Capítulo 5. Demasiado humano #2
Mara sintió un nudo frío bajo el esternón.
No era solo que hubiera algo humano o casi humano dentro del agua.
Era la manera en que la acequia parecía habérselo apropiado sin deshacerlo, como si ya no fuera un mero lugar donde lo vegetal avanzaba sobre lo vivo, sino un medio en el que ciertas formas integradas podían mantenerse en otra fase.
Entonces comprendió lo que tanto le había disgustado de la palabra alimentados cuando Lemn habló de los ombroles sumergidos.
No sugería solo conservación. Sugería continuidad.
—Quiero revisar el camino bajo —dijo Daro.
Elen se volvió bruscamente.
—Ni se te ocurra bajar con esto así.
—No he dicho ahora.
—Ni ahora ni con cuatro hombres si no sabemos si el borde fija, suelta esporas o atrae otra cosa desde el agua.
Narel, siempre dispuesto a arriesgar más de la cuenta si podía hacerlo con un arma en la mano, apoyó una mano en la barandilla.
—No podemos dejar que crezca hasta la misma base de la muralla.
—Tampoco podemos perder a tres por averiguar lo que ya vemos desde aquí —replicó Elen.
La discusión apenas comenzaba cuando un grito llegó desde abajo, desde la zona de patios interiores.
No era el grito largo del pánico puro, sino uno ahogado, como de sorpresa seguida de dolor.
Mara se giró a tiempo de ver movimiento en la plaza baja.
Una mujer corría hacia la nave de enfermos.
Otro hombre llamaba a Elen por su nombre.
La recolectora maldijo entre dientes y bajó casi sin esperar permiso.
Mara la siguió por reflejo, y detrás vinieron Daro y uno de los vigías.
Lemn se quedó un instante más mirando el este antes de girarse también, con la rapidez de quien ya ha aprendido que en lugares así dos problemas nunca se presentan por separado.
Felen había empeorado. No de forma sutil, no ya.
En la habitación aislada encontraron al muchacho sentado en el suelo, pegado a la pared, respirando con dificultad y apretándose el lado izquierdo del cuello.
La mujer de guardia tenía una tira de tela ensangrentada en la mano.
Sobre el suelo había tres pequeñas espinas blancuzcas, algo más largas que las de la víspera.
Pero lo peor estaba aún en su piel. Bajo la oreja izquierda, donde horas antes solo se había notado una dureza, una punta marfil asomaba ya a través de la carne, abriendo una línea roja fina a lo largo del lateral del cuello.
No parecía un hueso. No parecía una astilla.
Crecía desde dentro con una dirección demasiado limpia para ser casual.
—No me la toqué —dijo Felen con voz rota en cuanto vio entrar a Elen—. Te juro que no me la toqué.
—Ya lo sé —respondió ella.
Se arrodilló frente a él, pero sin acercar aún las manos.
—¿Te cuesta tragar?
—Sí.
—¿Respirar?
—Un poco.
—¿Hormigueo en lengua o pecho?
—En la cara. Aquí. —Se llevó dos dedos temblorosos al pómulo.
Elen lo observó un instante y luego miró a Daro.
—Necesito luz buena, paños duros, cuchillo fino, las pinzas largas y la decocción negra. Y que nadie se acerque con la cara descubierta.
Mara corrió a buscar lo necesario. Mientras volvía, oyó a dos mujeres cuchichear en el pasillo: que si eran las espigas, que si el pan había despertado otra cosa, que si el chico acabaría cubierto entero de púas venenosas como los hombres de la ruta baja.
El miedo siempre exageraba antes de comprender.
Aun así, a Mara le costaba ya distinguir cuánto había dejado de ser exageración en ese mundo.
Cuando regresó con las herramientas, Lemn estaba en la puerta, sin entrar del todo. Elen lo miró de reojo.
—Fuera.
—Puedo ayudar si se pone violento.
—Dije fuera.
Él no insistió, pero tampoco se alejó mucho. Mara alcanzó a ver cómo su atención se detenía un instante en la espina que asomaba del cuello del muchacho. No con asco. Con reconocimiento.
El procedimiento fue más delicado que el de Serit y quizá por eso más terrible.
La espina emergente no podía arrancarse sin más.
Elen sospechaba, y con razón, que tendría ramificaciones o anclajes internos cerca de vasos y músculos del cuello.
Preparó un ungüento espeso para adormecer la zona en lo posible, aunque nadie esperaba milagros.
Felen lloraba en silencio, más de miedo que de dolor.
Mara le sostuvo la mano derecha mientras la mujer de guardia inmovilizaba los hombros.
—Escúchame bien —dijo Elen al muchacho—. Si tiro y notas que se desplaza hacia dentro, me lo dices. Si se abre otra punta, me lo dices. Si te falta el aire, levantas dos veces la mano. No intentes ser valiente porque aquí eso no sirve para nada.
Felen tragó con dificultad.
—¿Voy a quedar como él?
Mara supo de quién hablaba sin mirar a la puerta. Elen también.
—No lo sabes y yo tampoco. Ahora cállate y respira corto.
Trabajó con pulso impecable. Limpió la línea de salida, hizo una incisión mínima a un lado y separó tejido.
La espina era más oscura en la base de lo que parecía por fuera, con una superficie mate y pequeñas estrías que recordaban, horriblemente, la textura de ciertas barbas de espiga endurecidas.
Cuando intentó moverla con las pinzas, Felen dio un golpe involuntario con las piernas.
—Hacia arriba —jadeó—. Se va hacia arriba.
—Lo sé.
Elen cambió el ángulo. Cortó con cuidado alrededor de la base. Tiró apenas. Esta vez la estructura cedió un poco. Salió casi un centímetro más y mostró una bifurcación mínima en la punta interior, como si hubiera intentado abrir camino en dos direcciones.
—Maldición —murmuró.
Mara apretó más la mano del muchacho.
—Mírame —le dijo—. No pienses en ella. Mírame a mí.
Felen clavó los ojos llorosos en su cara. Elen aprovechó el instante, giró la espina con precisión y la extrajo de una vez. El muchacho gritó, pero la púa salió entera. Sobre la tela donde cayó dejó una mancha de sangre muy oscura con un halo verdoso apenas visible.
—Veneno —dijo la mujer de guardia, retrocediendo un poco.
—O una reacción oxidada —respondió Elen—. Da igual. No lo toques.
Elen exploró la herida. No parecía haber otra punta lista para salir en el mismo punto, pero eso no garantizaba nada.
Vendó, obligó a Felen a escupir y observaron durante un rato si se le entumecía el lado de la cara.
No ocurrió de inmediato. Aun así, el cuarto quedó impregnado de una sensación peor que la del mero sufrimiento: la de estar presenciando un proceso que no respondía ya a categorías anteriores.
No eran esporas en sentido puro. No era solo alimento corrompido.
No era una picadura aislada de espiga en la piel exterior.
Era un cruce. Una contaminación de mecanismos que hasta hacía poco podían pensarse por separado.
Cuando salieron, Mara encontró a Lemn aún en el pasillo. Él miró la espina retirada dentro de la bandeja metálica y luego el rostro de ella.
—No crecieron igual que las mías —dijo en voz baja.
—Menos mal —respondió Mara, más seca de lo que pretendía.
Lemn sostuvo un instante la respuesta.
—No he dicho que sea mejor.
Ella frunció el ceño.
—Siempre tienes una forma agradable de hablar.
—No estoy intentando ser agradable.
—Eso ya lo sé.
Daro salió detrás de ellos y no permitió que la conversación se alargara.
—Quiero oírlo todo. Ahora. Tú y Elen.
Se reunieron en un almacén vacío convertido de improviso en sala de decisión cada vez que el asentamiento necesitaba discutir algo sin oídos de sobra.
Mara no sabía si la habían llamado a quedarse por utilidad o porque Daro ya empezaba a considerarla inseparable de ciertos problemas.
Se apoyó en una pared, con el filtro colgando del cuello y la bandeja con la espina aún sobre la mesa.
El objeto parecía ridículamente pequeño para haber provocado tanto daño.
Elen habló primero. Expuso lo de Felen con claridad: crecimiento interno, salida a través del cuello, apariencia de espiga alterada, posible componente tóxico, imposibilidad de seguir considerando el incidente de la torta como mera intoxicación aislada.
Luego describió lo del agua del este, la mano sumergida, la integración aparente.
Daro escuchó sin interrumpir, las manos detrás de la espalda.
—Estamos perdiendo la ventaja de clasificar peligros por tipo —dijo al final.
—La estamos perdiendo o nunca existió del todo —respondió Elen—. Solo que antes el tiempo entre un cambio y otro nos permitía fingir que sí.
Lemn, hasta entonces callado, habló con la mirada fija en la espina de la bandeja.
—En rutas largas ya nadie clasifica así. Hablan de zonas. Zonas de aire, de cierre, de hambre, de agua enferma, de integración rápida. Los nombres antiguos sirven mientras puedes rodear. Cuando ya no puedes, solo importa cómo mata o qué te hace si no te mata.
Daro lo miró.
—Y tú, ¿cómo llamarías a esto?
Lemn alzó apenas la vista.
—Una fase peor.
El silencio no agradó a nadie.
Mara pensó de pronto en el este, en la forma pálida bajo el agua, y luego en la descripción de Lía, quince años, cicatriz bajo el mentón, caminando aún recta antes de desaparecer del todo entre rumores.
La conexión no era racional, pero le atravesó igual.
Hasta ese momento la palabra ombrol había conservado para ella una distancia parcial.
Sabía lo que eran. Había visto de lejos estructuras integradas en caminos y ruinas.
Pero ver una mano en el agua y una espina nacer del cuello de un muchacho reducía brutalmente la separación entre los procesos y los cuerpos concretos.
—¿Has visto alguno reciente? —le preguntó a Lemn, sin pensar del todo la pregunta.
Él entendió enseguida a qué se refería.
—Sí.
—¿Cuánto conserva?
Daro giró la cabeza hacia ella, pero no la detuvo.
Lemn tardó en responder.
—Depende de cuándo llegues. Al principio demasiado. Esa es la parte peor.
Mara sintió que algo en la habitación se estrechaba.
—¿Demasiado cómo?