VENENO Y ESPINAS Capítulo 8. Normas que fallan #2
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Capítulo 8. Normas que fallan #2

Fue quizá el intercambio más amable que habían tenido nunca.

Lemn no dijo nada. Esperó a que la puerta se abriera, dejó salir primero a Oren, luego a Mara, después a Narel y salió él el último, girándose apenas un instante para registrar la estructura, la altura de los vigías y la posición de los refuerzos.

Mara notó ese gesto. No era nostalgia. Era costumbre.

Medir siempre el punto que se abandona, quizá porque un día podrías necesitar recordarlo para no volver o para regresar mejor.

Afuera, el mundo tenía el brillo intolerable de los amaneceres claros.

El este aparecía lavado por una luz limpia que volvía aún más hermosos los verdes húmedos, los tallos rojos, las flores de azul imposible y las láminas de agua que asomaban entre raíces.

Bajo esa belleza, la podredumbre se intuía mejor que nunca.

La franja de red activa junto a la muralla parecía más visible a ras de tierra, como si la noche hubiera tensado aún más sus filamentos.

La costra húmeda del borde del canal brillaba a lo lejos.

Y el aire, pese a no oler todavía a ámbar, llevaba esa nota cerrada del agua vieja que había empezado a perseguirla incluso dentro del asentamiento.

Avanzaron en silencio durante varios minutos, primero por la línea de suelo mantenida con sal y luego por el seco alto que bordeaba la acequia sin acercarse demasiado.

Oren iba delante, abriendo con vara y observación.

Mara detrás de él, atenta al terreno y al latido bajo de esa presión que a veces le llegaba antes que a los ojos.

Narel cubría el flanco izquierdo con la agresividad contenida de quien preferiría ir siempre más cerca de la amenaza visible.

Lemn cerraba el grupo, no por obediencia, sino porque desde ahí le era más fácil leer cómo se movían los otros y corregir ángulos de retirada.

Mara lo supo sin verlo; se notaba en la forma en que dos veces una palabra seca suya les hizo corregir apenas un paso demasiado cerca de un borde o de una sombra.

—No piséis piedra húmeda aunque parezca limpia —dijo en un momento.

—No lo está —murmuró Narel.

—No. Pero además puede despegarse.

Mara pensó de inmediato en las estructuras del agua agarrándose a piedra y madera. Cada nueva indicación de Lemn no ampliaba el mundo, lo volvía más estrecho.

A media hora de camino dejaron atrás la visión directa de la muralla de Vardel.

No era mucha distancia, pero bastó para que el asentamiento se transformara ya en una masa de tablones y humo parcial detrás de ellos, un lugar que seguía existiendo y del que, sin embargo, empezaba a desprenderse.

Mara no miró hacia atrás más de una vez.

Le dolió menos de lo que había temido y más de lo que quería admitir.

Quizá porque la expulsión ya había empezado dentro, horas antes.

Uno no abandona del todo un sitio cuando cruza la puerta, sino cuando entiende que la lógica del lugar ya no sabe incluirlo sin violencia.

La ruta larga de Lemn no era un camino en sentido antiguo, sino una sucesión de decisiones acertadas entre ruinas agrícolas y manchas de vegetación que no siempre permitían distinguir dónde terminaba lo seguro y empezaba solo lo menos malo.

Cruzaron un bancal abierto donde aún se adivinaban surcos de otro tiempo bajo una alfombra de brotes amarillos demasiado uniformes.

Bordearon una vieja noria derrumbada cuyo pozo central había sido cubierto con piedras y sal en capas superpuestas, como marcaban algunas supersticiones útiles cuando no se podía cegar del todo una cavidad húmeda.

Pasaron junto a un grupo de árboles bajos cuya corteza sudaba una resina clara que Lemn evitó sin explicación hasta que Mara, incapaz de seguir callando en todo, preguntó.

—¿Qué tiene eso?

Él no redujo el paso.

—Memoria de insecto.

—Eso no significa nada.

—Significa que atrae a lo que ya casi no existe para que venga igual. Y cuando viene cualquier otra cosa.

Mara apretó los labios. A veces le daban ganas de zarandearlo para obligarlo a hablar como una persona normal. Otras comprendía que ya no existían palabras normales del todo para ciertas cosas.

La primera parada real la hicieron en una linde de secano donde el terreno subía lo bastante como para quedar fuera del radio de humedad del canal y, al mismo tiempo, ofrecer buena visibilidad de las franjas adyacentes.

Comieron poco. Lemn impuso, sin anunciarlo así, una disciplina nueva sobre el alimento: revisar en silencio, oler solo de perfil, tocar primero con la punta de la uña, no con yema caliente, y dejar siempre una porción expuesta durante unos minutos antes de ingerirla.

Mara se dio cuenta de que él ya no seguía solo las reglas de un asentamiento concreto, sino una ética del viaje, una manera de comer como quien sospecha de cualquier tregua.

Narel murmuró algo sobre vivir así como si uno se alimentara de miedo. Lemn respondió sin alzar la voz.

—El miedo no alimenta. La costumbre mata.

Lo dicho le disgustó a Narel y, sin embargo, ninguno tenía argumentos mejores. Oren siguió masticando en silencio.

Mara aprovechó la parada para revisar la venda de la pierna. El arañazo seguía limpio, aunque el borde comenzaba a picar de una forma irritante. Al levantar un poco la tela, notó la presencia de Lemn a su lado antes de oírlo.

—Déjame ver.

Ella casi dijo que no por puro orgullo, pero recordó a Elen y se apartó lo justo. Lemn se agachó sin tocar primero. Observó la línea, el color de la piel, la tensión de los bordes.

—No hay dirección todavía —dijo.

—Qué tranquilizador de nuevo.

Esta vez sí apareció en su cara un resto más claro de humor, tan leve que podría haber sido cansancio mal interpretado.

—No sé hacer eso mejor.

—Lo sé.

El momento fue pequeño y, precisamente por eso, peor.

Porque Mara sintió con absoluta claridad el modo en que el cuerpo registraba la proximidad de él: el calor contenido, el olor seco de tela y humo, la firmeza exacta de una presencia que no se desperdiciaba.

Le molestó no poder reducirlo a simple utilidad.

Le molestó aún más que, en mitad de un mundo vuelto trampa, su cuerpo eligiera precisamente entonces empezar a interesarse por un hombre que cargaba con espinas venenosas, una hermana quizá ya transformada y una forma insoportable de decir la verdad.

Reanudaron la marcha antes de que el sol subiera demasiado.

La ruta empezó a internarse por una zona de ruinas bajas, restos de antiguas casas de labor medio hundidas bajo vegetación trepadora.

Allí el mundo se volvía más engañoso porque la naturaleza había aprendido a usar las formas humanas previas: dinteles, patios, huecos de ventana, muros caídos, depósitos secos.

Un arco roto podía ocultar raíces activas.

Una habitación sin techo, conservar en el centro una charca tan quieta que parecía sombra.

Una escalera a ninguna parte seguir siendo lo bastante estable para tentarte a usarla justo donde no debías.

Mara entendió por qué Lemn evitaba siempre hablar de lugares y prefería hablar de tipos de peligro.

Los nombres viejos habían dejado de servir porque las cosas ya no ocupaban el mismo papel que antes.

—Aquí no os separéis por nada —dijo él, bajando la voz más de lo necesario, como si el espacio mismo escuchara mejor entre piedra vieja.

Narel resopló.

—No pensaba hacerlo.

Lemn lo miró apenas.

—Bien. Sorpréndeme manteniéndolo.

Mara tuvo que apartar la vista para no sonreír pese a la tensión. Narel murmuró una maldición que quedó absorbida por las ruinas.

Fue en esa zona donde vieron el primer ombrol de cerca, aunque ninguno lo nombró al principio.

Oren fue quien se detuvo, levantando una mano en señal.

A unos quince pasos, encajado entre dos muros bajos de piedra medio vencidos por enredaderas, había una figura erguida.

No un señuelo arbustivo, no una masa vegetal cualquiera.

Una forma humana detenida y ya fijada, de espaldas al grupo, con una inclinación leve de los hombros que todavía conservaba algo intolerablemente reconocible.

De las piernas salían raíces gruesas que se hundían entre grietas del suelo.

La espalda estaba tomada por corteza verdinegra y ramas cortas.

Pero uno de los brazos, el derecho, seguía mostrando todavía una estructura demasiado cercana a un brazo de verdad bajo capas de tejido endurecido.

Mara sintió un tirón instantáneo en el estómago. No era solo horror. Era comprensión física de lo que Lemn había dicho en la plataforma de Vardel. Demasiado humano. El cuerpo quería todavía leer ahí a una persona antes de admitir lo irreversible.

Narel apretó la hoja sin avanzar. Oren bajó la vara un centímetro. Lemn no dijo nada durante varios segundos. Mara no se atrevió a mirarlo.

—No le deis la vuelta —dijo por fin.

La voz salió más baja que antes y más tensa.

—¿Por qué? —preguntó Mara, aunque ya lo sabía a medias.

Lemn clavó la vista en la figura.

—Porque no necesitamos verle la cara para saber lo que es. Y porque si alguno empieza a buscar en el rostro algo que reconocer, perderemos tiempo.

La respuesta no iba solo sobre aquella figura.

Todos lo entendieron. Narel fue el primero en moverse, pero no hacia delante.

Hacia el lado contrario, bordeando el espacio con una distancia respetuosa.

Mara lo siguió, todavía sintiendo en la piel la obscenidad de aquel resto de postura humana atrapada dentro de una cosa ya integrada al terreno.

No era miedo a que atacara, aunque podía ocurrir bajo ciertas condiciones.

Era algo peor: la violencia íntima de ver cuánto podía conservar la forma de una persona mientras dejaba de pertenecerle.