VENENO Y ESPINAS Capítulo 4. El viajero #4
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Capítulo 4. El viajero #4

—Llevo tiempo descubriendo que las dos cosas suelen venir juntas.

La respuesta habría podido sonar insolente. En él sonó simplemente cierta.

Aquella noche Vardel quedó más alterada de lo que habría estado por un simple intento de asalto.

Habían visto mutación humana controlada en combate, violencia organizada usando el entorno como arma y señales de que el este seguía empeorando mientras ellos se ocupaban de otras amenazas.

A Mara le costó procesarlo todo. Ayudó donde la mandaron, transportó vendas, limpió parte de la sangre caída cerca del perímetro, oyó a dos mujeres discutir en voz baja sobre si tener dentro a un hombre con espinas venenosas era protección o riesgo, y notó en varios la misma mezcla de fascinación y repulsión que ella se negaba a permitirse.

Al caer la noche, cuando por fin el asentamiento redujo el movimiento a lo imprescindible, subió sola un momento a la plataforma media desde la que se veía el puesto exterior ya vacío.

Lemn había sido trasladado, por orden de Daro, a un cobertizo vigilado dentro del segundo perímetro, no como invitado ni como prisionero exacto, sino como algo todavía sin nombre.

Lo encontró allí un poco más tarde, sentado en el umbral, con el antebrazo otra vez cubierto y la vista puesta en la oscuridad que empezaba a tragarse los campos.

Dos vigías se mantenían a distancia razonable.

Mara no sabía muy bien por qué se acercó.

Quizá porque necesitaba comprobar que seguía siendo una persona y no solo la suma de su búsqueda y sus espinas.

Quizá porque él era, de pronto, la prueba viva de que ciertas mutaciones no llevaban necesariamente a la pérdida total.

O quizá porque en medio del miedo creciente del asentamiento, aquella conversación difícil le parecía más soportable que escuchar las suposiciones ajenas.

Él la oyó llegar, pero no se volvió enseguida.

—No deberías acercarte tanto si te disgustan las respuestas.

—No me disgustan. A veces llegan demasiado rápido.

Ahora sí la miró. En la penumbra, con la luz mala de una lámpara lejana, sus rasgos parecían más duros.

—¿Vienes a preguntarme por las espinas o por mi hermana?

—Por ninguna de las dos al principio.

Eso le arrancó una reacción mínima, no una sonrisa, pero casi la memoria de una.

—Entonces preguntas mejor de lo que parecía.

Mara se quedó de pie, sin invadir el umbral.

—Cuando has visto los señuelos del campo, no has dudado ni un segundo. ¿Cómo lo supiste?

Lemn giró de nuevo la cabeza hacia la oscuridad exterior.

—Porque cuando una cosa quiere darte pena demasiado deprisa, en este mundo casi siempre quiere otra cosa primero.

Mara se quedó pensando en la frase. Pensó en los arbustos que imitaban heridos, en el ámbar que olía a refugio, en el pan convertido en raíz latente, en el agua que brillaba demasiado.

También pensó, con una incomodidad nueva, que tal vez el mundo no era lo único que aprendía a disfrazar sus intenciones.

—¿Y tú qué quieres? —preguntó, antes de decidir si debía hacerlo.

Él tardó en responder.

—Encontrarla. Saberlo. Y salir de aquí antes de que vuestro este os trague sin daros tiempo a elegir de qué tenéis más miedo.

La franqueza volvió a irritarla un poco.

—No sabes nada de nosotros.

—Sé que tu líder intenta mantener un sistema que se le está llenando de excepciones.

Sé que vuestra recolectora veterana ya no cree que las mutaciones vayan por separado.

Sé que tú notas cosas que no deberían tocarte igual y que eso va a volverse un problema si sigue empeorando.

Y sé que el agua no espera a que resolváis lo de tierra firme.

Mara sintió el golpe de cada observación como si él hubiera ido quitando una capa de madera a la cerca y dejando al descubierto lo que debajo ya estaba húmedo.

—Hablas demasiado para alguien que dice hablar poco.

—Solo cuando creo que perder tiempo saldrá caro.

Se quedaron un momento en silencio. Desde el este llegaba un olor húmedo, no dulce, aún no, pero cargado de esa promesa enferma de lo que cambia sin descanso.

Mara lo respiró a través del filtro y comprendió, con una claridad que le desagradó, que la llegada de Lemn no había traído el problema.

Solo había puesto palabras más precisas sobre lo que ya venía hacia ellos.

Cuando se apartó para volver a su casa, él la llamó una última vez.

—Mara.

Se detuvo. Era la primera vez que pronunciaba su nombre.

—¿Qué?

—Si en algún momento ves algo en el campo que te parezca demasiado humano, no intentes confirmar con la esperanza. Hazlo con el miedo.

Ella no respondió enseguida. Luego asintió una sola vez y siguió caminando.

Más tarde, acostada en la oscuridad, comprendió que la advertencia no iba solo sobre los arbustos del borde.

Iba también sobre el camino que aquel hombre llevaba abierto dentro de sí desde hacía semanas: buscar a alguien amado en un mundo que había aprendido a usar incluso el amor como forma de atracción.

Y esa certeza, más que las espinas, más que la banda o la película brillante del agua, fue lo que la mantuvo despierta durante mucho rato.