Capítulo 5. Demasiado humano #3
Lemn exhaló despacio, como si no quisiera regalar aquellas palabras a nadie y, sin embargo, supiera que callarlas ya no ayudaba.
—Postura. Proporciones. A veces ropa. A veces la forma de un brazo todavía parece un brazo y no una rama tensa.
A veces la cabeza conserva el ángulo con que la persona miraba al detenerse.
A veces una mano sigue abierta. O una trenza queda atrapada entre fibras nuevas.
Lo miras y durante un segundo el cuerpo quiere creer que todavía podrías tocarlo, sacudirlo, despertarlo.
Eso es lo que significa demasiado humano.
Nadie habló. Mara fue consciente de que había pedido esa respuesta y de que ahora la odiaba.
Lemn continuó, ya sin adornos.
—Después cambia. La corteza se impone. Las raíces tiran hacia abajo. La forma se vuelve otra cosa y la mente deja de hacer trampa tan deprisa. Pero en los recientes no. En los recientes el engaño no lo pone el bosque solo. Lo pone también quien mira.
La frase se le clavó. Porque comprendió, con una claridad que no deseaba, que la búsqueda de Lía descansaba entera sobre esa zona insoportable entre reconocer y negar.
Encontrarla no significaría necesariamente hallar a alguien a quien salvar.
Podía significar hallarla en el punto exacto en que seguiría pareciendo todavía lo bastante humana como para hacer imposible cualquier decisión.
Elen apoyó las yemas de los dedos sobre la mesa.
—Si eso es así, el hombre del agua puede no ser solo una prueba de integración acuática. Puede ser un reciente fijado.
—O una parte de uno —dijo Lemn.
Daro cerró los ojos un instante, como quien cuenta hasta un número que ya no sirve.
—Bien. Entonces tenemos esto. El este avanza. El agua se integra. El alimento muta en mezcla. Las espigas o algo parecido empiezan a crecer desde dentro. Y un asentamiento que apenas da para sostener sus propias reglas.
—Y grupos violentos aprovechando lo mismo —añadió Mara.
Daro abrió los ojos y la miró de una manera distinta, no suave, pero sí menos automática que otras veces. Luego tomó una decisión.
—No bajaremos hoy al este. Subiremos guardias, reduciremos acceso al agua exterior y nadie saldrá solo por ninguna ruta.
Quiero a Elen revisando reservas y a ti —miró a Mara— en la plataforma mayor cuando cambie la luz.
Si algo en el campo se mueve o empeora, quiero saberlo al instante.
Y tú —se volvió hacia Lemn— vienes conmigo después.
Quiero que me dibujes las rutas hasta los campos hondos y me nombres todo lo que has visto entre aquí y allí.
Lemn asintió.
La reunión terminó, pero no la tensión. A media tarde, Mara subió de nuevo a la plataforma grande con un cuaderno y dos tiras de carbón.
El cielo estaba claro, demasiado bonito para lo que contenía la tierra debajo.
Esa era otra crueldad del mundo vegetal transformado: había conservado, e incluso aumentado, el brillo del color.
Las hojas resplandecían. Ciertas flores parecían de esmalte.
Los tallos jóvenes transparentaban luz verde como si estuvieran hechos para vitrales.
Todo resultaba más vivo a la vista y más podrido en su intención.
El poste del ámbar seguía rezumando, aunque menos.
La acequia, en cambio, parecía respirar con un brillo propio.
La mano sumergida continuaba allí. Y las figuras señuelo del borde se habían multiplicado otra vez.
Ahora una de ellas, más pequeña, mostraba el perfil exacto de alguien sentado con las rodillas recogidas.
Mara no supo cuánto tiempo pasó observando hasta que oyó pasos detrás de sí. Lemn se acercó sin escolta visible, aunque supo que alguno de los vigías lo tendría controlado desde abajo. Se detuvo a una distancia correcta.
—Daro dice que te ayude a distinguir cambios del borde.
—No necesito ayuda para mirar.
—No. Pero sí para saber qué importa más.
Ella siguió observando el campo.
—A veces eres insoportable.
—Eso también me lo han dicho antes.
—Lo imagino.
No había humor verdadero entre ellos, pero tampoco hostilidad pura. Solo esa fricción rara que nace cuando dos personas todavía no quieren concederse curiosidad y, sin embargo, ya no pueden fingir indiferencia.
Lemn se colocó junto a la barandilla, sin invadir su espacio.
Durante un rato miraron en silencio. Mara era consciente de su presencia de un modo irritante, no por amenaza, sino por la sobriedad con que ocupaba el lugar.
No se movía más de lo necesario. No hablaba por nervios.
Incluso quieto parecía reservar fuerza. Pensó de nuevo en la cicatriz junto a su mandíbula y en la forma en que había pronunciado el nombre de su hermana.
Pensó también, muy a su pesar, en el calor seco de su antebrazo cuando lo vio remangado, en esas espinas oscuras surgiendo de la carne sin volverlo monstruoso del todo, solo más difícil de clasificar.
Fue él quien habló primero.
—La forma pequeña de la derecha no estaba esta mañana.
—Lo sé.
—No ha aparecido al azar. Mira la línea de raíces.
Mara siguió la dirección que señalaba. Efectivamente, una red finísima convergía hacia esa figura.
—¿Crees que quieren obligarnos a pensar en niños?
Lemn tardó en responder.
—No creo que quieran nada como lo queremos nosotros. Creo que repiten lo que más acerca a la gente.
—Eso no mejora nada.
—No pretendía mejorarlo.
El viento cambió un instante. Desde el cauce llegó un olor tenue, húmedo, no dulce aún, pero con algo orgánico bajo el barro. Mara torció ligeramente la boca tras la tela del filtro.
—¿Qué es eso?
Lemn olió también, con mucha cautela.
—Agua cerrándose.
Ella volvió la cabeza, exasperada.
—Hablas como si ya no quedaran sustantivos normales en el mundo.
—Quedaban antes de que ciertas cosas empezaran a comportarse como órganos.
Lo dicho la dejó callada. Miró otra vez el agua y comprendió que había acertado precisamente por eso. La acequia ya no parecía una acequia enferma, sino algo más próximo a un tejido en proceso de organización.
Abajo, en el patio interior, sonó la campana breve que usaban para indicar visita del líder o cambio de orden. Mara supuso que Daro querría a Lemn abajo pronto. Aun así, ninguno se movió enseguida. Los dos seguían mirando la figura pequeña del borde, demasiado humana, demasiado quieta.
—¿Y si es ella? —preguntó Mara, sin saber del todo por qué había formulado aquella pregunta ni si hablaba del agua, del campo o de otra cosa.
Lemn no fingió no entender.
—Entonces peor.
—Eso ya lo sé.
—No, todavía no lo sabes.
La dureza de la respuesta no fue desdén. Fue memoria.
Mara apretó la tira de carbón entre los dedos.
—Dímelo.
Él bajó la vista un instante hacia sus propias manos antes de responder.
—Lo peor no es reconocerla. Lo peor es darte cuenta de que una parte de ti empieza a negociar.
A decirse que quizá aún ve, quizá aún oye, quizá aún entiende, quizá tocarla sería distinto si llegas a tiempo, quizá el gesto de la mano significa algo.
Y mientras negocias, el cuerpo se acerca.
Ahí es donde te mata el amor si no estás preparado.
Mara sintió la verdad brutal de aquellas palabras como un golpe limpio.
Miró el campo y ya no vio solo señuelos, sino también la estructura completa del horror que estaban construyendo: no bastaba con que la vegetación aprendiera a imitar formas humanas.
Bastaba con que los humanos siguieran queriendo encontrar humanidad donde aún pareciera quedar un resto.
Abajo sonó de nuevo la campana. Esta vez Lemn se apartó de la barandilla.
—Tengo que bajar.
Mara asintió sin mirarlo.
—Lemn.
Se detuvo.
—¿Qué?
Ella tardó un segundo.
—Cuando la encuentres... si la encuentras... ¿sabrás qué hacer?
Él no respondió enseguida. Cuando lo hizo, su voz sonó más cansada que dura.
—No. Por eso sigo andando.
Bajó por la escalera sin añadir nada más.
Mara se quedó sola frente al este, con el cuaderno abierto y el carbón manchándole las yemas.
Empezó a dibujar el borde del agua, la posición de la mano sumergida, las figuras vegetales, la red de raíces convergentes, todo lo que Daro querría registrar.
Pero por mucho que trazara líneas precisas, no conseguía apartar de la cabeza la frase demasiado humano.
Comprendió entonces que no se refería solo a la apariencia de un ombrol reciente.
Se refería también al punto exacto en que el horror deja de ser abstracto porque conserva la forma suficiente del amor, del parentesco, de la memoria y de la culpa.
Y era ese punto, no las plantas carnívoras ni el polen ni siquiera el agua enferma, lo que empezaba a resultarle más insoportable.
Cuando por fin bajó, el sol estaba cayendo y el asentamiento se preparaba para otra noche de filtros reforzados, raciones vigiladas y turnos nerviosos.
Felen dormía por fin, sedado. Serit había dejado de delirar, aunque seguía demasiado débil para hablar con sentido.
Daro tenía a Lemn encerrado con mapas improvisados y preguntas sobre rutas del norte.
Elen revisaba otra vez las espigas apartadas bajo luz oblicua.
Y el este, hermoso y podrido bajo esos colores vivos, seguía esperando con una paciencia vegetal que a Mara empezaba a parecerle peor que cualquier ataque.