VENENO Y ESPINAS Capítulo 9. Decisión #2
33%

Capítulo 9. Decisión #2

Lemn obligó al grupo a abrir algo más la distancia entre uno y otro, no tanto como para perderse, sí lo suficiente para que un tropiezo o un cierre puntual no atrapara de golpe a todos.

Mara quedó esta vez entre Oren y él. Agradeció y detestó esa posición al mismo tiempo.

Sentirlo detrás de sí la volvía demasiado consciente de su presencia.

Notaba cuándo él se detenía medio segundo antes que los demás, cuándo giraba la cabeza, cuándo olía el aire.

A veces ni siquiera oía sus pasos y, aun así, sabía que estaba ahí.

Empezaba a molestarle descubrir hasta qué punto el cuerpo reconoce ciertas cercanías como si fueran una forma de resguardo incluso cuando la cabeza sigue desconfiando.

La mañana avanzó sin incidentes directos, pero no sin señales. Encontraron una zona de espigas negras parcialmente arrancadas, no por viento, sino como si alguien o algo hubiera pasado por allí y partido varios tallos a una misma altura. Lemn se detuvo a estudiarlas sin tocar.

—No son animales —dijo.

—Ya casi no quedan —murmuró Mara.

—Ni humanos prudentes —añadió Narel.

A unos pasos, entre piedras, había manchas secas de sangre antigua. No mucha. Lo suficiente para que nadie siguiera pensando en casualidad.

—Bandas —dijo Oren.

Lemn negó.

—O alguien picado intentando arrancarlas después. Mirad la altura de rotura. Hay desesperación, no pelea organizada.

Mara no supo qué imagen le resultó peor: un hombre o una mujer forcejeando con espigas que ya le habían clavado el veneno, o alguien arrancándolas a otro mientras este se retorcía. El mundo se empeñaba en ofrecer siempre elecciones entre horrores de forma distinta.

Más adelante, en una depresión del terreno donde se acumulaba sombra a pesar del sol alto, hallaron señales nuevas.

No cuerpos. No aún. Primero un zapato semienterrado.

Luego un trozo de tela de abrigo enganchado en una mata espinosa.

Después, lo suficiente para obligarlos a detenerse del todo: una figura humana sentada contra un muro bajo, con la cabeza inclinada hacia un lado y ambas manos apoyadas en el regazo.

A esa distancia, con la luz cayendo en ángulo bueno, no parecía un señuelo vegetal.

Tampoco una trampa de agua. Parecía una persona agotada o muerta desde no hacía demasiado tiempo.

Narel apretó la hoja.

—Otra vez no.

Lemn levantó una mano.

—No os acerquéis recto.

Mara notó al mismo tiempo otra cosa. No la presión del peligro inmediato, sino una tristeza física absurda que le apretó el pecho antes de entenderla.

La figura llevaba todavía una chaqueta rojiza.

Y sobre una de las manos posadas en el regazo, demasiado quieta, asomaba una ramita blanca o una pequeña espina.

Nada más. Sin embargo, ya estaba viendo el problema antes de que nadie lo nombrara: era demasiado humano.

Exactamente en el punto donde Lemn había dicho que el cuerpo empieza a negociar.

—Rodeamos —dijo Oren.

Lo hicieron con extremo cuidado, buscando ángulo lateral.

A medida que cambiaban la perspectiva, se reveló la verdad.

No era un señuelo de arbusto. Tampoco un vivo.

Era un ombrol muy reciente. La chaqueta seguía entera en parte.

La cabeza, caída hacia el hombro, conservaba debajo de mechones duros una forma todavía demasiado parecida a la humana.

Las manos eran lo peor: una seguía mano casi completa, aunque la piel estaba ya surcada por líneas de endurecimiento y de la muñeca salían raíces finas que se hundían en la grieta del suelo.

La pequeña espina blanca del regazo no era un adorno; brotaba del dorso de esa mano, como si el cuerpo hubiera mezclado procesos antes de quedar fijo.

Nadie habló durante unos segundos.

—No lleva mucho —dijo Lemn al fin.

La voz le había cambiado apenas, lo suficiente para que Mara lo notara.

—¿Puedes saber cuánto? —preguntó ella, odiándose un poco por hacerlo y, sin embargo, incapaz de callar.

Lemn observó la figura sin acercarse más.

—Uno o dos días desde la fijación completa. Quizá menos desde el inicio final. Demasiado reciente.

La observación cayó pesada. Narel escupió otra vez, pero esta vez con asco real.

—Pues ya tenemos respuesta para algo: el secano tampoco frena nada.

Lemn no dijo nada. Seguía mirando la cara inclinada del ombrol con una dureza tan contenida que a Mara le resultó imposible no pensar en Lía.

No porque esa figura tuviera que ser ella, sino porque entendió con una claridad casi insoportable que el viaje entero estaba hecho de la posibilidad de seguir encontrando cosas así hasta dar con la única que de verdad importaba.

—Nos vamos —dijo Oren, práctico.

—Sí —respondió Lemn, pero no se movió enseguida.

Mara lo miró de perfil. No era solo que estuviera registrando el peligro. Era que durante un instante, apenas uno, pareció haber dejado de respirar. Lo comprendió porque una parte de ella estaba ya demasiado pendiente de sus silencios.

—Lemn —dijo, muy bajo.

Él reaccionó como si regresara de un sitio más hondo que el secano.

—Sí. Vámonos.

Retomaron la marcha, pero el encuentro dejó otra capa de tensión.

Si el agua estaba incorporando ombroles y el secano produciendo ya recientes con espinas mezcladas en el proceso, la idea misma de zonas diferenciadas por tipo de peligro se volvía cada vez más inútil.

Mara pensó en Vardel, en Daro insistiendo en normas, en Elen midiendo pruebas, en la gente necesitando proverbios nuevos.

Todo eso seguía teniendo valor, pero cada vez más como muletas de una comprensión que llegaba tarde.

El sol estaba ya alto cuando divisaron los primeros signos claros de presencia humana hostil.

No cuerpos esta vez, sino arreglos. Piedras colocadas de manera demasiado regular en la sombra de un muro roto.

Un resto de cuerda nueva entre dos postes secos.

Y, sobre todo, una hilera de marcas en el polvo, no huellas nítidas, sino raspados hechos para parecer viejos y conducir la atención hacia una franja concreta del terreno. Lemn se detuvo en seco.

—No sigáis.

Narel frunció el ceño.

—¿Qué ves?

—Que quieren que miremos ahí.

Señalaba una abertura entre dos estructuras bajas, como una invitación a tomar cobertura o paso.

Mara agudizó la vista. Al principio no distinguió nada salvo sombra y piedra.

Luego comprendió. En la base de esa abertura había tres pequeñas formas encogidas.

No humanos. No del todo. Matas bajas organizadas para recordar cuerpos pequeños, quizá niños tumbados o agazapados.

—Señuelos otra vez —murmuró.

—Sí. —Lemn giró la cabeza hacia el flanco opuesto—. Y cobertura humana ahí detrás. No sé cuántos.

Oren ya estaba tensando la vara. Narel sonrió de una forma fea, de esas que le salían cuando por fin el peligro tenía cara humana y no solo vegetal.

—Pues entonces sí entiendo esto.

Lemn lo miró con una dureza súbita.

—No tanto como crees. Van a empujarnos contra los cebos o contra la franja de espigas del otro lado. Mira el suelo.

Narel bajó la vista y maldijo. A la derecha de la abertura, casi invisibles entre arcilla reseca, se extendían varias espigas negras, bajas y rígidas, justo donde el reflejo instintivo habría mandado a un grupo que buscara rodear la emboscada.

La combinación era perfecta en su mezquindad: señuelos de compasión al frente, hostiles cubriéndolos detrás y mutación venenosa forzando la retirada por el peor ángulo.

—Decidid ya —dijo Oren, porque algo al otro lado se había movido.

Lemn no dudó.

—Retroceso corto por la izquierda, muro bajo, y luego rompemos hacia las piedras blancas. No corráis todos juntos.

Los hombres salieron en ese mismo instante, tres al menos, quizá cuatro.

Uno gritó que dejaran bolsas y armas. Otro se dirigió a Mara con una sonrisa asquerosamente segura, como si ya hubiera decidido que una mujer en grupo era siempre el punto blando del conjunto.

Narel avanzó medio paso con hambre de pelea. Lemn lo paró con una voz seca.

—No donde ellos quieren.

La lucha fue breve, confusa y fea, como casi todas las reales.

Oren contuvo al primero con la vara. Narel golpeó la muñeca de otro y lo obligó a soltar un cuchillo.

El tercero vino demasiado rápido por el lateral, intentando cortar el flanco de Mara.

Ella apenas tuvo tiempo de retroceder. Sintió el impacto del miedo subirle por la columna y, junto a él, la certeza física de algo peor: bajo sus botas, el suelo de la izquierda crujía con esa vibración finísima que ya conocía.

Raíces secas. Si daba dos pasos más en esa dirección, activaría la red.

—No ahí —gritó.

Lemn ya venía hacia el atacante. No fue limpio ni elegante.

Le hundió el hombro, recibió un corte superficial en la manga y, al girar, dejó que el hombre se empalara casi solo contra el antebrazo cubierto.

La tela cedió un poco y Mara vio una vez más el destello oscuro de las espinas al contacto con carne.

El hombre se quedó sin fuerza de golpe, cayó de rodillas y quiso gritar, pero el aire le salió roto.

Lemn lo apartó con un empuje brutal y se volvió hacia ella.

—¿Dónde?

Mara señaló sin pensar, leyendo el terreno con el cuerpo antes que con los ojos.

—Por detrás del muro roto. No toquéis lo seco brillante.

Oren ya se había movido. Narel cubrió la retirada con dos golpes rápidos que abrieron espacio.

Los otros hombres, viendo caer a uno más por las espinas de Lemn y perder ángulo sobre Mara, dudaron justo lo suficiente.

El grupo aprovechó y rompió hacia las piedras blancas que Lemn había marcado.

El suelo cambió allí a una grava más gruesa y menos transmisora.

Corrieron hasta ganar un desnivel corto y solo entonces se permitieron mirar atrás.

Los hostiles no siguieron. No por miedo completo, sino porque el terreno entre ambos había dejado de favorecerlos y porque arrastrar a los propios a través de sus propios cebos tampoco era gratis.