VENENO Y ESPINAS Capítulo 7. Las raíces bajo los pies #4
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Capítulo 7. Las raíces bajo los pies #4

—Voy a sacarte antes de que el asentamiento decida por miedo y peor de lo que yo pueda decidir ahora.

—La frase salió dura y sin adorno—. Saldrás mañana al amanecer.

Con Lemn. Él seguirá al norte, tú fuera de aquí.

Si quieres intentar volver algún día, será otra conversación y dependerá de en qué te conviertas o no por el camino.

La sala quedó inmóvil. Incluso Elen pareció más vieja de golpe.

—No puedes hacer eso hoy —dijo ella.

—Precisamente tengo que hacerlo hoy. Ya han visto suficiente. Si espero una noche más, la mitad querrá tenerla encerrada y la otra mitad fuera sin bolsa ni guía.

Mara no sabía qué dolía más: la decisión o la manera en que Daro la presentaba casi como una protección.

—¿Y si no quiero irme con él?

Daro respondió antes de que Lemn pudiera abrir la boca.

—Entonces te irás sola, y eso sería igual que enterrarte un poco más lejos para que no nos toque cavar.

La brutalidad era completa. También la verdad.

Mara se volvió hacia Lemn sin saber del todo qué esperaba encontrar en su cara. Él no parecía satisfecho ni incómodo. Solo serio. Demasiado serio.

—No tienes por qué aceptar —dijo ella.

—Ya iba al norte.

—No soy tu problema.

Lemn sostuvo la mirada.

—No. Pero quizá seas una posibilidad.

Aquellas palabras la atravesó con una mezcla insoportable de enfado y algo más difícil de nombrar.

Porque entendió enseguida lo que significaba: no la veía como carga pura.

Tampoco como salvación. La veía como algo que podía alterar la lectura del camino y, quizá, la búsqueda de Lía.

Era un razonamiento frío. Y, sin embargo, en aquel mundo frío empezaba a sonar extrañamente cercano.

El resto del día quedó contaminado por la certeza de la expulsión.

O, como Daro insistió en llamarla delante de otros, salida acordada.

Nadie creyó del todo en ese eufemismo. Luse evitó mirarla durante una hora y luego le dejó, sin decir palabra, una manta mejor doblada sobre la cama.

La anciana de la sal cosió en una tira de tela tres granos y una espina seca “para que lo que pinche fuera no encuentre carne fácil”, superstición inútil o no, imposible de rechazar sin crueldad.

Elen la obligó a comer una ración algo más generosa de lo normal “porque mañana te arrepentirás de no haberlo hecho” y revisó tres veces la herida de la pantorrilla.

No mostraba signos malos todavía. Mara se aferró a eso con más necesidad de la que le gustaba admitir.

Al anochecer fue a por agua por última vez al punto interior y encontró allí a Lemn de nuevo, como si el asentamiento entero quisiera burlarse de la idea de despedida fácil.

Él estaba llenando dos cantimploras de viaje que Daro le había autorizado conservar.

Cuando la vio llegar, dejó libre espacio sin decir nada.

Durante un momento compartieron solo el sonido del agua cayendo, tan doméstico y tan sospechoso a la vez.

—Parece que ya está decidido —dijo Mara por final.

—Sí.

—No suenas sorprendido.

Lemn cerró una cantimplora y apretó el tapón con fuerza controlada.

—No lo estoy.

—Qué amable.

—No es amabilidad. Es que lo vi venir.

Mara apoyó las manos en el borde del barril para no temblar de rabia o de cansancio.

—Todo lo ves venir, ¿no?

Lemn la miró entonces, cansado pero firme.

—No. A mi hermana no la vi irse. Ni la niebla de esporas aquella vez. Ni las espigas antes de clavárseme. Ni a un compañero bajar a por un niño que era un arbusto. Lo que veo venir ahora es solo un asentamiento haciendo lo que hacen todos cuando el miedo se les llena de nombre.

El golpe de la frase fue peor porque no llevaba defensa para sí mismo. Mara se quedó callada. Afuera, el este olía húmedo. Más cerca del agua que del ámbar. Más cerrado.

—¿Por qué aceptas que vaya contigo? —preguntó por fin.

Lemn tardó.

—Porque notas cosas antes. Porque no reaccionas igual al polen. Porque el norte va a peor y quizá tú puedas leer parte de eso de otra forma. Porque no creo que sobrevivas mucho sola. Y porque, si voy a encontrar algo demasiado humano ahí fuera, preferiría no estar completamente solo cuando ocurra.

No era una declaración tierna. Ni siquiera amable.

Aun así, tenía en su núcleo una sinceridad que la dejó sin respuesta inmediata.

Mara bajó la vista al agua del barril, quieta bajo la lámpara baja, y pensó que quizá ese era el inicio de las cosas verdaderamente peligrosas: no cuando alguien te promete protección o salvación, sino cuando admite que necesita tu presencia para no romperse del todo ante lo que busca.

—No sé si eso me tranquiliza o me enfada —murmuró.

—No era para tranquilizarte.

Ella soltó una risa breve y seca.

—Ya. Esa parece tu gran especialidad.

Él no respondió. Pero en la esquina de su boca apareció durante un instante algo mínimo, no una sonrisa completa, solo la memoria posible de una. Le bastó para que Mara sintiera, en mitad del miedo, la punzada más inoportuna de todo el día.

Subió a su casa con las cantimploras llenas y la certeza de que el suelo de su vida acababa de abrirse del todo.

Debajo, como bajo las tablas de Vardel, no había ya un terreno estable esperando.

Había raíces. Raíces bajo los pies, bajo las normas, bajo los afectos, bajo la idea misma de pertenecer a un sitio.

Y al amanecer tendría que andar sobre ellas.