Capítulo 8. Normas que fallan #4
La frase cayó peor que cualquier otra del día.
Porque volvía inútil otra regla vieja. Durante años, la lógica de muchos asentamientos había descansado en la idea de que el agua inestable degradaba o, al menos, contenía ciertos desarrollos vegetales complejos.
Si ya no lo hacía, si en cambio los alimentaba o los expandía, el mapa completo del norte cambiaba de golpe.
Narel escupió otra vez, más por miedo que por desprecio.
—Pues entonces no nos queda ruta larga ni corta ni nada.
Mara no apartaba la vista del ombrol inclinado. El ángulo del cuello, la mano sobre la piedra, la forma en que la postura aún sugería un último acto humano —lavar, tocar, buscar agua— le revolvieron algo muy hondo.
—No mires demasiado —dijo Lemn, y esta vez la frase le salió casi suave.
Ella obedeció por una razón que la inquietó más que la obediencia misma: porque le creyó de inmediato.
Montaron un alto improvisado en seco pedregoso, lejos de la cuenca.
Había que decidir si seguían hasta una ruina segura marcada por Lemn al norte o si buscaban una cobertura más próxima para pasar la primera noche.
La discusión fue breve porque el propio terreno resolvía por ellos.
Un olor dulce, aún tenue pero inequívoco, empezó a deslizarse con el cambio de luz desde una franja de arboleda baja al noroeste.
Narel fue el primero en notarlo de forma abierta. Su gesto cambió.
—Mierda.
Mara lo olió también, pero distinto. No como una llamada limpia, sino como un perfume demasiado cargado, una mentira que ya apenas se esfuerza en parecer otra cosa.
—Ámbar —dijo Oren.
Lemn tensó la mandíbula.
—Y denso. No seguimos. Buscamos refugio antes de entrar más en su radio.
Narel tragó saliva una vez, con rabia casi humillada.
—Lo noto detrás de la garganta.
—Precisamente por eso nos detenemos —respondió Lemn.
El refugio resultó ser una caseta de piedra semienterrada en una loma seca, probablemente antiguo almacén de aperos o abrigo de jornaleros.
Tenía solo una entrada estrecha, techo bajo, buena visibilidad parcial y, según Lemn tras revisar el perímetro, ausencia inmediata de red activa bajo suelo.
No era cómoda, pero sí defendible. Acomodarse allí antes de noche exigió trabajo: limpiar restos de hojas, revisar grietas, cerrar con piedra suelta dos huecos pequeños, dejar un punto de salida secundario en caso de cierre frontal, establecer turnos.
Todas esas tareas prácticas mantuvieron a Mara ocupada lo suficiente para no pensar todavía en que esa sería la primera noche fuera de cualquier pertenencia segura, la primera en un espacio donde el grupo estaba compuesto por un hombre agresivo que empezaba a fiarse demasiado poco de sí mismo, otro que apenas hablaba, y Lemn, cuya sola presencia parecía alterar la temperatura interior de su cuerpo más de lo razonable.
La noche cayó lentamente sobre un mundo obscenamente hermoso.
Desde la entrada estrecha de la caseta se veía el cielo encender los bordes de las hojas lejanas con tonos cobrizos y violetas, y durante unos minutos casi habría podido parecer un paisaje fértil, intacto, poderoso.
Luego el olor del ámbar se hizo un poco más notorio, el agua del lavadero devolvió un brillo muerto y uno de los ombroles del borde, visto de reojo, pareció cambiar un grado el ángulo de la cabeza.
Mara cerró los ojos un instante. Entendía ya de una manera íntima y brutal que las normas fallaban no porque hubieran sido inútiles, sino porque el mundo avanzaba más deprisa que su capacidad de seguir nombrándolo.
Y en esa grieta entre regla vieja y peligro nuevo era donde iban a tener que vivir, caminar y quizá amarse, si es que algo así seguía siendo posible, sin terminar también integrados a la lógica de lo que los rodeaba.
Lemn se sentó a la entrada cuando oscureció del todo, con el arma larga cruzada sobre las rodillas.
Oren tomó el primer turno exterior corto.
Narel refunfuñó hasta dormirse medio incorporado, agotado y malhumorado.
Mara se quedó despierta más de lo debido, oyendo la respiración de los otros, el viento raro entre piedras y el aroma dulzón del ámbar intentando entrar incluso allí, filtrado, insistente.
En un momento, sin que mediara palabra, Lemn habló desde la entrada, casi en voz baja para no despertar a los otros.
—Mañana tendremos que cambiar la ruta.
Mara, tumbada sobre la manta de Luse, respondió sin moverse.
—Ya lo había supuesto.
—El agua está peor de lo que pensaba.
—Todo está peor de lo que pensabas.
Hubo un silencio corto.
—Sí.
Ella giró apenas la cabeza hacia su silueta oscura recortada contra la noche.
—¿Te arrepientes de haber aceptado que viniera?
Lemn tardó más en responder esta vez.
—Pregúntamelo cuando llevemos más de un día.
No era una negativa. Tampoco una evasiva completa.
Mara apoyó la mejilla en la manta y cerró los ojos con la sensación punzante de que aquellas respuestas parciales eran quizá las únicas sinceras que iba a recibir de él durante mucho tiempo.
Y, por alguna razón cada vez más difícil de ignorar, eso no le bastaba, pero empezaba a importarle.