Capítulo 6. La anomalía #2
Daro no comentó la frase. Miró a Mara.
—¿Fue esto lo que notaste al despertar?
Ella sintió varias miradas clavarse en su cara. El asentamiento entero parecía ir cerrando poco a poco el círculo en torno a esa pregunta incómoda: cuánto notaba, cuándo lo hacía y por qué.
—Sí —respondió—. No sabía dónde. Solo que algo estaba más cerca.
Narel soltó el aire por la nariz.
—Cada vez me gusta menos eso.
Mara se volvió hacia él con una frialdad que no se esforzó en disimular.
—A mí también.
El malestar que siguió no se debía solo a la situación, sino al hecho de que nadie pudo contradecirla con argumentos tranquilizadores. Daro rompió el silencio.
—Bien. Entonces hacemos lo que toca. Revisamos todo apoyo bajo, elevamos las reservas dos niveles, aislamos las zonas donde las tablas ya han sido tocadas y nadie, absolutamente nadie, baja solo a revisar nada.
Quiero también un examen completo del punto donde duermes —miró a Lemn—.
Si trajiste humedad adherida o fibra, la encontraré.
Lemn asintió sin orgullo herido.
—Hazlo.
La cooperación directa no calmó a todos.
De hecho, a algunos los inquietó más. Mara lo notó en la forma en que varias personas miraban de reojo el cobertizo donde él había pasado la noche anterior dentro del segundo perímetro.
Cuando fueron a revisarlo, encontraron lo previsible y lo inquietante a la vez: ninguna raíz ascendente visible junto a la cama improvisada ni bajo sus pocas pertenencias, pero sí dos filamentos secos adheridos a la suela de una de sus botas, demasiado quebrados ya para saber si venían de fuera o del interior.
Daro no dijo nada en ese momento. Elen miró a Mara como diciendo sin palabras que aquella clase de prueba no demostraba casi nada y, por eso mismo, podía volverse veneno social con facilidad.
El examen del cobertizo derivó en otra cosa.
Mientras levantaban una de las tablas del umbral, Mara sintió de pronto una vibración distinta, no subiendo desde abajo, sino llegando desde el exterior del segundo perímetro.
Se volvió hacia la línea sur, donde el terreno descendía un poco antes de enlazar con la antigua senda de piedra.
Nadie más pareció notarlo. Había luz dura de media mañana y el aire cargado de polvo fino, pero bajo esa normalidad quebrada algo tiró de su atención con la misma certeza incómoda que un olor demasiado conocido.
—Esperad —dijo.
Daro, que ya había aprendido a no ignorar del todo esa clase de aviso, se detuvo.
—¿Qué?
Mara no respondió enseguida. Cerró los ojos un instante. No era una imagen. No era una voz. Era una presión direccional, una especie de llamada sin afecto. Señaló hacia el sur.
—Ahí fuera. Algo está activando la red.
Narel miró con abierta exasperación.
—No hay nada.
Lemn no apartaba la vista del punto que ella había marcado.
—Puede haber alguien tumbado.
La frase les hizo girarse hacia él.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Daro.
—Porque es el ángulo en que suelen dejar cuerpos o cebos quienes quieren que salgas justo lo suficiente. No pegados a la vista. Un poco fuera.
Subieron a la plataforma sur para comprobarlo.
Desde arriba, tras un momento de búsqueda, lo vieron.
A unos cuarenta pasos de la linde despejada, entre restos de piedra y maleza baja, había una figura tendida de costado.
Demasiado lejos para ver bien el rostro.
Demasiado cerca para ser ignorada. Llevaba ropa humana, o algo que lo parecía.
Un brazo extendido. Una pierna doblada. Ningún movimiento.
Nadie habló durante varios segundos.
—No estaba hace una hora —dijo uno de los vigías.
—O no lo habéis visto —replicó Narel.
Lemn observaba el cuerpo con una dureza absoluta.
—No bajéis.
—¿Arbusto? —preguntó Mara.
—No lo sé aún.
Daro estudió el terreno alrededor. Había zonas limpias, otras no, y varios puntos donde las raíces finas podían estar activas.
—Si es una persona, no podemos dejarla ahí.
—Eso es exactamente lo que quieren que pienses —dijo Lemn.
Mara notó cómo la frase tensaba algo en Daro. El líder de Vardel no toleraba que le dictaran conducta, pero tampoco era un imbécil.
—No he dicho que vaya a bajar yo —contestó.
La discusión habría seguido si no fuera porque, justo entonces, la figura tendida movió la mano.
Solo una vez. Un gesto mínimo, tembloroso, imposible de no leer como humano.
Una de las mujeres que observaban desde la pasarela contigua ahogó una exclamación.
Un hombre dio un paso hacia la escalera por puro reflejo.
Lemn se interpuso antes de que completara el movimiento.
—No.
—La has visto —dijo el hombre, fuera de sí—. Se mueve.
—Precisamente.
Mara clavó la vista en la figura. La mano había caído otra vez, pero ahora veía algo más: el brazo no terminaba de doblarse con la lógica del peso humano. Había una rigidez extraña en el codo, como si el tejido interno tirara en direcciones incompatibles.
—No está bien —murmuró.
Lemn la oyó.
—No.
Daro tomó la decisión correcta y por eso desagradó a casi todos.
—Nadie baja. Traed el gancho largo.
Lo trajeron. Era una vara reforzada con hierro en el extremo, usada a veces para retirar lotes peligrosos o comprobar estabilidad de terreno sin acercarse demasiado.
Desde la plataforma no bastaba. Tendrían que descender solo hasta el primer rellano exterior protegido, sin salir del todo a campo abierto.
Daro eligió a Narel y a un vigía. Lemn avanzó un paso.
—Yo voy.
—No —dijo Daro.
—Sé reconocer mejor el punto en que un cebo cambia.
—Y por eso mismo no quiero perderte si estás en lo cierto.
Mara vio algo casi parecido a la ironía dolorosa pasar por la cara de Lemn y desaparecer enseguida.
Bajaron solo hasta donde la estructura protegida lo permitía.
Desde allí, con el gancho estirado al máximo, Narel consiguió enganchar la ropa de la figura por el hombro y tirar.
Lo que ocurrió entonces confirmó lo peor.
El cuerpo rodó unos centímetros y la parte inferior se abrió.
No como se abre una persona herida, ni como se desgarra una tela vieja, sino como se despliega una estructura preparada.
Bajo la ropa había una masa de ramas húmedas, hojas densas y un centro de fibras tensas armado con espinas cortas.
La mano que había saludado seguía allí, o algo muy parecido a una mano, compuesta por tallos recubiertos de piel reseca o corteza tan fina que desde arriba parecía aún carne.
El hombre que antes quería bajar retrocedió con una náusea visible.
—Dios...
—No —dijo Elen, muy baja—. Esto no necesita dioses.
El arbusto señuelo no atacó porque no estaba a distancia suficiente. Pero la revelación bastó. Ya no eran rumores de rutas lejanas ni figuras apenas entre sombras. Aquello estaba imitando de forma activa y precisa a un herido abandonado justo fuera de la linde.
Mara sintió primero repulsión y luego algo peor: un eco de humillación. Como si el bosque hubiera aprendido demasiado bien qué parte de la moral humana seguía siendo explotable incluso después de todo. Miró a Lemn. Él no apartaba la vista del cebo abierto. No parecía sorprendido. Solo más cansado.
—Cada vez mejor —dijo.
Daro cerró la mano sobre la barandilla con tanta fuerza que se le marcaron los tendones.
—Lo quemaremos.
Lemn negó apenas.
—Si lo quemas ahora, quizá despiertes la red bajo él. Mejor márcalo, aísla la franja y quémalo cuando el viento vaya a favor y tengas limpia la retirada.
Daro no respondió enseguida. Mara entendió entonces que una parte del poder del viajero en Vardel no venía solo de lo que sabía, sino de lo inevitable que empezaba a resultar escucharlo.
El incidente del señuelo agitó el asentamiento de una manera distinta a lo anterior.
El pan traicionero, las espinas nacidas dentro del cuello de Felen, incluso la mano sumergida podían aún discutirse en términos de peligro técnico, de mutación, de revisión de normas.
Pero ver una trampa humana falsa moviendo una mano en demanda de auxilio alteró otra capa.
La gente empezó a desconfiar de sus propios reflejos morales.
Se repitieron nuevas frases de boca en boca, nacidas ya del hecho comprobado: no respondas al primer gesto, no mires dos veces una mano quieta, nadie cae solo tan cerca de una linde.
Las supersticiones futuras estaban naciendo a la vista de todos.
A primera hora de la tarde, cuando el revuelo se había contenido lo justo para seguir trabajando, Elen llamó a Mara al interior de la nave de revisión. No había nadie más allí, salvo el ruido lejano de cubos y voces amortiguadas.
—Siéntate —dijo.
Mara obedeció, incómoda. El tono no era de tarea.
Elen dejó sobre la mesa una tira de tela limpia y un pequeño cuenco con polvo amarillo pálido atrapado en el fondo.
—Quiero probar una cosa.
Mara entendió enseguida qué era ese polvo.
—No.
—Sí.
—No vas a echarme polen encima por curiosidad.
—No es curiosidad. Es supervivencia.
La dureza de la respuesta la desarmó un instante. Elen se apoyó con ambas manos en la mesa.
—Llevamos días viéndote detectar cambios antes, oler distinto el ámbar, notar la red dentro, responder con el cuerpo donde otros no. No me gusta. Menos aún me gusta no saber qué significa. Si eres inmune a algo, necesito saber a qué. Si no lo eres y solo pareces distinta, también.
Mara sintió una oleada de rechazo. No solo al experimento. A lo que implicaba. Ser observada ya no como vecina útil, sino como variable.
—Podría quemarme igual.
—Entonces lo sabremos.
—Y si no me quema, ¿qué? ¿Vas a dormir mejor?
Elen sostuvo su mirada.
—No. Pero quizá sepa qué no mandarte a tocar en un mal momento.
La lógica era brutal y suficiente. Mara apretó los labios. Una parte de sí quería levantarse e irse. Otra entendía que aquel punto ya no podía seguir aplazándose. Extendió la mano izquierda sobre la mesa.
—Solo un poco.
Elen asintió. Tomó un palillo de madera, recogió apenas una cantidad mínima del polvo y lo dejó caer sobre la piel del dorso de la mano, junto a la base del pulgar. Las dos miraron.