VENENO Y ESPINAS Capítulo 9. Decisión #3
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Capítulo 9. Decisión #3

Narel escupió sangre ajena o propia, no estaba claro, y soltó una carcajada tensa.

—Ahora sí les he entendido.

Lemn no compartió la satisfacción.

—No. Solo hemos sobrevivido a una versión.

Mara seguía con el corazón golpeándole demasiado fuerte, pero la frase que más le quedó dentro no fue esa, ni siquiera el intento de emboscada, sino el instante en que él había girado hacia ella y preguntado dónde.

No qué veían todos, no qué decía el plan.

Dónde, confiando de hecho en su lectura del terreno bajo pánico.

Aquello la perturbó más de lo que debería.

Porque era una forma de fe. Pequeña, táctica, brutal. Pero fe al fin.

Continuaron sin hablar durante un buen rato.

El sol empezó a bajar apenas y el paisaje cambió de nuevo de color, encendiéndose bajo tonos dorados que volvían las espigas negras aún más duras y las piedras más blancas de lo real.

Encontraron por fin un pequeño refugio natural entre dos afloramientos rocosos, suficiente para detenerse, revisar heridas y replantear lo que quedaba del día.

Narel tenía un corte superficial en el antebrazo.

Oren, un golpe fuerte en el hombro. Lemn sangraba poco en la manga derecha, allí donde la hoja del atacante le había rozado.

Mara no tenía nada nuevo salvo el cansancio, el pulso aún alto y esa venda en la pierna que empezaba a pesarle como una pregunta constante.

Fue ella quien se acercó a Lemn esta vez mientras él revisaba el corte de su brazo derecho con agua escasa.

—Déjame.

Él alzó la vista, sorprendido solo un instante.

—Sé limpiarme solo.

—Ya lo he visto. También sé que no llegas bien al hombro desde ese ángulo.

No sonó delicado. Sonó casi enfadado, y quizá por eso él terminó cediendo sin discutir demasiado.

Se sentó sobre una piedra baja y se dejó retirar la manga rota.

La herida no era grave, apenas un tajo superficial a la altura del bíceps.

Mara limpió con vinagre rebajado y agua mientras él mantenía el brazo quieto.

Notó bajo la yema la firmeza contenida del músculo, la cicatriz vieja cerca del codo, el calor real de la piel humana frente al paisaje de mutaciones que los rodeaba.

Esa sencillez corporal, tan normal en otro contexto, le pareció casi indecente allí. Intentó concentrarse en la tarea.

—No ha sido nada —dijo él.

—Todo el mundo dice eso hasta que luego no puede mover el brazo.

—Tú también aprendes rápido.

—No sé si eso me halaga o me condena.

Lemn soltó una exhalación mínima.

—Las dos cosas suelen venir juntas.

Mara vendó con una presión algo más firme de la necesaria, quizá para castigarlo por lo mucho que le alteraba aquella cercanía.

—¿Te duele?

—No más de lo habitual.

—Esa no era la pregunta.

Lemn se quedó callado un segundo. Luego, con una sinceridad inesperada, respondió:

—Sí. Pero no importa.

Mara alzó la vista hacia él.

—Importa si luego te falla el brazo en mal momento.

—No era eso lo que preguntabas.

La frase la dejó quieta medio segundo, con la mano aún apoyada en su brazo. Notó el reconocimiento mutuo del desliz como una corriente limpia y peligrosa. Retiró la mano despacio.

—No te acostumbres a tener razón —murmuró.

—No se me da especialmente bien.

Narel los llamó en ese momento para revisar el mapa improvisado del resto del trayecto y la tensión se quebró sin romperse del todo, como una cuerda que no se ha soltado, solo ha dejado de tensarse un instante.

Mara se apartó con la respiración demasiado consciente de sí misma.

Entendió entonces, de una forma que ya no podía seguir negando, que la decisión que tenía delante no iba a limitarse a la ruta elegida por la mañana ni al modo de seguir hacia el norte.

Había otra decisión naciendo debajo, más lenta y más peligrosa: cuánto estaba dispuesta a acercarse a un hombre al que todo en el mundo debería haberle enseñado a mantenerse lejos.

Cuando el sol empezó a caer de verdad, Lemn señaló al horizonte norte, donde una línea más oscura de vegetación y ruinas insinuaba el inicio de los campos hondos.

Todavía estaban lejos. Pero ya no lo suficiente como para fingir que aquello seguía siendo solo un viaje abstracto hacia una posibilidad remota.

Lía estaba allí o no estaba en ninguna parte que importara ya.

El agua empeoraba. Los ombroles se integraban de formas nuevas.

Las bandas humanas aprendían a usar los mismos engaños que el bosque.

Y Mara, expulsada de Vardel por una anomalía que aún no entendía, caminaba junto al único hombre que parecía capaz de llevarla hasta esa respuesta aunque la respuesta la destrozara.

Esa noche, bajo un cielo claro y cruelmente hermoso, mientras preparaban un nuevo refugio de fortuna entre piedra y sombra, Mara supo que la verdadera decisión ya se había tomado en silencio a lo largo del día.

No iba a limitarse a acompañarlo un tramo hasta encontrar otra salida.

Iba a seguir hacia el norte con él. Hasta Lía.

Hasta el punto en que lo demasiado humano dejara de ser una idea y se convirtiera en algo que tendrían delante, obligándolos a elegir quiénes querían seguir siendo en un mundo que todo el tiempo intentaba elegirlo por ellos.