Capítulo 8. Normas que fallan
Mara apenas durmió, pero no por el miedo sencillo de quien sabe que al amanecer tendrá que abandonar el único lugar que todavía puede llamar suyo, sino por una forma más amarga de desvelo, la que nace cuando una comprende que lo que la expulsa no es una decisión aislada ni la crueldad limpia de una persona concreta, sino el agotamiento entero de un sistema de reglas que ya no alcanza para contener la realidad.
Vardel había vivido años sosteniéndose sobre normas duras, a veces injustas, casi siempre nacidas de pruebas horribles, pero útiles al fin y al cabo.
No tocar. No salir solo. No beber agua quieta sin hervir.
No confiar en lo que huele demasiado bien.
No recoger junto a acequias viejas. No acercarse a una forma humana sin comprobar antes el terreno.
No comer nada cuya composición no hubiera sido revisada en las últimas horas.
Reglas miserables para un mundo miserable, pero reglas al menos, un esqueleto de conducta sobre el que seguir considerando que la supervivencia no dependía solo de la suerte.
Lo insoportable de aquellos últimos días era precisamente eso: no que el peligro creciera, sino que creciera desordenando la utilidad de las normas anteriores.
El polen ya no bastaba con evitarlo si una persona no reaccionaba a él como debía.
El alimento ya no se volvía seguro por el simple hecho de ser conocido.
El agua dejaba de ser una frontera pasiva.
Los señuelos vegetales convertían la compasión en un riesgo táctico.
Las espigas podían empezar fuera y terminar creciendo dentro.
Y ella, Mara, se había transformado sin querer en la prueba más incómoda de que incluso el cuerpo humano podía quedar mal colocado dentro de las reglas que todos daban por necesarias.
La casa estaba en silencio cuando se incorporó, aunque no un silencio tranquilo.
Luse fingía dormir, pero Mara distinguía la respiración demasiado medida de quien no se ha soltado al sueño del todo.
La manta mejor que le habían dejado doblada al lado parecía una ofrenda torpe, una disculpa sin palabras o quizá una forma de no tener que pronunciar despedida.
Mara la recogió, dobló sus pocas cosas con una lentitud que no respondía a la emoción, sino a la necesidad de retrasar unos minutos el momento en que el asentamiento entero convertiría su salida en un hecho visible.
Metió la ropa seca, el cuaderno pequeño, las vendas, la bolsa de sal que le había dado la anciana y el amuleto ridículo de granos cosidos con una espina seca.
Durante un segundo pensó en dejarlo. Luego lo guardó igual.
En un mundo donde la conducta y la superstición se confundían cada vez más porque ambas nacían del mismo terror repetido, rechazar según qué gestos era casi un lujo moral que no le pertenecía.
Cuando salió, la primera luz apenas tocaba ya las tablas altas de las pasarelas.
El cielo tenía ese color pálido de los amaneceres con humedad retenida, y el aire cargaba una nota de barro viejo que no venía solo del este.
El asentamiento estaba despierto antes de tiempo.
No por actividad normal, sino por ese magnetismo mezquino que adquieren las expulsiones incluso en comunidades donde nadie quiere reconocerlas como tales.
Había gente trabajando, sí, pero también demasiada atención en cosas que no requerían tanta.
Una mujer barría dos veces el mismo tramo de pasarela.
Un hombre ordenaba por tercera vez un cajón de herramientas sin apartar del todo la vista del camino que llevaba a la puerta menor.
Dos niños fueron apartados de una esquina desde la que se dominaba bien la salida.
Mara sintió sobre la piel el peso de aquellas miradas no siempre directas y comprendió que lo más humillante de marcharse no era perder el lugar, sino verlo seguir funcionando alrededor de una como si la comunidad solo necesitara colocar el problema unos metros más allá para recuperar la forma.
Elen la esperaba junto al almacén de revisión. Llevaba el pelo mal recogido, la boca apretada y dos bolsas ya preparadas sobre un banco bajo. No se anduvo con gestos inútiles. Le entregó una.
—Comida seca para dos días si racionáis bien, aunque parte habrá que revisarla otra vez mañana por humedad. Pasta alcalina. Vinagre. Un filtro nuevo. Hilo. Un cuchillo mejor que el tuyo. Y esto.
Le puso en la mano un pequeño paquete de tela encerada. Mara lo abrió y encontró dentro tres tiras finas de cuero marcadas con señales de carbón y una aguja curva.
—¿Qué es?
—Marcas de observación. Si algo en tu herida cambia, mides expansión con esto y no con la imaginación. Si os separáis, sirven también para dejar señal entre vosotros sin tener que hablar.
Mara alzó la vista.
—Hablas como si de verdad creyeras que volveré.
Elen no respondió enseguida. La observó con una dureza que apenas disimulaba la tristeza.
—Hablo como si quisiera darte alguna ventaja frente a lo que hay fuera, aunque sea pequeña.
Mara bajó la vista al paquete.
—Gracias.
Elen asintió, incómoda con la palabra. Luego se agachó sin pedir permiso y revisó la venda de la pantorrilla. La retiró apenas, inspeccionó la línea larga del arañazo y frunció el ceño al no encontrar nada nuevo y, a la vez, al no poder garantizar nada.
—Sigue limpia —dijo—. Eso no significa que me guste.
—A mí tampoco.
—Si el dolor se vuelve profundo, si notas calor por dentro en lugar de fuera, si la piel se tensa hacia una dirección, no esperes.
—Lo sé.
Elen se irguió.
—No. Lo sabes aquí. —Se tocó la sien—. Quiero que lo sepas también cuando estés cansada, empapada, con hambre y te dé vergüenza decirle a ese hombre que te revise la pierna. Porque ese momento llegará y no me importa tu orgullo.
Mara sintió subirle el calor a la cara, no por la herida, sino por la precisión casi ofensiva con que Elen había adivinado una vergüenza que ni ella misma quería nombrar.
No respondió. Elen tampoco insistió. Le ajustó mejor la correa de la bolsa al hombro y luego, con una torpeza impropia de ella, le pasó la mano una sola vez por el pelo, apartándole un mechón de la frente como había hecho años atrás cuando era niña y volvía de alguna caída menor.
—No te dejes querer por nada que primero te estudie demasiado —murmuró.
La frase era medio consejo, medio superstición, medio forma de hablar del bosque y quizá de otras cosas. Antes de que Mara pudiera decidir qué contestar, Elen ya se había apartado.
Daro aguardaba en la plaza interior con la misma cara de cansancio concentrado de siempre.
Junto a él estaban Narel, Oren y Lemn, ya equipados para salir.
Mara notó primero el conjunto y solo después los detalles: el vendaje limpio en la ceja de Narel, la calma seca de Oren, la cuerda adicional colgada al pecho de Lemn, la tela más firme ajustada otra vez sobre su antebrazo izquierdo.
Él la miró una sola vez al verla llegar, lo justo para comprobar quizá cómo caminaba, si cojeaba o no, si la venda de la pantorrilla condicionaba el apoyo.
Aquella atención práctica le irritó y la tranquilizó al mismo tiempo, lo que resultaba una combinación cada vez más molesta.
Daro no convirtió la despedida en ceremonia.
Se limitó a repasar en voz alta lo necesario, como si la falta de emoción explícita pudiera protegerlos a todos de la indecencia de llamar acuerdo a lo que era una expulsión útil.
Saldrían por la puerta menor del este, rodearían la franja de raíces activas sin acercarse al canal más de lo imprescindible, tomarían el seco alto del sur y desde allí empalmarían con la ruta que Lemn había marcado en el mapa como larga pero menos expuesta a cierre rápido.
Evitarían agua abierta, ruinas con sombra fija y cualquier forma humana aislada en terreno inestable.
Si encontraban señal de bandas, retrocederían hacia seco y cobertura, nunca hacia borde de acequia o bancal húmedo.
Si la herida de Mara cambiaba, se detendrían.
Si el ámbar aparecía denso, Mara hablaría primero de lo que sintiera y Lemn de lo que oliera.
Aquella última instrucción provocó un movimiento mínimo de varias miradas. Daro no lo comentó.
—No voy a decir que volváis —dijo al final, con la voz plana—. Voy a decir que, si encontráis algo al norte que explique mejor lo del agua, los ombroles o la red, recordéis que aquí aún hay gente viva que puede necesitarlo.
No era una bendición. Ni una disculpa. Pero en él equivalía a lo máximo que sabía ofrecer sin perder la postura que lo mantenía en pie.
Mara asintió. No confiaba en su voz.
El momento más duro no llegó con Daro, sino con la gente que no habló.
Luse asomó desde el extremo de una pasarela y alzó una mano mínima, casi escondida.
La anciana de la sal le hizo con los dedos un gesto protector viejo como las casas de barro, aunque seguramente inútil.
Un niño, sujetado por la muñeca por su madre, la miró con una fascinación asustada que la hizo sentirse de pronto mucho mayor y mucho más ajena de lo que era.
Otros ni siquiera fingieron despedirse. Se limitaron a observar, ya un poco aliviados por ver el problema encaminado hacia fuera.
Mara no los culpó tanto como habría querido.
El miedo sostenido desgasta la decencia antes que otras cosas.
Cuando las barras de la puerta menor empezaron a correrse, Narel se acercó a ella lo justo para hablar sin que todo el mundo lo oyera.
—No te voy a pedir perdón por lo que pienso.
—No lo esperaba.
—Pero tampoco creo que merezcas morir sola fuera de aquí.
La mezcla de honestidad y torpeza resultó tan propia de él que Mara no supo si despreciarla o aceptarla como lo más parecido a la lealtad que podía darle. Eligió lo segundo.
—Procura no hacer ninguna estupidez antes de que crucemos la linde.
A Narel se le escapó una risa seca.
—Lo intentaré por no darte la razón tan pronto.