Capítulo 7. Las raíces bajo los pies #2
Ella estuvo a punto de responder algo desagradable, pero Daro apareció en ese momento y cualquier frase menor perdió interés.
El líder repasó equipo, ordenó apertura parcial de la puerta menor y dejó claro que dos vigías de altura seguirían el desplazamiento desde plataforma mientras la visibilidad lo permitiera.
Había algo casi ceremonioso en el modo en que el asentamiento entero pareció contener la respiración cuando las barras se corrieron y el metal emitió ese gemido corto que en los últimos días Mara ya asociaba con la frontera entre lo pensable y lo real.
Salir siempre cambiaba el aire. Incluso cuando el olor era parecido, el cuerpo lo sabía.
La humedad no tocaba igual. La luz no se repartía igual sobre las superficies.
Y el silencio del exterior, ese silencio no vacío sino ocupado por cosas que ya no necesitaban emitir ruido animal para resultar presentes, se posaba sobre la piel con una densidad distinta.
Bajaron uno a uno, primero Daro, luego Narel, Mara, Oren y por último Lemn.
El suelo inmediato junto a la muralla estaba relativamente limpio gracias a sal, raspado y fuego dosificado, pero más allá comenzaba enseguida la tierra vieja, partida por raíces finas y piedras reaparecidas que años antes habían estado enterradas bajo cultivo regular.
Las huertas antiguas aún conservaban la geometría agotada de lo que fueron: líneas de bancal, muros bajos, canales secos o medio rellenos, postes vencidos y marcos de piedra sobre los que ahora trepaban hojas imposibles y tallos que parecían hechos de cera verde.
Mara avanzó sintiendo el cuerpo demasiado consciente de cada apoyo. No por torpeza, sino porque todo parecía tener la posibilidad de transmitir. Entendía mejor ahora la expresión raíces de escucha que Lemn había usado ante el mapa. No eran solo raíces. Eran superficies nerviosas del terreno.
—Primero el punto interior —dijo Daro, señalando la zona bajo la pasarela donde habían subido los filamentos.
No se acercaron de frente. Bordearon por una línea de suelo más seco que Lemn identificó enseguida con un gesto de la mano.
No mandaba sobre ellos, pero su cuerpo parecía moverse con una lectura del espacio más rápida que la de los demás, y Daro, aunque eso le desagradara, lo seguía en lo esencial.
Llegados al borde del apoyo afectado, Oren clavó la punta de una vara fina entre dos piedras y removió apenas.
Nada visible. Narel, impaciente, apartó con la hoja ancha un pequeño manojo de hojas bajas y aparecieron las raíces: docenas de filamentos pálidos extendiéndose desde una grieta más profunda hacia la base de la estructura, tensas como si las hubieran colocado con cuidado durante la noche.
—No nacen aquí —dijo Mara.
Lemn se agachó a una distancia prudente.
—No. Vienen de abajo y de lateral. Buscan soporte seco para seguir transmitiendo.
—¿Transmitiendo qué? —gruñó Narel.
—Presencia, humedad, calor, vibración. Lo que encuentren.
Mara no sabía si era la presión del aire o algo más, pero sintió un tirón leve en la base de la garganta. Señaló hacia el este.
—No están solas. Hay más hacia el canal.
Daro la miró un segundo y luego a Lemn.
—¿Tú qué ves?
Lemn entrecerró los ojos. Siguió visualmente la dirección de las fibras y después observó la pendiente mínima del terreno.
—Tiene razón. No son una subida aislada. Es una extensión. Si han alcanzado ya el apoyo interior, el borde del canal está mucho más avanzado de lo que parecía desde arriba.
Narel apretó la mandíbula.
—Entonces bajamos y cortamos.
—Entonces bajas y quizá activas veinte puntos a la vez —replicó Lemn.
—No todo se resuelve huyendo.
—No todo se resuelve golpeando.
La tensión entre ambos venía creciendo desde la víspera y empezaba a adquirir una temperatura que a Mara le resultaba casi tan peligrosa como el terreno. Daro lo cortó de raíz.
—Cerrad la boca los dos. Seguimos hasta el primer borde visual del canal y decidimos allí.
Avanzaron hacia la acequia vieja por la línea menos comprometida, bordeando una franja donde las plantas bajas mostraban ya esa belleza impúdica que se había vuelto distintiva del mundo nuevo.
Había flores pequeñas de un azul tan limpio que parecía pintado, cápsulas translúcidas adheridas a tallos rojos y hojas anchas con venas doradas bajo la luz.
Todo resplandecía con una salud ofensiva.
Con todo, el aire tenía detrás una nota de barro cerrado, de agua que llevaba demasiado tiempo aprendiendo a no ser solo agua.
Mara lo notó antes de ver el canal completo.
Luego apareció entre dos restos de muro bajo y sintió un escalofrío puro.
Desde la plataforma parecía una acequia enferma.
A ras de tierra resultaba mucho peor. El borde no estaba simplemente invadido por raíces; estaba recubierto por una especie de tejido húmedo que unía barro, piedra y fibras finas en una costra viva, brillante y casi muscular a la vista.
La película irisada sobre la superficie no descansaba inmóvil, sino que respondía en pequeñas ondulaciones internas, como si algo bajo el agua respirara con lentitud obscena.
Y allí estaba otra vez la mano sumergida, mucho más cercana ahora, lateral, pálida, demasiado entera aún en algunos dedos.
Narel soltó una maldición baja. Oren apretó la vara en silencio. Daro no habló. Mara no podía apartar la vista.
—No es una mano sola —dijo Lemn muy despacio.
Todos lo miraron.
—Seguid la línea del antebrazo.
Tardaron un segundo en verlo. Bajo la superficie opaca por iris y raíces flotantes, una forma más larga y clara se hundía hacia el talud interior del canal. No era un miembro suelto. Era parte de algo más. Parte de un cuerpo integrado o en proceso de estarlo.
—Retroceded medio paso —ordenó de pronto Lemn.
Nadie preguntó. Lo hicieron. Casi al mismo tiempo, la película del agua vibró con más intensidad en el punto cercano a la mano. No hubo salto ni ataque directo. Solo una respuesta. Una confirmación de presencia.
—Nos ha sentido —murmuró Mara.
Lemn no la miró, pero respondió.
—O hemos entrado en su radio.
Daro sostuvo la lanza con más fuerza.
—¿Puede salir?
—No así. Pero puede fijar si nos acercamos más. Y no sabemos qué suelta el borde cuando activa.
Mara respiró despacio. Aquella era la primera vez que el exterior le devolvía con tanta claridad la impresión de estar siendo leído.
No observado, que era todavía una palabra demasiado animal.
Leído. Como si el terreno y el agua hubieran empezado a componerse una imagen de ellos mediante vibración, calor y proximidad.
—La figura pequeña —dijo entonces, casi sin querer.
A unos metros del cauce, parcialmente oculta entre dos arbustos de hoja dura, se distinguía una forma baja, acuclillada, más pequeña que las demás. No era exactamente un niño, pero se apoyaba en esa idea con una precisión enferma: rodillas recogidas, cabeza inclinada, espalda estrecha.
Narel tensó la hoja.
—La corto.
—Ni se te ocurra —dijo Lemn.
—Está a tres pasos.
—Y seguro que a un paso de donde el suelo deja de ser suelo limpio.
—No puedo seguir mirando estas cosas sin hacer nada.
—Pues aprende —repuso Lemn, y esta vez la dureza fue abierta.
Mara vio cómo Narel estaba a punto de avanzar igual, no por estupidez pura, sino por esa forma masculina tan vieja de creer que la acción es siempre más honorable que el control. Dio un paso hacia él.
—No.
Narel la miró, irritado.
—No me vas a mandar tú.
—No. Te manda esto. —Señaló el terreno entre ambos y la figura.
Narel siguió el gesto y, solo entonces, distinguió lo que Mara estaba viendo: una red de raíces finas casi invisibles, más densa que en otras zonas, extendida como un vidrio roto entre piedras y costra húmeda.
Si entraba ahí, no sabrían a qué estaba dando aviso ni qué distancia real habría hasta la respuesta.
Daro hizo lo que tocaba. Ordenó retirada parcial y observación desde un punto más alto de ribera seca.
Se movieron despacio, sin dar la espalda completa al canal.
Mara sentía el pulso demasiado alto, pero no era solo miedo.
Se trataba de algo distinto. La percepción de que el mundo exterior ya no se limitaba a esconder amenazas; estaba empezando a ordenar sus distintos mecanismos en sistemas conjuntos.
Agua que fijaba, raíces que transmitían, señuelos que atraían, polen que abría, alimento que sembraba estructuras, espigas que crecían desde dentro. Todo empezaba a rozarse con todo.
Desde la pequeña elevación seca donde se detuvieron a observar de nuevo, el sur quedaba más visible. Y fue allí donde apareció el siguiente problema. Oren fue el primero en verlo, señalando con la vara.
—Movimiento.
No en el canal. Más allá, en la vieja senda de piedra por la que la víspera habían llegado los violentos.
Cuatro figuras avanzaban entre matorral bajo, no ocultándose demasiado, pero tampoco de forma franca.
Demasiado coordinadas para viajeros. Demasiado armadas.
Mara sintió una oleada de rabia fría. Como si no bastara ya con el bosque aprendiendo a explotarlos, ahora también los hombres recurrieran a la misma lógica para convertir toda salida en una trampa doble.
Lemn miró apenas una vez y ya sabía lo necesario.
—La banda. O parte.
—Nos han seguido —dijo Narel, y por primera vez no sonó satisfecho ante la posibilidad de pelear.
Daro evaluó distancia y terreno.
—Volvemos.
—No todavía —dijo Lemn—. Si corremos en línea directa hacia la puerta menor nos obligarán a meternos en la franja de red.
—¿Y qué propones? —replicó Daro.
Lemn señaló una curva de muro bajo derruido unos metros al noreste.
—Cobertura corta allí. Luego giro por seco alto. Si nos ven decidir mal el terreno, apretarán demasiado.
Narel apretó la hoja con ganas casi visible.
—A ver si por fin les ponemos nombres a sus tumbas.
—Si quieres pelear, hazlo donde no nos remate también el canal —dijo Lemn.