VENENO Y ESPINAS Capítulo 4. El viajero #3
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Capítulo 4. El viajero #3

La diferencia quedó suspendida entre ambos con una nitidez dolorosa.

Mara apartó los ojos hacia el campo. De pronto el brazo vegetal levantado de uno de los señuelos le pareció más obsceno que antes.

No porque imitara mejor a una persona, sino porque empezaba a comprender con qué clase de necesidad podía encontrarse alguien al verlo desde lejos.

El resto de la tarde complicó las cosas.

Un incidente menor en la zona de almacenes, donde una mujer aseguró haber visto moverse una raíz dentro de un cesto cerrado, generó una discusión breve pero intensa sobre si estaban empezando a ver demasiado en todas partes.

Elen zanjó el asunto mostrando que se trataba solo de una legumbre mal cortada, pero el daño de confianza ya estaba hecho.

Tob discutió con Narel porque quería volver a salir en cuanto le retiraran la primera venda.

Felen sangró ligeramente por una encía y escupió otras dos púas pequeñas.

Serit deliró durante una hora, diciendo que tenía sed de agua fría aunque nadie estaba dispuesto a darle más que sorbos hervidos y amargos.

Y al caer la tarde, justo cuando Daro había decidido prolongar un día más la permanencia vigilada de Lemn, llegó desde la torre sur un aviso distinto: tres figuras humanas en la vieja senda de piedra, demasiado rápidas para viajeros cansados y demasiado coordinadas para ser una familia a la deriva.

Daro no tardó en comprenderlo.

—La banda.

Lemn, que estaba presente en el perímetro de vigilancia, se tensó de una manera mínima y fea.

—No sé si la misma, pero no vienen a pedir agua.

Se movilizaron sin perder tiempo. Vardel no era una fortaleza, pero estaba acostumbrada a defenderse con pocos medios y bastante disciplina.

Cerraron pasos bajos, mandaron a niños y ancianos a interiores, repartieron armas cortas, colocaron tiradores en altura y dejaron la puerta principal solo medio preparada, lo justo para simular una reacción lenta.

Mara ayudó a transportar cubos de salmuera y paquetes de ceniza mientras escuchaba las órdenes secas de Daro.

La violencia humana se sentía distinta a la vegetal.

Más sucia, más reconocible, más cercana a la traición que a la fatalidad.

Quizá por eso ponía a todos aún más nerviosos: recordaba que no bastaba con sobrevivir al entorno.

Las tres figuras se detuvieron fuera de alcance y pidieron paso con voces educadas.

Demasiado educadas. Dijeron traer intercambio, dos cuchillos, sal filtrada y noticias de un asentamiento al oeste.

Daro respondió desde arriba que dejaran lo que portaban y retrocedieran.

Hubo un breve silencio. Luego uno de ellos sonrió de una manera que incluso desde la distancia resultaba visible.

—No venimos a regalar nada.

Las cosas se aceleraron. Una cuarta figura, oculta hasta entonces entre matorral seco, apareció más al flanco.

Después una quinta. No intentaron asaltar de frente.

Hicieron algo peor: empezaron a moverse hacia las zonas donde el terreno exterior estaba menos limpiado, como si quisieran forzar a los defensores a vigilar a la vez la cerca y las mutaciones del campo.

Lemn observó un instante la maniobra y soltó una maldición baja.

—Quieren empujar a alguno hacia el paso este o entreteneros aquí mientras prueban otro lado.

—¿Los conoces? —preguntó Daro.

—Conozco la lógica.

No hubo tiempo para más. Un pequeño proyectil, quizá una piedra con espina atada, salió disparado desde fuera y golpeó una tabla lateral.

Luego otro. No pretendían derribar nada; buscaban reacción, ruido, ángulo.

Dos de ellos avanzaron cubriéndose con placas improvisadas de madera y cuero endurecido.

Daro ordenó no gastar lanzas largas. Esperar.

Medir. Fue entonces cuando uno de los atacantes hizo algo más inteligente: lanzó hacia el pie de la empalizada un bulto envuelto en tela.

Al romperse contra el suelo liberó una nube baja de polvo verdoso que no era polen, pero lo bastante parecido como para sembrar confusión.

Mara se cubrió instintivamente el filtro.

Narel juró en voz alta. Dos vigías dudaron un instante.

Lemn ya se había movido.

—No es polen, es cebo para cegaros —dijo, y antes de que Daro le ordenara nada agarró una de las astas cortas apoyadas en la pared y saltó al nivel inferior del perímetro interior con una agilidad seca, sin despilfarrar gesto.

No fue una imprudencia heroica. Fue cálculo brutal: sabía que si el falso polen obligaba a cerrar más visión, los otros tendrían unos instantes para buscar ángulo mejor.

Mara lo vio colocarse junto al lateral desde donde uno de los atacantes intentaba acercarse demasiado a la cerca.

El hombre de fuera llevaba un brazo parcialmente cubierto por vendajes oscuros y una protección de espina seca en el hombro.

Avanzó confiado, quizá creyendo que el humo verdoso bastaría para desordenarlos.

No vio a Lemn hasta casi el último momento.

Lo que ocurrió después fue tan rápido que Mara necesitó varios segundos para comprenderlo.

Lemn no usó el asta de frente. La dejó caer al desviar un golpe corto del atacante y, en el mismo movimiento, hundió el hombro y clavó el antebrazo izquierdo contra el cuello del otro con una violencia seca.

El hombre gritó, no por el impacto, sino por algo más.

Lemn lo soltó enseguida y retrocedió. El atacante cayó de rodillas, llevándose la mano a la garganta.

Entre los dedos empezó a brotar sangre mezclada con un tono oscuro.

Mara vio entonces lo que el movimiento había revelado un instante bajo la manga remangada de Lemn: pequeñas espinas negras, cortas, duras, alineadas a lo largo del borde externo del antebrazo, como púas nacidas de la propia carne.

El hombre de fuera intentó levantarse, pero no pudo. Se tambaleó, se llevó ambas manos al cuello y terminó desplomándose de lado con convulsiones cortas.

Narel soltó una blasfemia abierta.

—¿Qué demonios...?

Lemn no respondió. Ya estaba ayudando a cerrar el flanco mientras los demás atacantes, desconcertados por la rapidez con que uno de los suyos había caído, retrocedían buscando cobertura.

Daro aprovechó el quiebro y ordenó una descarga breve de proyectiles desde arriba.

No para matar, sino para dispersar. Funcionó.

Los hombres se reagruparon a distancia, arrastraron como pudieron al caído —que apenas se movía— y comenzaron a retirarse sin insistir más, no hacia el sur por donde habían venido, sino hacia la línea de vegetación más densa del oeste, donde un perseguidor prudente no querría seguirlos.

El silencio posterior fue sucio y tenso.

Los defensores tardaron un poco en volver a respirar como personas y no como cuerpos preparados para otro impacto.

Mara seguía con la imagen clavada en la cabeza: el brillo oscuro de aquellas espinas bajo la manga, el modo en que el hombre había caído casi enseguida.

Las historias sobre personas picadas por espigas que luego desarrollaban púas venenosas dejaban de ser rumor lejano en el instante en que una de esas personas estaba dentro del perímetro, ayudándolos a defenderse.

Daro se volvió hacia Lemn con una calma peligrosa.

—Ahora sí me vas a contar todo lo que omitiste.

Lemn se limpió la sangre ajena del antebrazo con un trapo, sin teatralidad, y se bajó la manga de nuevo. La cara se le había endurecido un grado más, si eso era posible.

—Me pinché hace cuatro meses con unas espigas en una linde de secano.

No morí. No me brotaron por todas partes.

Solo aquí. —Señaló apenas el antebrazo—.

Aprendí pronto que si rompen piel, matan o inmovilizan según dónde entren.

También aprendí que enseñarlo demasiado pronto suele acabar peor para mí que para los demás.

—Y aun así lo usaste dentro de mi asentamiento —dijo Daro.

—Lo usé contra gente que venía a abriros la cerca.

—Eso no lo hace menos importante.

—Lo sé.

Mara no apartaba la vista de él. No por morbo, sino porque el hecho desordenaba muchas cosas a la vez.

Aquel hombre no solo venía cargando la posible historia de una hermana transformada.

También llevaba en el cuerpo una mutación integrada, parcial, controlada hasta cierto punto.

Ni del todo humano intacto ni del todo consumido por lo vegetal.

Durante un instante, y sin saber aún por qué, sintió una afinidad involuntaria que la asustó más que las espinas mismas.

Elen llegó poco después, avisada por el alboroto y por la noticia incompleta de la refriega. Al enterarse de lo ocurrido, miró a Lemn con un interés duro, casi profesional.

—Enséñamelo.

Él dudó.

—Ahora no.

—Ahora sí, o te largas antes de que oscurezca.

Lemn sostuvo su mirada y acabó cediendo.

Se remangó despacio. Las espinas no eran grandes ni espectaculares.

Precisamente por eso resultaban peores. Nacían en una línea irregular desde la cara externa del antebrazo hasta cerca de la muñeca, negras en la base, más claras en la punta, integradas en la piel como si el cuerpo hubiera aprendido a fabricar un arma con una lógica indecente.

Algunas parecían antiguas, limadas por uso o roce.

Otras, más nuevas, asomaban apenas como brotes oscuros.

El tejido alrededor estaba cicatrizado, no inflamado.

Elen no tocó. Se limitó a observar.

—No se parecen del todo a las púas de espiga que vi en un muerto de la ruta alta.

—Porque no crecieron iguales —dijo Lemn—. O porque no llegué al mismo estado.

—¿Te duele?

—A veces antes de salir. A veces cuando cambia la humedad. A veces cuando estoy demasiado cansado.

—¿Y puedes hacer que broten más?

Lemn negó.

—Solo sé usar las que tengo. No mando sobre ello.

Daro escuchó todo sin interrumpir. Al final dijo:

—Acabas de darme otra razón para desconfiar de ti y otra para no echarte todavía.

Lemn se bajó la manga.