Capítulo 4. El viajero #2
—Porque si no lo creyera, ya me habría detenido en cualquier parte a esperar que el hambre me hiciera menos cobarde.
La sinceridad fue tan seca que nadie supo qué añadir durante unos segundos. Mara sintió una punzada extraña, no de compasión exacta, sino de reconocimiento doloroso: la clase de frase que solo se dice cuando una idea lleva demasiado tiempo mordiéndote por dentro para vestirla ya con dignidad.
Daro siguió interrogando. Cuánto tiempo llevaba solo.
Qué rutas había tomado. Qué sabía de Vardel.
Si había pasado por zonas con polen activo, si presentaba síntomas, si había comido algo no revisado en los últimos días, si llevaba consigo semillas, tierra húmeda, brotes, restos vegetales de procedencia dudosa.
Lemn respondió a todo con precisión, sin molestarse por los controles.
Había cruzado una franja de esporas dispersas hacía nueve días, pero sin síntomas posteriores.
Llevaba solo comida seca propia, ya consumida casi entera, un cuchillo, el arma larga, una cuerda encerada, dos agujas, una cantimplora filtrada, una bolsa de sal, un pequeño frasco de resina negra para sellar grietas y un paquete envuelto en tela que, tras la orden de Daro, abrió sin discutir.
Dentro había tres objetos: una trenza corta de pelo oscuro, un botón de cobre y una tira de cuero muy gastada en la que alguien había tallado una flor tosca con cinco pétalos.
Mara entendió enseguida que aquello pertenecía a la hermana.
—¿Qué edad tiene? —preguntó ella sin querer.
Lemn tardó una fracción de segundo en responder. La pregunta parecía haberlo alcanzado en un punto menos preparado.
—Quince recién cumplidos cuando desapareció. Ahora dieciséis, si sigue contando el tiempo en alguna parte.
La frase no fue una concesión sentimental. Sonó peor: como la costumbre obstinada de seguir midiendo la vida de alguien contra toda evidencia. Mara bajó la mirada hacia la tira de cuero. No era bonita ni especial, pero llevaba en el desgaste el peso exacto de las cosas tocadas mil veces.
—¿Nombre? —dijo Daro, aunque ya no parecía una pregunta de protocolo.
—Lía.
Por fin el nombre entró en el aire de Vardel y no salió de él.
La entrevista terminó con una decisión intermedia.
No lo dejarían circular libremente por el asentamiento, pero tampoco lo expulsarían sin más.
Se le permitiría permanecer en la zona exterior vigilada hasta decidir si un intercambio de información más amplio podía beneficiar a ambas partes.
La razón oficial fue prudencia. La real incluía otra cosa: Daro necesitaba lo que aquel hombre sabía de rutas, bandas y cambios del agua, y Lemn necesitaba noticias.
Separarlos del todo habría sido estúpido.
Aun así, el líder de Vardel no era hombre de precipitar confianza.
—Hablarás de nuevo conmigo esta tarde —dijo—. Si mientes, te irás antes de oscurecer. Si omites algo importante, lo consideraré igual que una mentira.
Lemn asintió.
—Y tú me dirás si alguien aquí ha visto un ombrol pequeño y reciente o si todo lo que tenéis es miedo ajeno.
Daro no se ofendió.
—Te diré lo que deba.
Cuando lo devolvieron al área vigilada, Mara pensó que la entrevista había terminado. Pero al girarse para seguir a Elen oyó la voz de Lemn detrás de ella.
—Tú preguntaste por la edad.
Se volvió. Los demás ya caminaban unos pasos por delante.
—Sí.
Él la sostuvo con una mirada sobria, no invasiva, aunque más directa que antes.
—No preguntes si no quieres la respuesta completa algún día.
Mara frunció el ceño, más por la sorpresa del comentario que por enfado.
—No pregunto por curiosidad.
—Eso espero.
La dejó ahí y se apartó, como si el intercambio hubiera cumplido ya su función.
Mara siguió a los otros con un calor desagradable bajo el esternón.
No le gustaba que un desconocido le hablara como si la hubiera medido en una sola pregunta.
Tampoco le gustó descubrir que parte de su malestar venía de que quizá no iba del todo desencaminado.
En un asentamiento, la compasión ajena se ejercía a distancia prudente.
Preguntar por la edad exacta de una desaparecida era acercarse demasiado a un dolor que todavía no le pertenecía.
Y, sin embargo, había sentido la necesidad de hacerlo.
La mañana avanzó entre tareas tensas y observación mutua.
Lemn permaneció fuera, bajo vigilancia, mientras Daro organizaba lo necesario para sacarle más utilidad que riesgo.
Mara volvió al área de revisión, donde Elen estaba peor de humor que de costumbre porque dos nuevas muestras alimentarias habían dado reacción dudosa y porque Felen había empezado a escupir pequeños puntos duros, como diminutas púas blancas que al caer sobre la bandeja sonaban apenas como arena seca.
No se clavaban aún, pero bastaba verlas para comprender que el interior del muchacho estaba intentando resolver de manera física algo que el cuerpo humano no estaba hecho para soportar.
Elen las miró largo rato y luego dijo, muy baja:
—Las espigas están más cerca de nosotros de lo que creíamos.
—¿Crees que es por la torta? —preguntó Mara.
—Creo que las mutaciones están cruzándose. Antes cada peligro parecía conservar una dirección propia: polen que abría, esporas que integraban, agua que corrompía, alimento que traicionaba, espigas que clavaban y brotaban. Ahora empiezan a contaminarse entre sí. Eso nunca es buena señal.
Mara cortaba una raíz parda mientras la escuchaba, pero su atención seguía volviendo, involuntaria, al hombre de fuera.
A su forma de responder sin exceso. A la manera en que había nombrado a la hermana.
A la frase seca sobre detenerse a esperar que el hambre lo volviera menos cobarde.
Eran detalles sin importancia práctica inmediata, se dijo.
Y aun así le costaba apartarlos. En Vardel se estaba acostumbrada a hombres que, ante la pérdida, se rompían hacia fuera o se endurecían hasta el ridículo.
Lemn parecía haber encontrado una tercera forma: llevarla dentro como una pieza afilada que le impedía detenerse.
A mediodía, Daro pidió la presencia de Mara en la plataforma este.
No explicó por qué hasta que llegaron. Desde allí podía verse el campo antiguo, el poste con rezume y la acequia más allá, donde la película irisada brillaba ya con descaro bajo el sol alto.
Las figuras vegetales seguían junto al borde, pero había cambiado algo.
Una de las que antes parecía inclinada presentaba ahora una especie de brazo levantado, como si hiciera una seña débil.
—No me gusta que cambien durante el día —dijo Daro.
—No creo que les importe gustarte.
Él no sonrió.
—He pedido que suba el viajero. Quiero que vea esto sin bajar nadie más.
Mara se volvió, sorprendida.
—¿Por qué yo?
—Porque detectas antes ciertos cambios y porque ayer vio lo mismo en otro sitio. Quiero saber si está describiendo o inventando.
No protestó, aunque comprendió enseguida el doble filo de la decisión.
Daro la usaba otra vez como instrumento de contraste.
La molestia, sin embargo, no fue suficiente para eclipsar la expectación incómoda que sintió al oír los pasos de Lemn acercándose por la escalera bajo escolta.
Subió sin mirar demasiado alrededor, atento al suelo incluso sobre madera seca, como si el hábito de desconfiar del apoyo ya formara parte de la musculatura.
Al llegar a la plataforma, Daro le señaló el campo.
—Dime qué ves.
Lemn estudió la escena largo rato sin hablar. Primero el poste, luego la malla de raíces, después la acequia y por último las figuras. No tenía prisa por demostrar que sabía. Mara observó esa contención con una mezcla de irritación y respeto involuntario.
—Las raíces están dirigiendo tránsito hacia el canal —dijo al fin—. El ámbar es solo una parte. Los señuelos se han movido poco, pero suficiente. La película del agua es nueva o más densa que ayer. Y si no me equivoco, hay un borde de crecimiento en la orilla que no estaba formado todavía.
—¿Qué significa eso? —preguntó Daro.
—Que lo de tierra y lo de agua se están encontrando.
Mara miró mejor. Tenía razón. Donde la ribera se curvaba, bajo unas hojas anchas de color verde lustroso, una franja de tejido vegetal parecía haber tejido una suerte de costra húmeda entre barro y corriente.
—¿Lo has visto antes? —preguntó ella.
Lemn no apartó la vista del campo.
—Algo parecido. Nunca tan cerca de un asentamiento.
Daro apoyó una mano en la barandilla.
—¿Crees que avanzará hacia aquí?
—Creo que si mantiene alimento, humedad y tránsito, no necesita prisa.
Mara lo miró de perfil. Bajo la luz del mediodía se le marcaban más las líneas de cansancio en la cara y una pequeña cicatriz junto a la mandíbula que no había advertido antes.
No parecía disfrutar del papel de experto involuntario.
Hablaba como quien enumera desperfectos en una casa ajena sabiendo que la propia ya ardió.
—¿Qué pasó en Arven? —preguntó ella.
Esta vez sí la miró de frente.
—Preguntas mucho para alguien que no quiere respuestas a medias.
—Y tú respondes poco para alguien que necesita ayuda.
Hubo un segundo de tensión mínima, casi un roce, no hostil del todo. Daro los observó con la atención de quien registra más de lo que comenta. Al final fue Lemn quien desvió primero la mirada.
—Arven dejó de poder sostener a sus jóvenes.
Los mandó a rutas de intercambio cada vez más largas.
Mi hermana fue con una partida. No volvió.
Los demás dijeron que una red de raíces cortó el grupo, que hubo niebla de esporas, que no vieron bien.
Un viajero la situó más al norte. Otro creyó reconocer después un ombrol pequeño.
Desde entonces sigo rastro de gente que quizá la vio, quizá la confunde, quizá solo habla para llenar el miedo con palabras.
—¿Y todavía crees que puedes encontrarla? —dijo Mara.
—No. —La respuesta llegó tan rápida que resultó casi violenta—. Creo que puedo saber qué fue de ella.