Capítulo 10. Viajar juntos
La segunda noche fuera de Vardel terminó de hacer visible lo que durante el primer día de camino todavía podía fingirse provisional.
Ya no eran un grupo armado por circunstancias pasajeras ni una escolta improvisada para una expulsada útil.
Eran cuatro personas obligadas a repartirse el mismo riesgo, el mismo silencio y la misma incertidumbre sobre un territorio que se reorganizaba más deprisa que cualquier mapa.
Mara entendió eso antes de dormirse del todo, tumbada sobre la manta de Luse entre dos piedras que aún conservaban algo del calor del día.
Narel roncaba por intervalos, como si incluso dormido siguiera luchando con algo.
Oren había tomado el primer turno exterior y se movía tan poco que a veces parecía otra piedra más del refugio.
Lemn permanecía sentado en la abertura estrecha, con una rodilla flexionada, la espalda apoyada a medias en la roca y el arma larga cruzada sobre las piernas.
No hablaba. No necesitaban más. Su sola postura decía que ya no estaba pensando en el viaje como trayecto, sino como aproximación.
Cada jornada que avanzaban hacia el norte dejaba de ser distancia recorrida y se convertía en distancia perdida frente a Lía, como si la muchacha hubiera seguido alejándose incluso después de inmovilizarse en alguna parte.
Mara durmió mal, pero no por miedo inmediato, sino porque el cuerpo iba aprendiendo al mismo tiempo dos verdades igualmente incómodas.
La primera, que el bosque no necesitaba moverse de forma visible para dominar el sueño de quien lo atravesaba.
Bastaba con dejar en la memoria física un olor, una vibración o una postura demasiado humana atrapada en una cosa ya no humana.
La segunda, que la cercanía de Lemn empezaba a ordenarle por dentro de una manera nueva y profundamente inoportuna.
No era deseo aún en la forma limpia y reconocible que había visto entre otras personas o que había imaginado alguna vez para sí misma.
Era otra cosa más tensa, más mezclada con el peligro.
La conciencia exagerada de su respiración al otro lado de la sombra, del momento exacto en que cambiaba el apoyo del peso o inclinaba la cabeza para escuchar.
Cada gesto suyo parecía poseer la misma economía áspera con que trataba el mundo, y esa economía, en lugar de volverlo simple, lo hacía más difícil de apartar de la atención.
Mara lo detestó durante varias horas con la claridad de quien sabe que está empezando a abrirle sitio en la cabeza a la peor clase de distracción posible.
Cuando amaneció, el paisaje parecía distinto no porque hubiera cambiado por completo en una noche, sino porque el grupo lo miraba ya con otra distribución interior.
Narel se levantó con la mala cara de quien ha dormido poco y sigue convencido de que los problemas, en el fondo, deberían poder resolverse cortando algo.
Oren revisó equipo y agua con su minuciosidad silenciosa.
Lemn estudió el norte sin hablar, como la víspera, aunque esta vez Mara percibió en él una tensión más concreta.
No era solo orientación. Era cálculo bajo urgencia.
Había decidido ya que el tiempo trabajaba a favor de lo que buscaban evitar.
—Nos movemos pronto —dijo finalmente—. Antes de que el suelo coja demasiado calor.
Narel refunfuñó mientras se ajustaba la correa de la hoja.
—Siempre nos movemos pronto.
—Y seguimos vivos. De momento.
No hubo réplica eficaz a eso. La preparación de marcha fue sobria, casi íntima en su repetición de gestos: revisar vendas, agitar ligeramente la comida antes de guardar, oler cuero y paños por si la humedad de la noche había cambiado algo, comprobar suelas, retensar nudos.
Mara se sorprendió descubriendo que había empezado a seguir varias de las costumbres de Lemn sin pensarlas demasiado.
No por imitación ciega, sino porque el viaje iba imponiendo su propia pedagogía sobre el cuerpo.
En un asentamiento, la supervivencia se sostenía a base de normas comunes.
En camino, pasaba a depender de microhábitos casi personales.
Cómo inclinabas la cabeza para oler. Cuánto tiempo dejabas un alimento expuesto antes de probarlo.
Qué distancia mantenías con las piedras húmedas aunque parecieran seguras.
Cuándo callabas para escuchar si un silencio estaba vacío o ocupado.
El primer tramo de la mañana los obligó a avanzar entre terrenos que no admitían decisión simple.
La ruta alta seguía siendo, según el criterio de Lemn, menos mala que la baja, pero eso ya no significaba casi nada.
Atravesaron una extensión de secano quebrado en la que las grietas de la tierra habían sido invadidas por hilos pálidos que no llegaban a formar todavía una red continua, aunque transmitían con una eficacia suficiente para obligarlos a pisar solo los relieves más duros.
A un lado quedaban viejos muros de separación entre parcelas, ahora cubiertos por lianas tan finas que parecían dibujos trazados con tinta verde sobre la piedra.
Al otro, manchas de espigas negras, bajas, tensas y silenciosas, recordaban que el terreno seco había dejado de ser neutral.
Mara notó varias veces el impulso involuntario del cuerpo de alejarse de esas espigas más de lo necesario, y no solo por el miedo racional a clavarse una.
Había algo en ellas —tal vez la rigidez atenta con que parecían esperar— que le producía una repulsión parecida a la de ciertas miradas humanas demasiado conscientes.
A media mañana, después de un desvío obligado por una pequeña depresión del terreno donde se acumulaba humedad vieja, Lemn decidió que ya no tenía sentido mantener la estructura del grupo exactamente igual.
Se detuvo junto a un afloramiento de piedra blanca y miró primero el frente, luego a cada uno de los otros.
—Cambiamos orden. Oren delante. Mara conmigo en medio. Narel atrás.
Narel alzó la cabeza de golpe.
—¿Por qué yo atrás?
—Porque tú eres el que más tiende a adelantarse cuando algo te provoca —respondió Lemn con una calma que no buscaba humillarlo, aunque lo lograba de todos modos—. Y porque necesito verla a ella cuando se detiene por algo que aún no vemos.
La franqueza hizo que Mara sintiera un pequeño vuelco desagradable en el estómago. No era una caricia ni una concesión. Era, otra vez, una forma de confianza práctica. Lo bastante real como para afectarla.
Narel bufó.
—Perfecto. Así también podrás vigilar mejor que no se te escape.
Lemn no picó en la provocación.
—También.
Lo insoportable fue que esa respuesta desactivó la mitad del enfado posible.
Narel maldijo en voz baja y se colocó atrás.
Oren, como siempre, obedeció sin discutir.
Mara pasó a caminar junto a Lemn. No completamente pegada a él, pero sí lo bastante como para sentir de una forma nueva la mecánica de sus desplazamientos.
Descubrió que no era alto exactamente por estatura, sino por presencia.
Incluso conteniendo gesto parecía ocupar el espacio con una firmeza que no necesitaba imponerse.
Caminaba atento al terreno, sí, pero también a las pequeñas alteraciones en la respiración del grupo.
Dos veces, sin mirarla siquiera, ajustó el ritmo al suyo cuando la herida de la pierna le hizo apoyar peor un paso.
No dijo nada. Ella tampoco. Aquello le pareció peor que si lo hubiera señalado.
La conversación entre ellos tardó todavía un rato en aparecer, quizá porque la nueva cercanía volvía más difícil fingir indiferencia sin resultar ridículo. Fue Mara quien habló primero, movida en parte por cansancio y en parte por el deseo de romper la conciencia excesiva de caminar a su lado.
—¿Siempre haces eso?
Lemn no la miró.
—¿Qué cosa?
—Recolocar a la gente como si ya supieras por dónde van a fallar.
—No siempre lo sé.
—Pero lo intentas.
—Sí.
La respuesta seca la hizo exhalar por la nariz, mitad fastidio, mitad reconocimiento.
—No debe de caerte muy bien la improvisación.
—La improvisación mató a dos compañeros en la línea baja. Y antes a otros.
No había mucho más que añadir a eso. Aun así, Mara siguió.
—¿Y a Lía?
El nombre flotó un instante entre ambos como algo que ninguno podía recoger con facilidad. Lemn tardó bastante más que en otras respuestas.
—No. A Lía la mató —o lo que sea que pasó— una mezcla de confianza equivocada y niebla de esporas. O eso dijeron quienes volvieron.
Mara lo miró de reojo. La dureza de su perfil no le impedía ver el cansancio más viejo bajo la piel.
—Sigues hablando como si no les creyeras del todo.
—No les creí del todo entonces. Menos ahora.
—¿Por qué?
Lemn tardó otro poco.
—Porque cuando una persona vuelve de haber perdido a otra en condiciones así, suele recordar demasiado bien lo que le conviene y muy mal lo que la haría responsable.
Aquellas palabras le dejó a Mara una punzada breve y limpia.
No por la historia de Lía en sí, sino porque mostraba con brutal claridad el lugar desde el que Lemn estaba caminando.
No solo perseguía un rastro. También peleaba contra una versión de los hechos que alguien le había dado para poder seguir viviendo consigo mismo.
El terreno cambió otra vez al cabo de una hora.
Entraron en una franja de antiguas terrazas agrícolas donde la vegetación parecía haber decidido ensayar otra clase de orden.
No la exuberancia húmeda del este de Vardel ni la agresividad seca del secano, sino una proliferación disciplinada y hermosa, casi ornamental.
Los antiguos bancales estaban cubiertos por flores pequeñas de tonos blancos, lilas y verdes pálidos, agrupadas con una regularidad sospechosa.
Las hojas crecían bajas y brillantes. Algunas trepaban por los muros con una delicadeza casi elegante.
A simple vista, el paisaje resultaba el más apacible que habían visto en dos días. Justamente por eso Lemn se detuvo.
—No me gusta esto.