VENENO Y ESPINAS Capítulo 6. La anomalía #4
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Capítulo 6. La anomalía #4

Al caer el sol, cuando las tareas se redujeron a las de cierre y vigilancia, Mara fue a buscar agua hervida a uno de los puntos interiores.

Allí se encontró con Lemn, solo por primera vez desde que había entrado al segundo perímetro.

No fue casualidad del todo, aunque ninguno lo dijo.

Él estaba llenando su cuenco y se apartó apenas al verla llegar.

—Te observan —dijo sin preámbulos.

Mara casi soltó una risa seca.

—No eres el único en descubrir obviedades hoy.

—No lo digo por vanidad.

—Menos mal.

Llenó su cuenco y evitó mirarlo. Pero la presencia de él a esa distancia, el olor tenue a tela húmeda, metal y humo que llevaba encima, el recuerdo de las espinas ocultas bajo su manga, todo eso la volvía demasiado consciente de su propio cuerpo.

Le irritó, y esa irritación fue quizá lo que la hizo hablar.

—Elen me ha probado con polen.

Lemn giró la cabeza hacia ella de inmediato.

—¿Y?

Mara sostuvo el cuenco con ambas manos, no por frío, sino para no moverse más de la cuenta.

—Nada.

Él la observó en silencio. No con miedo, aún no, sino con esa atención seca que usaba para todo lo importante.

—¿Nada de nada?

—Nada de nada.

Lemn apartó la vista un segundo hacia la oscuridad creciente del patio.

—Eso sí es malo.

—Gracias por tu capacidad para tranquilizar.

—No intentaba tranquilizarte.

—Ya lo sé. Empieza a ser costumbre.

Se quedaron un momento callados. Desde algún punto del este llegó un chasquido húmedo, quizá una rama, quizá otra cosa. La noche de Vardel tenía ya demasiados sonidos que nadie identificaba con seguridad.

—¿Qué significa? —preguntó ella al final, muy baja.

Lemn tardó.

—Que el bosque no te lee igual que a los demás. O que tú no lo recibes igual. Ninguna de las dos cosas suele terminar siendo una simple rareza.

—Eso ya lo sospechaba.

—Y ahora lo sospecha más gente.

Mara apretó el borde del cuenco.

—Si Daro decide que soy un riesgo, me echará.

Lemn la miró por primera vez en toda la conversación con algo más cercano a una emoción visible.

—No te echará sin intentar usarte antes.

La brutalidad de la frase le dolió porque sonaba cierta.

—Eso no mejora nada.

—No. Pero te da tiempo.

Ella levantó por fin la vista hacia él.

—Hablas como si ya supieras que tendré que irme.

Lemn sostuvo la mirada.

—Hablo como alguien que ha visto demasiados asentamientos convertir la diferencia útil en expulsión en cuanto el miedo supera la necesidad.

La sinceridad tenía esa forma suya de clavarse sin pedir perdón. Mara notó de pronto un cansancio inmenso, no físico, sino moral. El deseo infantil de que alguien mintiera un poco mejor solo para dejarle una noche tranquila. Pero no era él quien iba a hacerlo.

—Y si me voy —dijo—, ¿también tendré que escoger una ruta entre agua enferma, raíces, bandas y ombroles recientes?

—Sí.

—Vaya consuelo.

Lemn dejó el cuenco vacío sobre un barril cerrado.

—El consuelo no sirve de mucho fuera. Aprender rápido, sí.

Ella quiso responder algo cortante, pero no pudo. Porque precisamente esa falta de adorno, esa renuncia casi feroz a ofrecerle una falsa suavidad, empezaba a parecerle más honesta que la compasión torpe de otros. Lo odió un poco por eso.

—Buenas noches, Lemn.

—No creo en las noches buenas.

—Se nota.

Cuando se marchó, Mara sintió que la conversación la había dejado peor y mejor al mismo tiempo, que era ya una forma molesta de reconocer su compañía.

Subió a su casa con el cuenco aún tibio y encontró a Luse remendando un filtro junto a la lámpara baja.

La mujer alzó la vista y, tras un segundo de vacilación, preguntó con una cautela que dolió más que una acusación abierta.

—¿Es verdad que no te quema el polen?

Mara se quedó quieta en la puerta. Elen no lo había dicho. Eso significaba que alguien había visto algo, o adivinado demasiado, o simplemente unido piezas. Daba igual. Ya estaba ocurriendo.

—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó.

Luse bajó la mirada a la costura.

—No importa.

Importaba muchísimo, pero no serviría de nada perseguir el origen. En un asentamiento, los rumores útiles no necesitaban una boca concreta. Se propagaban porque el terreno estaba preparado para recibirlos.

—No lo sé aún —respondió Mara, eligiendo una verdad pequeña—. Elen hizo una prueba.

Luse asintió sin alzar la vista. No se apartó de ella. Tampoco se acercó. Esa mínima distancia nueva fue suficiente para que Mara entendiera que algo ya se había roto.

Durmió mal. Soñó con pasarelas cubiertas por raíces finas y con la mano sumergida saliendo del agua para tocar madera seca sin dejar rastro mojado.

Soñó con Felen abriendo la boca y mostrando no lengua, sino una espiga creciendo hacia el exterior.

Soñó con una niña acuclillada al borde del canal, de espaldas, y con Lemn avanzando hacia ella mientras el agua le subía por las botas como si lo reconociera.

Al despertar, mucho antes de la primera luz, supo que esa noche no había sido solo sueño.

Afuera, el asentamiento respiraba de una manera distinta de nuevo, como si todo Vardel hubiera tomado una decisión antes que ella.