VENENO Y ESPINAS Capítulo 8. Normas que fallan #3
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Capítulo 8. Normas que fallan #3

Cuando pasaban ya a un lado de la ruina, una corriente de aire levantó apenas las hojas cercanas y la figura pareció emitir un ruido mínimo, un roce seco. Mara se detuvo en seco. Lemn la sujetó del antebrazo antes de que lo pensara.

—No.

Ella se volvió hacia él.

—He oído...

—Ya lo sé.

—Parecía...

—No completes esa frase.

La firmeza con que se lo dijo, unida a la presión de sus dedos en su brazo, la dejó inmóvil un segundo más de lo necesario. Notó el pulso demasiado alto y no supo cuánto correspondía al ombrol y cuánto a la mano de Lemn. Él la soltó enseguida, como si también él hubiera notado el exceso.

—Las ramas secas dentro de la caja torácica a veces suenan con aire lateral —dijo, ya más áspero—. No significa lo que quieres que signifique.

Mara tragó saliva y no respondió. Porque precisamente eso era lo peor: no había querido que significara nada, pero alguna parte de su cuerpo sí había reaccionado como si aquel ruido mereciera atención humana.

A partir de ahí caminaron más tensos todavía.

El encuentro con el ombrol había cambiado la temperatura del grupo.

Incluso Narel hablaba menos. Oren no apartaba la vista de los huecos entre muros.

Lemn parecía cargado con un silencio más denso que antes.

Mara lo veía de perfil algunas veces, endurecido, no por miedo abierto, sino por el trabajo constante de contener recuerdos que el paisaje activaba sin pedir permiso.

Fue poco después, al dejar atrás las ruinas y entrar en una franja de suelo rojizo salpicado de matas bajas, cuando Mara notó otra vez esa presión previa en la base del pecho. Esta vez no venía del suelo inmediato ni del agua. Venía del aire. Se detuvo.

—Esperad.

Lemn giró la cabeza al instante.

—¿Qué?

Mara alzó la vista. Entre dos elevaciones bajas, el viento arrastraba algo apenas visible, una suspensión fina que no terminaba de parecer polvo normal.

—Algo viene por ahí.

Narel forzó los ojos.

—No veo nada.

—Yo sí —dijo Lemn al mismo tiempo que Mara—. Esporas o ceniza activa. Agachaos.

No discutieron. Bajaron la altura del cuerpo y cambiaron trayectoria hacia una línea de piedra más desnuda.

La nube no era densa, ni espectacular. Justamente por eso resultaba peor.

Pasó entre las dos elevaciones con un movimiento blando, casi elegante, y dejó tras de sí un olor leve a humedad vieja y algo más, algo que a Mara no le gustó porque le recordaba vagamente a fruta abierta hace mucho.

Esperaron en silencio hasta que se disipó.

—¿Lo habrías notado sin ella? —preguntó Daro no estaba, no, Daro no va con ellos now. Error. Need consistent. Remove Daro. Let's continue with Narel or Oren. Need careful.

Oren fue el que habló.

—Yo no la habría visto hasta tenerla encima.

Lemn observó a Mara un instante.

—Yo sí, pero más tarde.

Narel escupió a un lado.

—Cada vez me entusiasma más el viaje.

—Qué raro —murmuró Mara—. No lo parece.

Lemn volvió a mirarla apenas, y esta vez el resto mínimo de humor que asomó fue tan breve que podría haber sido un cambio de luz. Aun así, bastó para aflojarle a ella una tensión que no sabía que llevaba en los hombros.

Siguieron hasta bien entrado el mediodía.

La ausencia de animales se hacía cada vez más opresiva cuanto más avanzaban.

No había pájaros levantando vuelo de las ruinas, ni insectos zumbando de manera constante, ni huellas frescas en barro, ni ese fondo vivo que incluso los lugares peligrosos conservaban antes del cambio.

De vez en cuando aparecía un resto: una piel seca, unos huesos demasiado limpios, excremento viejo sin rastro posterior.

El silencio del mundo no era vacío. Era resultado.

Y Mara empezó a entender de forma más completa por qué tantas supersticiones nuevas giraban en torno a la falta de fauna.

Donde no canta nada, no te quedes. Si el campo brilla pero no zumba, no cruces.

Si las flores están perfectas y ningún bicho las toca, hay un motivo.

Durante años esas frases le habían parecido formas de nombrar prudencia simple.

Ahora eran la topografía moral de un mundo que había aprendido a parecer demasiado vivo justo donde ya no quedaba casi vida reconocible.

Hicieron la segunda parada en una zona pedregosa donde la tierra afloraba menos y el riesgo de red activa disminuía.

Comieron apenas. Oren montó una vigilancia corta.

Narel afiló por costumbre la hoja ancha aunque apenas la necesitara.

Mara bebió dos sorbos y se apartó un poco para revisar otra vez la venda de la pierna.

Esta vez el picor era más profundo. No ardor.

No dolor limpio. Una incomodidad subterránea que no terminaba de subir a la superficie.

Se quedó quieta un segundo antes de retirar del todo la tela.

Lemn, que parecía haber desarrollado el irritante talento de advertirla incluso cuando no la miraba, habló desde unos pasos detrás.

—No lo hagas sola si te preocupa.

Mara se volvió con fastidio defensivo.

—No me preocupa.

Lemn sostuvo su mirada. Luego bajó a la venda.

—Entonces no estarías tan rígida.

La odiaba un poco por cómo veía ciertas cosas.

Aun así, acabó sentándose sobre una piedra baja y dejó que se acercara.

Él se agachó frente a su pantorrilla y desanudó la venda con movimientos sobrios, sin rozar más de la cuenta.

El aire sobre la piel le produjo un escalofrío.

La línea del arañazo seguía ahí, algo más roja quizá, pero sin señales claras de brote ni tensión dirigida.

—¿Pica? —preguntó.

—Sí. Dentro.

Lemn observó el borde.

—No me gusta, pero tampoco veo todavía crecimiento.

—Todo te gusta poco.

—Porque casi nada de esto merece gustar.

Mara soltó el aire por la nariz, medio exasperada, medio aliviada de que aún pudiera responderle así.

Él volvió a vendarla, esta vez con una firmeza extraña que la hizo sentir demasiado consciente de sus manos.

No eran manos delicadas. Tampoco bruscas.

Eran manos de alguien acostumbrado a hacer cosas necesarias sin convertirlas en gesto ni disculpa.

Esa misma economía le resultaba ahora peligrosamente íntima.

—Gracias —dijo, antes de pensarlo demasiado.

Lemn terminó el nudo y alzó la vista.

—No me des las gracias todavía. Dámelas si mañana sigue igual.

La frase habría podido sonar fría. En ese momento sonó más cercana que muchas ternuras inútiles que Mara había oído en su vida. Le molestó comprobarlo.

La tarde empezó a inclinarse y con ella cambió de nuevo la luz sobre el mundo, volviendo más bellas aún las superficies vegetales y más difícil leer profundidad real entre hojas.

Lemn decidió entonces desviarse de la ruta larga prevista hacia una franja de terreno algo más alta desde la que se dominaba, según dijo, una antigua zona de lavaderos y depósitos.

Narel protestó por el rodeo. Oren no dijo nada.

Mara percibió enseguida que el desvío no era caprichoso.

Había algo en la postura de Lemn, en la manera de calibrar el oeste y el norte al mismo tiempo, que indicaba cálculo sobre peligro reciente.

—¿Qué buscas? —preguntó ella.

—Ver si el agua ha subido de fase también aquí.

—Eso no significa nada —dijo Narel.

Lemn ni lo miró.

—Significa que quizá el norte esté peor de lo que pensaba y entonces ninguna de las dos rutas habituales nos servirá.

Llegaron a la altura desde la que podía verse el antiguo lavadero al cabo de un tramo incómodo entre piedras y matorral bajo.

Lo que apareció delante bastó para borrar la irritación de Narel.

El lavadero ya no era una estructura útil ni una ruina limpia.

Era una cuenca de piedra medio vencida, llena de agua opaca sobre la que flotaban raíces blanquecinas como venas arrancadas.

Y alrededor, donde antes habría habido bancos de lavado y espacio abierto, se alzaban tres formas fijas demasiado humanas.

Ombroles. Dos erguidos, uno inclinado sobre la propia cuenca, con parte del torso hundido en el agua.

No estaban simplemente cerca del agua. Estaban incorporados a ella.

Mara sintió que el estómago se le vaciaba.

—Dios...

—No —dijo Lemn, repitiendo casi la frase de Elen—. Esto no va por ahí.

Uno de los ombroles del borde conservaba todavía, bajo la corteza y las ramas, algo parecido a una falda de tela enredada en raíces nuevas.

El inclinado sobre la cuenca tenía una mano abierta apoyada en la piedra, y la piedra misma parecía haberla aceptado dentro, cubierta por un tejido brillante que la unía al borde.

—No es solo fijación —murmuró Mara.

Lemn asintió muy despacio.

—No.

—Entonces ¿qué es?

Él tardó.

—No lo sé. Pero el agua ya no está tocando lo integrado. Lo está usando.