Capítulo 3. Lo que no se come #4
—Entonces importa que he evitado tres acequias, dos campos con red activa y un tramo de agua que ya no debería tocar nadie.
Importa que en el camino del sur tenéis arbustos haciéndose pasar por personas heridas y que al otro lado de vuestra muralla este ámbar dulce os va a traer problemas más rápido a los hombres que a las tablas.
Importa que una chica de unos quince años, morena y con una cicatriz bajo el mentón, fue vista hace semanas en dirección a los campos hondos del norte...
y que me dijeron que quizá para entonces ya era un ombrol.
La plaza quedó quieta.
Mara no conocía aún la historia completa de aquella hermana ni sabía que el nombre Lía todavía no había entrado en la respiración del asentamiento.
Pero vio el efecto de las palabras. No tanto en Daro, que las recibió como recibe todo: calculando, desconfiando, almacenando.
Lo vio en el propio Lemn, en la rigidez casi imperceptible con que sostuvo la última frase, como si cada sílaba le costara una herida vieja.
No parecía un hombre venido a intercambiar noticias sin más.
Parecía uno que llevaba demasiado tiempo caminando detrás de una posibilidad insoportable.
—El agua —dijo Daro después de un momento— se te dará fuera del perímetro. Las noticias, quizá. El resto dependerá de que podamos fiarnos de ti.
Lemn no bajó la mirada ni intentó mostrarse humilde.
—No necesito que os fiéis de mí. Necesito saber si alguien aquí ha visto algo de ella. O del camino que lleva a los campos hondos sin acabar dentro de una planta.
Ese modo de hablar habría irritado a muchos. A Mara, sin embargo, le sonó menos arrogante que agotado. Como si ya hubiera perdido demasiado tiempo en lugares donde la cortesía servía solo para retrasar la verdad.
Daro ordenó que le llevaran agua al puesto exterior de espera.
La entrevista formal seguiría después, cuando se decidiera si permitían acercarlo más.
La gente empezó a dispersarse con esa torpeza de quienes quieren aparentar normalidad después de que algo importante haya alterado el centro de la jornada.
Mara se quedó todavía un momento mirando al hombre desde la pasarela lateral.
Él había bebido ya el primer cuenco sin avidez, con pausas medidas, y ahora mantenía la vista fija no en la muralla ni en los rostros de quienes lo observaban, sino en el terreno entre sus botas, como si continuara evaluando riesgos incluso inmóvil.
Había hombres que llegaban a los asentamientos con el deseo infantil de descansar un poco dentro de cualquier cerca.
Aquel parecía incapaz de entregar por completo el peso a un lugar ajeno.
—No te quedes clavada —dijo Elen a su lado.
Mara no la había oído acercarse.
—Ha nombrado el agua.
—Y el ámbar. Y los arbustos. Demasiado bien informado para gustarme.
—O justo lo necesario.
Elen siguió la dirección de su mirada.
—Los hombres que más saben llegar vivos desde lejos suelen traer una de dos cosas: información valiosa o desgracia adherida. A veces ambas.
Mara guardó silencio. Abajo, Lemn levantó por fin la cabeza y, solo durante un instante, sus ojos se alzaron hasta la línea de la plataforma donde ella y Elen estaban.
Fue una mirada rápida, de reconocimiento del entorno más que de interés.
Aun así, Mara notó algo extraño. No una emoción concreta.
Más bien la sensación de que aquel hombre no veía un asentamiento, sino un mapa de posibilidades y pérdidas. Luego él apartó la vista.
El resto del día transcurrió bajo el doble peso de la comida traicionera y la presencia del viajero.
Serit siguió viva. Felen empeoró un poco.
Las pruebas alimentarias continuaron dando resultados ambiguos suficientes para mantener a medio Vardel con ración reducida y el otro medio con el miedo atragantado.
Las espigas venenosas quedaron aisladas.
En la acequia del este la película irisada aumentó, y desde la torre aseguraron haber visto un movimiento largo bajo el agua que no encajaba con raíces flotantes ni con ninguna criatura conocida.
Nadie quiso hacer de eso un tema central todavía, porque el asentamiento ya tenía bastante con lo que estaba ocurriendo en tierra firme.
Pero la inquietud empezó a cambiar de lugar.
Ya no bastaba con mirar flores, raíces o arbustos. También el agua reclamaba atención.
Al anochecer, cuando Mara regresó a su casa con una ración mínima y la cabeza cargada de observaciones, tuvo la sensación incómoda de que Vardel acababa de cruzar una frontera que no dependía de una sola mutación.
Hasta entonces las reglas podían tensarse, ampliarse, remendarse.
Ahora empezaban a quedarse cortas en varios frentes a la vez.
El alimento requería nuevas pruebas. El aire ya no era neutral ni dentro de la cerca.
El agua insinuaba otro peligro. Los arbustos habían aprendido a imitar la compasión.
Y un hombre llamado Lemn había llegado cargando una búsqueda que sonaba demasiado concreta para ser casualidad.
Mara se tumbó tarde, exhausta y todavía hambrienta, y mientras escuchaba fuera el relevo de vigilancia y el eco amortiguado de una conversación que no logró distinguir, pensó en la frase que más repetían las mujeres viejas cuando algo cambiaba demasiado deprisa: la tierra no avisa dos veces del mismo modo.
Hasta hacía poco le parecía una exageración fatalista.
Esa noche, en cambio, le sonó a simple descripción.