VENENO Y ESPINAS Capítulo 7. Las raíces bajo los pies
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Capítulo 7. Las raíces bajo los pies

La decisión se había tomado antes de que amaneciera del todo, y lo único que cambió con la luz fue el modo en que empezó a notarse en los movimientos de la gente.

Mara la reconoció nada más salir de la casa, no porque alguien le hubiera dicho ya una palabra, sino porque Vardel respiraba con esa clase de orden forzado que precede a las medidas irreversibles.

Las conversaciones se cortaban cuando ella aparecía.

Las tareas seguían adelante, sí, pero con una corrección demasiado consciente, como si todos estuvieran representando una normalidad provisional mientras esperaban que otro pronunciara en voz alta lo que ya se había asentado en la mente común.

La noche había hecho su trabajo. El rumor del polen, las raíces interiores, el señuelo del sur, la mano sumergida, el chico con espinas nacidas desde dentro y la presencia de un viajero con púas venenosas bajo la manga habían terminado por tensar una misma cuerda.

Y en esa cuerda, le gustara o no, ella ocupaba ahora un punto visible.

Daro no la hizo esperar mucho. La mandó llamar al cobertizo grande que usaban como sala de recuento y reparto en tiempos de cosecha, aunque ya casi nada merecía llamarse así.

Cuando Mara entró, él estaba solo al principio, apoyado sobre una mesa desnuda con ambas manos extendidas, como si necesitara la madera firme para ordenar las ideas.

No tenía el aspecto de quien disfruta de ejercer autoridad.

Lo tenía de quien lleva demasiado tiempo sosteniendo con ella cosas que se deshacen.

La luz oblicua de la mañana le marcaba más las arrugas de cansancio a ambos lados de la boca.

Al verla, alzó la cabeza y durante un instante no habló.

Era una de sus formas de medir si la otra persona llenaría el silencio por nervios. Mara no lo hizo.

—Han empezado a evitarte —dijo al fin.

No era una pregunta. Tampoco una disculpa.

—Sí.

Daro asintió, como si aquella confirmación cerrara una cuenta desagradable.

—Elen me ha contado lo de la prueba.

Mara sintió el golpe seco de la frase y, detrás de él, la irritación instantánea contra la mujer, aunque duró poco. Sabía que Elen no se lo había contado por traición, sino porque ya no podía protegerla ocultando algo que condicionaba las decisiones del asentamiento entero.

—No me sorprende —respondió.

—Debería habérmelo dicho antes.

—Antes no lo sabíamos.

Daro la observó con esa atención dura que reservaba a las cosas que no podía permitirse sentimentalizar.

—No reaccionas al polen de la misma manera que los demás. Detectas cambios antes. Notaste las raíces dentro. El ámbar te afecta distinto. Y ahora la gente lo sabe o lo supone. Eso me deja con un problema.

Mara sintió que se le enfriaban las manos, aunque ya conocía la forma de aquella conversación desde antes de entrar.

—No soy un problema.

—Para ti no. Para un asentamiento asustado, sí.

La honestidad dolía más cuando sonaba tan simple. Daro no se movió de la mesa.

—Todavía no he decidido qué hacer contigo.

Mara sostuvo su mirada.

—Eso significa que sí lo has decidido casi del todo.

Daro exhaló por la nariz.

—Significa que aún estoy intentando distinguir entre utilidad y riesgo antes de que la gente lo haga por mí con peor criterio.

Aquella frase contenía, a su manera, la única clase de defensa que él sabía ofrecer. Mara notó un cansancio amargo detrás del esternón. Había esperado rabia, quizá una acusación más clara. En cambio tenía delante la forma más insoportable del juicio: la que se presenta como gestión razonable.

—¿Vas a echarme? —preguntó.

Daro no respondió de inmediato.

—Voy a averiguar primero si puedes salir al exterior y volver viva de un reconocimiento que ya necesito hacer. Si puedes y lo que eres sirve para leer mejor lo que tenemos ahí fuera, el asentamiento gana tiempo. Si no puedes, sabré que tampoco me sirve arriesgar más dentro.

Mara entendió enseguida el fondo real de la frase. No la expulsaba aún. La probaba. Y si el mundo exterior la aceptaba o no la destruía enseguida, eso influiría en lo que Vardel decidiría después con ella.

—Quieres usarme para bajar al este.

—Quiero ver si lo que notas sirve donde ya no basta mirar desde la plataforma.

—Y si muero fuera, te evitas decidir dentro.

Daro no negó la crueldad implícita. Solo dijo:

—Si mueres fuera, al menos sabremos algo.

Aquello la llenó de una rabia tan limpia que por un instante creyó que iba a tirarle la mesa encima.

No lo hizo. Porque bajo el golpe inicial reconoció algo peor: él no hablaba desde maldad personal, sino desde la lógica brutal que gobernaba ya cada decisión en Vardel.

La misma lógica por la que habían abierto a Serit, aislado a Felen, mantenido al viajero dentro por utilidad pese a sus espinas y dejado sin rescatar un señuelo que fingía pedir ayuda.

Si ella era ahora una excepción, también sería tratada como una.

—¿Y quién baja conmigo? —preguntó, fría.

—Narel, un vigía y Lemn.

Eso la sorprendió.

—¿Lemn?

—Conoce mejor que nadie aquí la lectura del borde, las rutas de retirada y lo que puede estar pasando donde el agua toca a los ombroles. Además, si intento enviarlo fuera sin ganar algo antes, desaparecerá en cuanto cruce la linde.

La apreciación era tan exacta que Mara no tuvo nada que objetar.

El pensamiento de bajar con Lemn al exterior, sin embargo, le produjo una tensión distinta, no solo por el peligro.

Con él cerca, el mundo no se volvía más amable ni más claro; se volvía más nítido.

Y empezaba a sospechar que esa nitidez podía resultar adictiva en la parte equivocada de una persona.

Daro se enderezó por fin.

—No tomaré esta decisión delante de todo el mundo.

Pero tampoco voy a esconderla. Saldréis en una hora.

Revisaréis la franja interior del este, el punto donde subieron las raíces, el borde de la acequia vieja si puede hacerse sin estupidez y la línea baja del sur donde apareció el señuelo.

No os alejáis más de lo necesario. Quiero observación, no heroísmo.

Si notas algo raro, lo dices al instante.

Si Lemn ordena retroceder por una razón del terreno, le hacéis caso salvo que yo diga lo contrario.

Mara casi sonrió, pero fue una sonrisa sin humor.

—¿Ahora confías tanto en él?

—No. Confío en que ha cruzado cosas que nosotros solo estamos empezando a tener delante.

Eso, pensó ella, era quizá la definición más exacta del estado en que se encontraba Vardel.

Salió del cobertizo con el cuerpo tenso y la sensación humillante de que el asentamiento entero la iba a mirar prepararse como si ya perteneciera un poco menos a él.

No se equivocó. En cuanto la noticia empezó a correr, la gente dejó de fingir normalidad.

Algunos la miraron con pena torpe. Otros con una curiosidad casi supersticiosa.

Dos mujeres se apartaron apenas cuando pasó con un haz de cuerda encerada en brazos.

Un anciano, en cambio, le tocó el hombro al cruzarse y murmuró una frase vieja que había oído de niña cuando alguien debía internarse en una zona de tumbas húmedas: “No dejes que te nombre lo que no veas”.

No supo si agradecérselo o despreciar la mezcla de superstición y consuelo.

Al final no hizo ninguna de las dos cosas.

Elen la encontró junto al pequeño almacén donde preparaban sal, paños y ungüentos de salida. No llevaba su expresión habitual de mando seco, sino algo más contenido y, por eso mismo, más difícil de soportar.

—Así que ya está —dijo.

—Sí.

—No me gusta.

—A mí menos.

Elen tomó una bolsa de tela y empezó a llenarla sin pedir permiso: vendas, sal gruesa, una espátula, un frasco pequeño de vinagre rebajado, pasta alcalina para polen, una aguja curva, hilo fuerte.

—No bajes al agua aunque te parezca quieta.

No te agaches sobre ninguna forma humana sin que otro la revise antes.

Si algo en el borde parece haberse movido solo un poco, asume que puede moverse más.

Si Lemn te dice que te detengas, párate.

Si te dice que corras, no preguntes. Y si notas otra vez esa presión antes de que los demás vean nada, no esperes a tener explicación.

Mara la observó preparar la bolsa y, debajo de la sequedad, reconoció el miedo de la única forma que Elen se permitía sentirlo: volviéndose minuciosa.

—Parece que le tienes bastante fe al hombre de las espinas.

Elen siguió trabajando.

—No le tengo fe. Le tengo estadística. La gente que ha visto suficiente suele equivocarse menos en determinadas cosas. En otras, mucho más.

—Qué tranquilizador todo hoy.

Elen levantó por fin la vista.

—No vuelvas con heroísmos. Vuelve con datos. Y, si puedes elegir, vuelve entera aunque no traigas ninguno.

Aquello fue casi lo más parecido a un abrazo que Mara iba a recibir esa mañana.

La preparación de salida convirtió el patio interior en un teatro de tensión.

Narel apareció con dos lanzas cortas, cuerda, una hoja ancha de desbroce y esa mezcla suya de agresividad y entusiasmo que a Mara siempre le había parecido peligrosa.

No era un cobarde, pero a veces confundía valentía con necesidad de demostrar que su cuerpo aún respondía al mando.

El vigía asignado, Oren, era mejor elección: callado, preciso, de esos hombres que miran antes de mover un pie y no necesitan contarlo.

Lemn llegó el último, ya equipado con su arma larga a la espalda, cuchillo, cuerda propia y una tela adicional anudada sobre la manga izquierda, más rígida que las demás.

Mara comprendió enseguida que servía para cubrir mejor el brazo de las espinas y, quizá, para evitar que las púas salieran o se quebraran con un roce absurdo.

—¿Preparada? —preguntó Narel, como si aquello pudiera responderse con sinceridad.

—No —dijo Mara.

Lemn la miró de soslayo mientras ajustaba la correa del hombro.

—Eso es mejor que ir creyendo que sí.