Capítulo 6. La anomalía
La mañana en que Vardel dejó de poder fingir que Mara era solo una muchacha especialmente atenta empezó sin ninguna señal grandiosa, y quizá por eso resultó peor después, cuando al mirar atrás cada uno pudo señalar un instante distinto y jurar que lo había sabido ya entonces.
Para Mara fue al abrir los ojos y notar una presión rara en el pecho, no dolor ni falta de aire, sino la certeza física de que algo fuera de la casa había cambiado de postura.
No era una idea. Era una sensación, como cuando una tormenta se forma todavía lejos y el cuerpo, antes que el oído, registra el peso nuevo del cielo.
Permaneció quieta un momento, tumbada sobre la manta, con la respiración amortiguada por la tela ligera que habían colgado durante la noche para filtrar humedad, y comprendió sin saber por qué que el cambio no venía del este como los últimos días, sino de más cerca, dentro ya de los límites del asentamiento o tan pegado a ellos que la diferencia empezaba a carecer de sentido.
Esa intuición le produjo una irritación inmediata consigo misma.
Estaba cansada de notar cosas que no podía explicar sin parecer una supersticiosa más, cansada de sentir que el cuerpo se le adelantaba a la lógica y luego obligaba a los demás a decidir si la creían por prudencia o la observaban por sospecha.
Se incorporó antes que las otras y salió con las botas mal atadas.
El aire estaba frío, no por estación, sino por humedad retenida.
Todavía no había sol directo sobre las pasarelas altas y la luz gris hacía que los rostros parecieran aún más iguales bajo filtros y paños.
La plaza central hervía ya de actividad pobre: agua trasladada en cubos pequeños, cambios de guardia, dos hombres revisando un tramo de empalizada interior, una mujer distribuyendo raciones reducidas a quienes salían temprano a tareas de vigilancia.
Todo eso debería haber parecido normal dentro de la anormalidad general de Vardel.
Sin embargo, algo en la forma en que varias cabezas se giraban hacia el mismo lado y luego fingían no haberlo hecho confirmó la sensación inicial.
El problema no estaba aún gritando, pero ya había modificado la orientación del miedo.
Mara siguió esa dirección con la vista y vio que el movimiento se concentraba en la pasarela media que conectaba la nave de revisión con una pequeña zona de secado cubierta, cerca de los depósitos de agua tratada.
No era un lugar especialmente peligroso ni expuesto.
Justamente por eso el nudo de atención allí resultaba tan desagradable.
Cuando echó a andar hacia esa zona, Elen apareció al mismo tiempo por el otro extremo, con la falda recogida en una mano y una expresión que no admitía preguntas inútiles.
—¿Qué pasa? —preguntó Mara igualmente.
—Una de las muchachas del turno temprano ha tocado una bandeja de secado y ahora dice que la mesa estaba tibia —respondió Elen sin reducir el paso—. Quiero ver si la mesa estaba tibia o si la muchacha está a punto de provocar una estupidez mayor.
Mara fue detrás de ella. La escena, al llegar, parecía menor y sin embargo no lo era.
Dos mujeres se mantenían a distancia de una mesa larga donde el día anterior habían extendido varias hojas de revisión y una tanda de raíces abiertas para secado controlado.
La joven que había dado la voz de alarma, Ina, se apretaba las manos contra el delantal con cara blanca.
En la superficie de la mesa no se veía nada extraordinario salvo las hojas, los paños y dos cuchillos de mango corto.
Pero Mara sintió enseguida esa misma presión del despertar, más localizada ahora, como si la madera y lo dispuesto sobre ella hubieran adquirido una dirección.
Elen avanzó sin tocar nada. Observó primero el conjunto, luego la posición de las hojas, después una de las raíces abiertas que había quedado más cerca del borde.
—¿Qué has hecho exactamente? —preguntó a Ina.
—Venía a girarlas. Apoyé la palma aquí y estaba... no sé... más caliente. Como si alguien acabara de quitar la mano.
Nadie habló un instante. Mara sintió un rechazo primario al oír esa comparación. Demasiado humana. Otra vez. El mundo insistiendo en disfrazarse de proximidad.
Elen acercó la propia mano a unos milímetros de la superficie sin tocarla todavía. Esperó. Después apoyó apenas dos dedos y los retiró enseguida.
—No está caliente —dijo.
Ina tragó saliva.
—Lo estaba.
—O tú lo sentiste así.
Mara, sin querer, dio un paso adelante. Elen alzó la vista hacia ella.
—No.
Pero era tarde para la advertencia porque Mara ya se había inclinado lo suficiente como para notar no calor verdadero, sino otra cosa: una vibración fina, casi imperceptible, subiendo desde la pata izquierda de la mesa hacia la superficie.
Bajó la mirada. Entre dos tablas del suelo elevado, justo donde terminaba la sombra de la mesa, una raíz del grosor de un hilo de coser asomaba y volvía a desaparecer.
Parecía una de tantas. Sin embargo, cuando cambió apenas de postura, la vibración se reprodujo en la madera.
—No es calor —dijo—. Es transmisión.
Elen siguió la línea de su mirada y entonces sí maldijo entre dientes.
Con la punta de un cuchillo apartó un paño del borde y vieron que, por debajo de la mesa, varias raíces finísimas se habían adherido ya a una de las patas, no trepando de forma visible, sino tensándose en torno a la base como filamentos de araña mojada.
—Retirad todos los lotes de aquí —ordenó Elen de inmediato—. Sin tocarlos con las manos desnudas. Y levantad la mesa entera. Ahora.
La alarma corrió más deprisa de lo que a Mara le habría gustado.
Dos hombres acudieron, luego otro, luego Daro, atraído no por el griterío, que no existió, sino por la densidad del movimiento.
Cuando explicaron lo que habían visto, él se agachó para mirar la base de la pata sin ocultar el endurecimiento de la mandíbula.
Las raíces finas, tan insignificantes a simple vista, parecían ya integradas en las grietas de la madera como si llevaran allí más tiempo del real.
—¿Han subido desde abajo o las habéis traído con los lotes? —preguntó.
—Las dos cosas podrían haber pasado —respondió Elen—. Pero si suben así de rápido a una mesa interior, la diferencia importa cada vez menos.
Desmontaron la zona por completo. Quemaron los paños dudosos, apartaron la mesa a un espacio de cuarentena, revisaron las tablas del suelo y encontraron, para disgusto general, que las raíces no se limitaban ya a esa esquina.
Habían empezado a tensarse bajo varios puntos de la pasarela baja más próxima a los depósitos.
No en grandes cordones visibles, sino en una red de filamentos tan finos que a cierta distancia podían confundirse con hilos de suciedad o resina reseca.
Mara observaba el proceso con una sensación amarga de confirmación.
La presión que había sentido al despertar no venía de un presentimiento vacío.
El asentamiento había sido tocado por dentro.
La noticia bastó para alterar la mañana entera.
Los depósitos de agua tratada quedaron aislados hasta revisión completa, no porque se sospechara contaminación directa del líquido, sino porque nadie confiaba ya en separar del todo lo que ascendía por suelo, lo que viajaba por humedad y lo que respondía desde el agua exterior.
Un grupo de hombres comenzó a levantar tramos de pasarela con herramientas de hierro para inspeccionar las juntas.
Elen organizó una revisión inmediata de cualquier alimento apoyado durante la noche en superficies bajas.
Daro redobló la vigilancia del este, pero ya no solo de la muralla hacia fuera.
También hacia dentro, como si esperara ver moverse al asentamiento mismo.
Mara trabajó durante horas con ese malestar pegado a la nuca.
Cortó, anotó, trasladó bandejas, retiró lotes dudosos, lavó cuchillos, oyó frases a media voz sobre si habría que abandonar los depósitos, sobre si la raíz interior era consecuencia del agua enferma, sobre si el viajero había traído algo adherido.
Esa última posibilidad la oyó dos veces y le repugnó de forma casi automática, no porque Lemn le importara ya demasiado, sino porque el razonamiento era cobarde en su rapidez.
Siempre resultaba más fácil culpar a la novedad humana que aceptar que el propio sistema del asentamiento empezaba a ser insuficiente.
Aun así, sabía que muchos lo pensarían. Un hombre con espinas venenosas, rutas del norte en la memoria y noticias terribles siempre sería un blanco mejor que admitir que las tablas de Vardel ya no aislaban de nada esencial.
A media mañana, Daro mandó traer a Lemn a la nave de revisión, no como acusado declarado, sino para confrontarlo con lo que estaba ocurriendo.
Mara estaba presente cuando él entró, escoltado por Narel.
Venía sobrio como siempre, sin pedir explicaciones, pero sus ojos registraron de inmediato la tensión del lugar, las bandejas apartadas, las tablas levantadas y el pequeño montón de raíces finas extraídas de debajo de la mesa como si fueran nervios de un animal. Elen no perdió tiempo en rodeos.
—¿Has visto algo así dentro de un asentamiento?
Lemn miró las raíces, luego el suelo y después a ella.
—Dentro, no. En bordes de almacén, sí. Primero parecen buscar humedad y sombra. Después transmiten.
—Eso ya lo sabemos —cortó Daro—. Quiero saber si suben por sí mismas o si las trae la gente.
Lemn se agachó sin tocar. Observó la base ennegrecida de una de las patas retiradas y la red que la había abrazado.
—Las dos cosas son posibles. Pero esto... —señaló el ángulo de tensión de las fibras— viene de abajo. Si lo hubiera traído alguien en ropa o lotes, la dirección sería más caótica. Aquí hay fijación deliberada hacia una estructura estable.
—¿Deliberada? —repitió Narel con fastidio—. Hablas como si pensaran.
—No piensan como tú. Pero seleccionan mejor que muchos hombres.