VENENO Y ESPINAS Capítulo 5. Demasiado humano
16%

Capítulo 5. Demasiado humano

A la mañana siguiente nadie en Vardel hablaba ya del intento de asalto como del asunto principal, y eso, pensó Mara mientras se ajustaba el filtro ante el espejo opaco de una lámina de metal bruñido, era quizá lo más inquietante de todo.

La violencia humana seguía resultando brutal, pero comprensible; incluso el miedo que dejaba tenía una forma conocida, podía señalarse con el dedo, enumerar cuántos eran, qué armas llevaban, desde qué senda habían aparecido y por qué lado se habían retirado.

El resto no. El agua del este había adquirido durante la noche un brillo más estable, menos parecido a una película pasajera y más a una cualidad propia.

Felen había amanecido con tres nuevas púas blancas bajo la lengua y una dureza dolorosa en el lateral del cuello.

Serit deliraba por rachas, preguntando por una hija que estaba a dos casas de distancia como si la imaginara en otra vida.

Y, por encima de todo, el comentario de Lemn sobre los ombroles sumergidos y alimentados había empezado a pudrir en la cabeza de varios la última frontera que todavía daban por menos amenazada: que al menos la integración vegetal se detenía en tierra firme o se degradaba al contacto prolongado con corrientes inestables.

Si eso dejaba de cumplirse, muchas de las certezas miserables sobre las que descansaban sus rutas, sus reservas y sus modos de evitar ciertas zonas perderían valor a la vez.

Mara salió de la casa con esa sensación incómoda de estar pisando un asentamiento igual y a la vez distinto.

Las pasarelas eran las mismas. Los depósitos seguían cubiertos con lonas reparadas una y de nuevo.

El humo de los hornos bajos continuaba subiendo en columnas pobres y grises.

Pero la gente se movía de otra forma. Había más ojos en el este, aunque nadie quisiera admitir que empezaban a mirar también hacia el agua con la misma prevención que antes reservaban a los brotes abiertos o a las flores demasiado limpias.

Las supersticiones nacían siempre así, no del vacío, sino del punto exacto en que la observación todavía no alcanza y el miedo necesita adelantarse para trazar conducta.

Esa mañana una mujer vaciaba un cuenco de agua que había quedado toda la noche junto a una ventana porque aseguraba que el reflejo del alba se había quedado atrapado demasiado quieto en la superficie.

Un hombre, antes de lavar un cuchillo, tocó tres veces la pared de madera cercana, como hacían algunos en las rutas bajas cuando debían acercarse a un canal.

Un niño repitió medio en juego, medio en serio, una frase oída a su abuela: “Si el agua mira primero, no la mires tú”.

A Mara le habría parecido excesivo días atrás. Ahora no supo qué pensar.

Fue al área de revisión sin que nadie tuviera que pedírselo.

Elen llevaba ya horas despierta, a juzgar por el desorden metódico de bandejas, paños, cuchillos y cuadernos abiertos sobre dos mesas.

Habían trasladado parte del trabajo a una zona más aireada por si el problema de las mezclas alimentarias seguía ligado a humedad retenida.

Una mujer removía brasas bajo una olla pequeña donde hervía un líquido espeso y amargo destinado a Felen.

Otra, con guantes de cuero fino, ordenaba en filas separadas los lotes que aún podían considerarse razonablemente seguros.

Elen no saludó a Mara. Le señaló una bandeja y un manojo de raíces pardas.

—Córtalas longitudinalmente y anota si oscurecen antes del segundo minuto. Después revisa el lote de hoja ancha que trajeron ayer del bancal interior. Quiero saber si la nervadura central sigue hueca o ha empezado a densificarse.

Mara se puso a ello sin perder tiempo. Le gustaba el trabajo de revisión porque obligaba al cuerpo a una clase de atención concreta que apartaba durante ratos el miedo más abstracto.

El problema era que también confirmaba, una muestra tras otra, hasta qué punto el mundo había dejado de respetar la estabilidad mínima sobre la que antes descansaba el concepto mismo de alimento.

Una raíz podía parecer sana y descomponerse por dentro al contacto con calor.

Una legumbre abrirse sin mala señal y alterar su composición dos horas después.

Una hoja seguir siendo segura siempre que se cociera sola y matar lentamente si se mezclaba con otra perteneciente a una especie que meses atrás habría resultado inofensiva.

En los márgenes del cuaderno antiguo de Vardel se acumulaban sentencias nacidas de ensayo y entierro: no amases cuando el agua cambie, no seques junto a flores sin insectos, no guardes nada que siga tibio después del amanecer, no hiervas dos veces lo que ya fue dudoso una.

La mayoría no explicaba un mecanismo; apenas fijaba conducta.

Pero la conducta, en un mundo como aquel, importaba más que la teoría.

Mientras abría una raíz tras otra con la punta del cuchillo, Mara notó la presencia de Elen acercándose antes de oírla.

—Daro quiere ir al este cuando suba más la luz —dijo la mujer.

—¿A mirar el agua o los señuelos?

—A ambas cosas. Y quiere que el viajero suba con nosotros a la plataforma grande.

Mara siguió cortando.

—¿Solo a la plataforma?

—Eso ha dicho.

—¿Y tú le crees?

Elen calló un momento.

—Creo que Daro lleva desde anoche midiendo si el hombre le sirve más dentro o fuera. Y creo que tú deberías aprender a no preguntar algo cuando ya conoces la mitad de la respuesta.

Mara dejó la raíz abierta sobre la bandeja.

—No me gusta cómo me mira.

—¿Quién? ¿Daro o Lemn?

—Los dos, por motivos distintos.

Elen soltó una exhalación breve, casi divertida pese al cansancio.

—Pues acostúmbrate. Daro te mira como quien intenta decidir si una grieta puede reforzarse o si terminará abriendo la pared entera. Y el otro te mira como alguien que ya ha visto antes cosas a las que no conviene dar nombre demasiado pronto.

—No me conoce.

—Eso no evita que vea.

La frase la irritó porque llevaba algo de verdad.

Siguió trabajando sin hablar. Una de las raíces, abierta por la mitad, mostró una serie de anillos internos anormalmente brillantes, casi traslúcidos, y la descartó de inmediato.

Afuera sonó el relevo de una guardia. El asentamiento entero parecía respirar de manera desigual, reteniendo aire a la espera de otra noticia peor.

A media mañana, antes de que el sol cayera a plomo sobre la muralla del este, Daro reunió a los mismos de los días anteriores más dos vigías de altura.

Subieron a la plataforma grande, una estructura reforzada que dominaba la antigua línea de huertas y permitía ver no solo el poste del ámbar y la malla de raíces, sino también la acequia vieja, parte del camino bajo y el borde donde empezaban los manchones de vegetación más densa.

Lemn llegó escoltado, aunque sin cadenas ni gesto de prisionero.

Caminaba con normalidad, la manga larga cubriéndole el antebrazo infectado y una rigidez leve en el hombro izquierdo que Mara no había advertido antes.

Quizá la noche en cobertizo duro, quizá una vieja herida.

Él se colocó donde Daro le indicó y no dijo nada hasta que la escena quedó completamente extendida bajo ellos.

El este había empeorado. No de forma espectacular, sino peor: con esa clase de avance preciso que vuelve inútil fingir que nada esencial ha cambiado.

La película irisada sobre el agua ya no se limitaba a la curva principal del canal.

Había colonizado varios remansos pequeños y aparecía incluso en charcos retenidos entre raíces de ribera.

Los arbustos señuelo seguían componiendo figuras humanas, pero una de ellas estaba ahora medio recostada sobre el borde de la acequia, y otra más pequeña, nueva, se distinguía entre dos masas de hojas como si fuera un niño acuclillado con la cabeza gacha.

Mara sintió una repulsión inmediata. No por el engaño en sí, sino por la precisión con que el engaño apuntaba siempre a lo mismo: el impulso humano de acercarse a aquello que parece necesitar ayuda.

—Ayer no estaban tan juntos —dijo Narel.

—Ni el borde tan formado —añadió Daro.

Lemn no apartaba la vista del agua.

—Están conectando tránsito de superficie con tránsito sumergido.

—Habla claro —cortó Narel.

—Raíces arriba, red abajo. Señuelos para atraer a tierra, borde para fijar a agua. Si un cuerpo cae o se detiene ahí, ya no importa demasiado dónde empezó el problema.

Mara siguió la línea de su mirada. Entre el brillo aceitoso y las hojas grandes que colgaban sobre el cauce, algo pálido asomaba bajo la superficie, inmóvil. Podía ser una piedra, una rama sin corteza o un resto de tejido vegetal. Pero no parecía ninguna de las tres cosas.

—Ahí —dijo.

Todos buscaron el punto que señalaba. Lemn lo encontró primero.

—Eso no estaba ayer.

Daro entrecerró los ojos.

—¿Qué ves?

Lemn tardó un segundo en responder, y Mara notó que medía las palabras antes de soltarlas, como quien sabe el peso exacto que una descripción puede dejar en el ánimo de un grupo.

—Una mano. O algo que quiere parecerse a una.

El silencio fue inmediato y lleno. Mara forzó la vista.

Sí, ahora también lo veía. Bajo el agua velada por iris y raíces finas, una forma pálida emergía lateralmente desde la orilla sumergida.

Tenía cinco extensiones cortas, no todas completas, y una articulación imposible de confundir del todo con una rama.

No se movía. No necesitaba hacerlo para resultar insoportable.

—No puede ser —murmuró uno de los vigías.

Elen, que había subido en el último momento con una libreta bajo el brazo, habló con esa frialdad que solo le salía cuando lo que veía amenazaba con desbordar incluso su escepticismo.

—Claro que puede. La cuestión no es esa. La cuestión es cuánto tiempo lleva ahí y qué significa que no se haya degradado.

Lemn señaló, sin tocar a nadie, otro punto del cauce.

—Mirad el borde de la muñeca. No está suelta. Está integrada.