VENENO Y ESPINAS Capítulo 4. El viajero
12%

Capítulo 4. El viajero

Lemn pasó la primera noche fuera de la muralla, en el puesto de espera levantado años atrás junto al acceso sur, una estructura fea y sólida hecha con piedra recuperada, tablones dobles y un techo bajo de placas desiguales que servía para aislar a comerciantes, mensajeros, heridos dudosos y viajeros demasiado bien informados como para dejarlos entrar sin más.

En otro tiempo aquello habría resultado un gesto de hospitalidad incompleta; en Vardel era simplemente prudencia.

Se le dio agua hervida, una manta áspera, una ración mínima de bulbo cocido y pasta seca revisada por Elen en persona, y se le dejó claro que nadie abriría más de lo necesario hasta el amanecer.

Él no discutió. Tampoco intentó ganarse favores con palabras blandas ni con historias de las que se usan para ablandar a quien custodia una puerta.

Agradeció el agua con un gesto corto, preguntó si el canal del sur había cambiado de color en las últimas jornadas y, cuando Daro le contestó que eso no era asunto suyo, asintió como quien ya esperaba esa respuesta.

Luego se sentó contra la pared exterior del puesto, con la espalda protegida, la pierna izquierda flexionada y la mano siempre a una distancia prudente de la hoja corta que llevaba al cinto.

Mara lo observó desde una de las pasarelas altas antes de volver a su casa.

No parecía un hombre que descansara. Parecía uno que economizaba el desgaste mientras seguía alerta.

Durante la noche apenas durmió, aunque no por él.

Los pasos de vigilancia, el estado incierto de Serit, los pinchazos bajo la lengua de Felen y el brillo nuevo del agua del este bastaban para tensar cualquier sueño.

Aun así, cada vez que se incorporaba medio despierta o cambiaba de postura sobre la manta, la imagen que le regresaba no era la de la torta abierta ni la de los arbustos inclinados junto a la acequia, sino la del viajero levantando la vista solo una vez, como si calculara el peso de cada estructura, de cada cuerda, de cada sombra útil.

Había conocido hombres endurecidos por el camino, algunos honestos, otros violentos, otros tan vaciados por la pérdida que parecían seguir andando por pura inercia del cuerpo.

Pero en aquel había algo distinto. No era bravura ni orgullo.

Era una clase de contención que no buscaba impresionar a nadie.

Como si llevara tiempo aprendiendo que mostrar demasiado cansancio atraía abuso y demasiada firmeza provocaba desafío.

Esa mezcla le inquietó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Al amanecer, Vardel despertó otra vez bajo el signo de la desconfianza.

Serit seguía viva, aunque febril y débil.

Felen tenía las encías inflamadas y una dureza nueva bajo dos puntos de la lengua que Elen no quiso tocar aún.

Tob conservaba la mano vendada y el mal humor de quien ha descubierto de manera dolorosa que su cuerpo no siempre obedecerá a su voluntad.

El agua del este mantenía el brillo aceitoso, y desde la torre juraban haber visto durante la madrugada una ondulación larga, no superficial, recorriendo el canal abandonado hasta perderse entre las plantas de ribera.

Nadie quiso convertirlo todavía en tema principal porque el asentamiento ya tenía bastantes frentes abiertos, pero el temor empezó a modificar incluso la forma en que la gente cargaba los cubos o se lavaba las manos.

Las supersticiones sobre el agua, que hasta hacía poco parecían exageraciones de rutas lejanas, empezaban a instalarse en las conversaciones como normas adelantadas.

No bebas de lo que no refleje bien el cielo.

Si el agua brilla más que la hoja, no la acerques a la boca.

Si el borde de una acequia parece respirar, no mires dos veces.

A Mara le resultaba inquietante lo deprisa que una observación incierta se transformaba en proverbio cuando lo que estaba en juego era la supervivencia.

Poco después de clarear, Daro ordenó abrir el puesto exterior para interrogar al viajero con más calma.

Esta vez Mara fue llamada de forma expresa, y también Elen.

El gesto no era casual. Daro quería oídos distintos para medir lo que aquel hombre sabía y, si era necesario, cómo mentía.

El patio de recepción improvisado se llenó lo justo de presencia útil: dos vigías con lanzas, Narel a un lado, Elen con los brazos cruzados, Mara algo más atrás de lo que habría querido y Daro en el centro, ocupando con su cuerpo ese espacio exacto donde la autoridad no necesita mostrarse porque se da por hecha.

Cuando abrieron el puesto, Lemn ya estaba en pie.

Había doblado la manta con una pulcritud casi irritante y no mostraba esa torpeza de quienes duermen mal bajo techo ajeno.

Solo parecía más pálido bajo la luz de la mañana y con la barba corta más oscura sobre el rostro delgado.

Llevaba la capa recogida, el arma larga apoyada en la pared y ambas manos visibles.

—Siéntate —dijo Daro.

Lemn miró el banco y luego a él.

—De pie estoy bien.

Narel resopló con fastidio. Daro no.

—Como quieras. Empieza por Arven.

Lemn tardó un instante en responder, quizá ordenando qué parte de la verdad valía la pena compartir.

—Arven ya casi no existe. Quedan dos casas habitables, un cobertizo medio comido por raíces y una gente que no durará mucho porque siguen confiando en un pozo que empezó a enfermar hace un mes.

Antes de llegar allí pasé por la línea baja de secanos muertos.

Antes aún, por una ruta de intercambio que se abrió entre tres asentamientos y que ahora usa más la gente armada que los comerciantes.

Perdí a dos compañeros hace semanas. Uno por una planta de cierre. El otro por una banda de paso.

—¿Banda de paso? —preguntó Elen.

—Gente que roba donde todavía hay reservas y que ha aprendido a moverse usando las mutaciones a favor. No luchan contra el entorno. Te obligan a él.

Daro inclinó apenas la cabeza.

—¿Cuántos?

—En la que vimos nosotros, siete. Puede que más. Iban ligeros, con ropa forrada en espina seca y bolsas de sal vieja. Sabían dónde hacer retroceder a alguien para meterlo en raíz activa o en polen bajo. No me interesa adornarlo: si siguen vivos, volverán a hacerlo.

Mara notó cómo Narel se tensaba con interés.

La violencia humana, frente a la vegetal, seguía resultando para muchos más comprensible y por tanto más manejable.

Eso la volvía casi más temible. Podías odiar una emboscada.

Podías incluso preverla. El bosque, en cambio, no pretendía nada que se pareciera a una intención humana.

—Dijiste ayer que habías visto arbustos señuelo y agua que ya no debería tocar nadie —continuó Daro—. Quiero detalles, no frases.

Lemn aceptó la exigencia sin ofenderse.

—Los arbustos aparecieron primero en una ruta del suroeste.

Pensamos que era sugestión, la clase de tontería que ve un hombre cansado donde solo hay ramas caídas.

Luego perdimos a uno. Vio a lo lejos a un niño sentado junto a una zanja.

Le gritamos que no bajara. Bajó igual. La forma estaba compuesta por ramas flexibles, hojas pardas y una masa de flores cerradas donde parecía haber una cabeza.

Cuando llegó a dos pasos, la base del arbusto se abrió como una corona invertida.

Había fibras de anclaje debajo y un centro de espinas blandas.

No murió allí, pero no conseguimos sacarlo entero.

Nadie habló. A Mara le molestó comprobar que parte de su mente intentaba construir la escena con demasiada claridad.

—¿Y el agua? —preguntó Daro.

Lemn desvió un instante la vista hacia el este, como si el mero hecho de volver a nombrarlo bastara para situarlo en un mapa interior.

—Canales donde los bordes dejaron de pudrirse y empezaron a cerrarse.

Acequias con brillo de aceite pero sin olor.

Charcas donde las raíces ya no se quedan en la orilla, sino que flotan y vuelven a hundirse.

En un tramo vi algo peor. Ombroles parcialmente sumergidos junto a una corriente lenta.

No eran simples cuerpos atrapados. El agua les subía y les bajaba por encima sin que la estructura se deshiciera. Parecían... alimentados.

La palabra cayó pesada. Elen entrecerró los ojos.

—Eso no tiene sentido.

Lemn la miró por primera vez con verdadera atención.

—Lo tiene si el agua ya no es solo agua o si ciertas formas integradas han desarrollado otra estabilidad. No digo que lo entienda. Digo que lo vi.

—¿Cuántos ombroles? —preguntó Mara antes de pensar si debía hacerlo.

Todos la miraron. Lemn también. La observó un segundo apenas más largo de lo normal, como si calibrara no solo la pregunta, sino a quien la formulaba.

—Tres seguros. Quizá cuatro. Uno pequeño.

El estómago de Mara se tensó sin saber aún por qué. No conocía a la hermana, no llevaba semanas buscándola, pero la precisión del adjetivo pequeño hizo que la historia dejara de sonar abstracta. Lemn bajó la vista un instante, y ese gesto le reveló algo más que cualquier explicación.

—¿Era por eso por lo que ibas hacia el norte? —preguntó Daro.

—Por eso y por lo que me dijeron en Arven.

Un viajero, Irvel, vio hace semanas a una chica cruzando con otra gente la linde de campos hondos.

No pudo jurar que fuera mi hermana. Dijo que llevaba una cicatriz bajo el mentón y que caminaba todavía recta.

También dijo que unos días después, en otra ruta, alguien hablaba de un ombrol reciente, más pequeño de lo habitual, demasiado humano aún.

Daro cruzó una mirada rápida con Elen. Mara registró el nombre: Irvel. No le sonaba, pero la forma en que Lemn lo dijo no era la de quien confía de verdad en su fuente. Era la de quien se aferra a la única que le queda.

—¿Y por qué sigues creyendo que puede ser ella? —preguntó Elen con una frialdad que no buscaba herir, sino medir.

Lemn respondió sin vacilar.