
Los troncos, huecos por dentro, se alzaban como columnas negras, y entre ellos el terreno aparecía cubierto de una capa delgada de hojas secas que crujían con un sonido demasiado uniforme.
Oren quiso tomar la franja central por parecer la más despejada. Mara se detuvo.
—No.
Lemn también lo hizo en el mismo instante.
—No por ahí.
Narel resopló.
—¿Otra vez?
Lemn señaló el suelo.
—La capa de hojas está puesta. No caída.
Mara añadió, antes de darse cuenta de que estaba completando su razonamiento:
—Y debajo hay algo tenso. No oigo bien el crujido del fondo.
Lemn la miró un segundo. Luego, sin comentar la coincidencia, buscó el flanco más pedregoso y condujo al grupo por allí.
Al apartar con la vara una de las capas de hojas del centro, Oren reveló la trampa: una red de raíces finas y secas tejida entre estacas bajas casi invisibles, pensada para enredar tobillos y, probablemente, fijar a cualquier cuerpo que cayera justo donde la línea de sombra de los troncos hacía más difícil ver el resto.
—Esto ya no es solo crecimiento —dijo Narel.
Lemn no respondió enseguida. Mara supo por qué. Porque aquella red, igual que los señuelos y las plantas de bancal, iba más allá de la simple expansión voraz. Parecía una adaptación cada vez más precisa a la conducta humana.
—No —dijo por fin—. Es selección muy vieja haciéndose nueva en poco tiempo.
Aquello era lo más cerca que él había estado hasta entonces de formular una idea más amplia del problema.
Mara se quedó pensando en la frase mientras dejaban atrás los olivos huecos.
No necesitaban inteligencia humana ni una voluntad central para producir ese resultado.
Bastaba con que todo lo que funcionara para atraer, fijar o transformar se repitiera con mayor eficacia.
Y aun así, vivir dentro de ese proceso se parecía demasiado a estar siendo pensado por algo que no pensaba como ellos.