Capítulo 6. La anomalía #3
Nada.
Esperaron unos segundos más.
Nada.
Elen frunció el ceño. Mara sintió el corazón acelerarse, no por dolor, sino precisamente por su ausencia.
Conocía las quemaduras de polen. Habría debido notar al menos el escozor inicial, el calor bajo piel, la tensión que precedía a la grieta superficial.
No notó nada salvo el contacto seco del polvo antes de que Elen, con un gesto rápido, lo retirara con un paño húmedo y lo sellara en la tela.
—Eso no es normal —dijo la mujer.
Mara retiró la mano muy despacio.
—Ya lo sé.
Elen no respondió enseguida. Estaba pensando, y en ella pensar así era casi siempre peor que hablar.
—Quizá sea cuestión de especie concreta —murmuró—. Quizá no reacciones a esta y sí a otra. Quizá tu piel no, pero tus mucosas sí. Quizá...
Se interrumpió ella misma. Había demasiadas posibilidades y ninguna le gustaba.
—No se lo digas a todos —dijo Mara.
Elen la miró con una mezcla amarga de afecto y miedo.
—Ya no controlo del todo lo que la gente ve.
—Pero esto no lo han visto.
—Todavía.
La palabra quedó entre ambas como una sentencia aplazada.
Al salir de la nave, Mara sintió por primera vez en días algo parecido al verdadero vértigo.
No el miedo al bosque, ni al agua, ni a los señuelos.
Miedo a sí misma como problema. A lo que aquella ausencia de reacción significara.
Comprendió por qué Elen había insistido.
Y comprendió también por qué esa prueba, si se sabía, la arrancaría de golpe de la categoría de persona normal dentro del miedo común.
El asentamiento toleraba rarezas mientras sirvieran sin obligar a rehacer creencias básicas.
Pero una mujer a la que el polen no quemaba como debía no era una rareza soportable.
Era una grieta en la lógica de defensa de todos.
No tuvo mucho tiempo para rumiarlo porque Daro la llamó poco después al almacén donde interrogaba a Lemn sobre rutas y pasos del norte.
Sobre la mesa había un mapa improvisado con tablillas, carbones y marcas de cuerda.
Los nombres viejos de la zona apenas servían ya.
Lemn trazaba en cambio por tipos de peligro: franja de raíz activa, campo de cierre, agua inestable, paso de bandas, huerta alta con señuelos, linde de esporas, zonas de ombroles recientes.
Mara escuchó un rato en silencio mientras él explicaba dos rutas posibles hacia los campos hondos, una más rápida y mucho más expuesta, otra más larga pero con puntos de cobertura.
—La rápida pasa junto a un antiguo lavadero —decía—.
Antes era seguro si llevabas sal y no bajabas al pilón.
Ahora no. El agua ha empezado a agarrarse a piedra y madera, y hay ombroles fijados en la ribera.
La larga cruza secanos rotos y una zona de arbustos imitadores.
Si vas con hambre o con heridos, también es mala.
Daro señaló un punto más al norte.
—¿Y aquí?
—Ruinas bajas. Buen lugar para ocultarse. Mal lugar para quedarse de noche. Hay raíces de escucha en tres entradas.
Mara se sorprendió a sí misma imaginando el viaje antes incluso de saber si alguien iba a hacerlo.
Quizá porque el mapa de Lemn convertía en trayectos concretos el horror disperso del mundo exterior.
Quizá porque hablar de rutas la obligaba a pensar en un fuera que ya no era abstracto.
Daro advirtió su presencia y la incluyó en la conversación con una naturalidad que habría parecido normal días atrás y ahora resultaba cargada de intención.
—Mara ha visto hoy antes que nadie el cebo del sur y detectó las raíces interiores al despertar.
Lemn se volvió hacia ella, atento.
—¿Al despertar?
—Lo sintió —dijo Daro.
Lemn no preguntó enseguida. Luego, con demasiada calma, dijo:
—¿Siempre te pasa así?
Mara odió que la pregunta pareciera legítima.
—No siempre.
—Pero sí antes de ciertos cambios.
—A veces.
Lemn sostuvo su mirada unos segundos, sin una pizca de burla.
—En rutas del norte conocí a una mujer que notaba campos de esporas por presión en los dientes.
—No soy tu mujer del norte.
—No he dicho que lo seas.
Daro intervino antes de que la conversación se tensara más.
—Lo que seas o no seas ahora importa menos que esto: el asentamiento ya no puede permitirse ignorarlo.
Mara comprendió por el tono que la frase no era solo diagnóstico. Era anuncio.
La tarde decayó pesada. Las raíces interiores quedaron localizadas de momento en dos sectores de pasarela y un apoyo de almacén.
El cebo del sur fue marcado sin quemarlo todavía.
El este siguió respirando con su brillo inmoral.
Felen pasó horas en duermevela, sin nuevas espinas visibles por el momento.
Serit continuó viva. Y Mara caminó por Vardel como quien oye el leve cambio en una conversación general sin distinguir aún las palabras concretas.
La gente la miraba más. No todos sabían lo del polen, pero sí que había detectado varias cosas antes, que Daro la hacía subir a las plataformas, que Lemn había hablado con ella dos veces a solas o casi.
Esas cosas bastaban para separar a alguien del fondo común.