Capítulo 7. Las raíces bajo los pies #3
No hubo más discusión. Se movieron rápido, pero no en huida abierta.
Mara notó enseguida lo absurdo de intentar desplazarse deprisa en un lugar donde cada pie podía comunicar presencia.
El corazón le golpeaba fuerte en la garganta.
Llegaron al muro bajo y se agacharon apenas detrás, lo justo para romper línea de visión sin perderla del todo.
Los hombres de la senda se habían abierto ya en abanico corto. Sabían lo que hacían.
—Quieren empujarnos al borde —dijo Lemn.
—Pues hoy no —murmuró Daro.
Los atacantes no llegaron a acercarse del todo antes de probar el mismo truco que en la víspera: uno lanzó un saco pequeño, esta vez no hacia la empalizada, sino más allá de la trayectoria obvia de retirada.
Al romperse contra una piedra liberó una nube amarilla baja. Polen o algo que quería parecerlo.
—No es nuestro polen del este —dijo Oren.
—Da igual lo que sea —replicó Lemn—. No lo crucéis.
Narel se tensó para salir por el lado contrario del muro y sorprender a uno que avanzaba demasiado confiado.
Daro iba a impedírselo, pero no hizo falta porque el atacante eligió ese momento para lanzarse sobre la cobertura baja, intentando ganar ángulo con una cuchilla larga.
Todo ocurrió deprisa. Oren paró la primera acometida con la vara.
Narel salió al flanco con la hoja corta.
El segundo hombre trató de rodear por la derecha.
Y Lemn se movió con esa eficacia seca que Mara ya había visto pero que a ras de tierra resultaba aún más brutal.
No desenvainó primero. Giró el cuerpo, dejó que el atacante creyera tener ventaja y bloqueó con el antebrazo cubierto por la manga reforzada.
El impacto fue feo. Luego usó el peso del otro contra el muro y, en el mismo giro, la tela del brazo se desplazó lo justo para que una de las espinas negras encontrara carne en la parte alta del cuello del hombre.
El efecto fue inmediato. No muerte limpia, no caída noble.
Una pérdida instantánea de fuerza, como si algo interno hubiera recibido orden de apagarse.
El atacante reculó, soltó la cuchilla y se llevó ambas manos al punto herido.
Narel aprovechó para derribar al segundo con un golpe de hoja plana que le abrió la ceja.
El tercero y el cuarto, viendo el giro, dudaron un instante.
Ese segundo salvó al grupo. Daro gritó retirada por el seco alto. Todos obedecieron.
Mara corría con el pulso en la boca y la sensación clarísima de las raíces bajo la tierra, como si miles de hilos tensos esperaran un error de dirección.
Lemn venía detrás de ella y, aun así, lo notaba demasiado cerca, quizá porque el peligro agudizaba cada percepción del cuerpo ajeno.
Oía su respiración controlada, el golpe de sus botas, el roce del arma en la espalda.
Dos veces creyó que iba a pisar fuera de la franja seca y las dos una mano dura en su hombro o en su brazo la corrigió sin ceremonia.
No eran caricias, ni ayudas suaves. Eran indicaciones físicas tan precisas como las órdenes que él daba al terreno.
Llegaron a la puerta menor con los vigías de altura ya cubriéndolos desde arriba.
Dentro, las barras se corrieron a toda velocidad y el metal cayó en su sitio con un golpe que a Mara le hizo temblar las piernas más que toda la carrera.
Solo entonces sintió el dolor: no de herida grave, sino el escozor en la pantorrilla derecha.
Bajó la vista. La tela del pantalón estaba rasgada por un arañazo largo.
No sangraba mucho, pero la línea era limpia, superficial.
Lemn la vio en el mismo instante.
—¿Dónde te has hecho eso?
—No sé. Una piedra, una rama...
—No —cortó él.
Se agachó sin pedir permiso y apartó la tela apenas con dos dedos. El roce de su mano, seca y firme, sobre el borde de la herida le produjo un estremecimiento absurdo en mitad del caos. Miró la línea. No había restos visibles, pero él no parecía tranquilo.
—Parece espiga o fibra de borde.
—Solo me ha rozado.
Lemn alzó la vista hacia Elen, que ya llegaba con paños y una bandeja.
—Límpialo ahora.
La urgencia de su voz hizo que Mara sintiera por primera vez miedo de verdad a esa herida mínima. Elen no perdió tiempo. La sentó en un banco, lavó la zona con vinagre rebajado, luego con agua hervida enfriada, examinó la línea y raspó apenas con una espátula.
—No veo punta clavada —dijo.
—Ni yo —replicó Lemn—, pero he visto marcas así ponerse feas por dentro.
Elen no discutió. Aplicó una pasta amarga y envolvió la pantorrilla con venda firme.
—Observación todo el día. Si notas ardor interior, hormigueo ascendente o rigidez, me lo dices antes de pensar si molestas.
Mara asintió, todavía con la respiración alterada.
El patio entero estaba ya revuelto por la salida, el ataque y el regreso.
Las miradas sobre ella eran peores ahora.
No solo porque había bajado fuera como prueba viva de su utilidad anómala, sino porque había vuelto.
Y volver siempre legitimaba algo. Daro dio órdenes rápidas: marcar ampliación de la franja de red al este, reforzar vigilancia sur, revisar toda ropa y calzado de quienes habían salido, aislar temporalmente el equipo usado cerca del canal.
Narel sangraba por la ceja y parecía orgullosamente furioso.
Oren callaba, como siempre. Lemn se remangó un instante para revisar si alguna espina se había quebrado y volvió a cubrirse enseguida.
Mara no debía de ser la única que lo observaba demasiado.
La revisión posterior ocupó casi toda la hora siguiente.
Bajo las suelas encontraron restos de filamentos claros.
En una cuerda de Oren, barro con iris tenue.
En la hoja de Narel, un residuo verde oscuro procedente probablemente del señuelo o del borde.
Y en la venda de Mara, nada fuera de la herida lineal que seguía pareciendo, por fortuna, superficial.
Aun así, Elen insistió en retenerla dentro para control.
—No vas a ningún sitio —dijo.
—Solo quiero lavarme.
—Te lavarás aquí.
Mara iba a replicar cuando Daro apareció de nuevo. Traía esa expresión sombría de quien ya ha unido demasiados hechos y no le gusta la figura resultante.
—He hablado con los vigías. Han visto algo más durante vuestra retirada.
—¿Qué? —preguntó Mara.
—Movimiento en el canal. No de superficie. Bajo el agua. Y una de las figuras pequeñas del borde se inclinó después de que os fuerais, como si os hubiera seguido un poco.
Lemn, al otro lado de la mesa, levantó la cabeza.
—El canal está leyendo más distancia.
—Eso crees tú —dijo Daro.
—Eso creo, sí.
Daro guardó un momento de silencio y luego tomó la decisión que Mara había temido desde el amanecer.
—Ya no puedo justificarte aquí dentro como antes.
No miraba a Lemn. Miraba a Mara.
Ella sintió que la herida de la pierna dejaba de importar.
—Así que sí. Vas a echarme.