Capítulo 3. Lo que no se come #3
Nadie replicó a eso.
La reunión se disolvió sin calma. Mara acompañó a Elen de vuelta a la nave de revisión y durante unos minutos trabajaron en silencio.
Afuera, el asentamiento mostraba los signos típicos del miedo alimentario: conversaciones más cortas, más manos quietas alrededor de cuencos, gente oliendo dos veces una misma ración antes de llevarla a la boca, madres probando primero cualquier cosa destinada a los niños, hombres más irritables, ancianos más atentos a las palabras que usaban los demás para nombrar lo que estaba ocurriendo.
Cuando el alimento se volvía sospechoso, no solo se tensaba el cuerpo: se estrechaba la confianza.
Había ocurrido antes. Bastaban dos incidentes seguidos para que cualquier vecino empezara a preguntarse si la mujer que había cocinado había visto de verdad el cambio en la masa o había preferido callar por hambre.
En situaciones así no hacían falta malvados, solo cansancio, necesidad y error.
—La van a culpar a ella por la torta —dijo Mara de pronto.
Elen no preguntó a quién.
—No si Daro lo evita.
—Daro no puede evitar lo que la gente piensa cuando mastica con miedo.
Elen dejó el cuchillo y se frotó la base de la muñeca.
—La escasez vuelve moral lo que solo era desgracia. Es más fácil odiar a quien mezcló una harina que aceptar que el saco cambió sin avisar. Pero si empiezan a buscar culpables donde solo hay mutación, se romperán por dentro antes de que lo haga el bosque.
Mara bajó la vista al cuaderno abierto. En uno de los márgenes, junto a una lista de raíces descartadas, alguien había escrito años atrás: El hambre no mata solo por falta.
También por lo que obliga a creer de los otros.
Aquella frase le pareció entonces demasiado adulta para comprenderla. Ahora ya no.
Poco después llegó la noticia de que Serit seguía viva.
Tenía fiebre y dolor, pero respiraba con regularidad.
Felen, en cambio, había empezado a notar pinchazos bajo la lengua y una sensación extraña en las encías.
No podían saber si se trataba de reacción residual del vómito o del inicio de otra alteración.
Elen fue a verlo. Mara la siguió. En la habitación aislada, el muchacho permanecía sentado, rígido, mirando una palangana con agua como si esperara encontrar en ella una respuesta. Al acercarse, apartó la vista.
—Enséñame la boca —ordenó Elen.
Felen obedeció. Bajo la lengua se apreciaban tres puntos blanquecinos, apenas levantados.
—No parecen úlceras —murmuró Mara.
—No —dijo Elen.
Tocó con una espátula de madera uno de los puntos. Era duro.
—No tragues saliva si puedes evitarlo —dijo al chico.
—¿Cómo voy a evitar eso?
—Escupe. Y no te toques con las manos.
Él cerró los ojos.
—Voy a acabar como ella.
Nadie respondió. La diferencia entre consolar y mentir era demasiado estrecha allí dentro.
Al salir, encontraron a Daro en el pasillo. Tenía mala cara, pero no cansancio, sino esa clase de preocupación que empieza a parecerse a la irritación porque el cuerpo necesita alguna dirección donde descargarla.
—Hay otra cosa —dijo.
Elen no tuvo paciencia.
—Espero que no sea una tercera.
—Desde la torre han visto a un hombre en el camino alto del sur. Solo uno. Viene despacio.
Mara notó el cambio inmediato en el aire entre los tres. Un viajero en una semana como aquella podía ser ayuda, información o un problema más. Lo habitual era todas a la vez.
—¿Lo conocen? —preguntó Elen.
—No desde la torre. Lleva carga ligera. Va armado. Y ha bordeado la acequia del sur sin acercarse a las figuras.
Eso llamó la atención de Mara. Quien no conociera la nueva mutación habría podido confundirse y bajar a mirar.
—Entonces no es un necio —dijo.
Daro la observó un instante.
—O ya ha visto algo parecido antes.
La llegada de un extraño nunca pasaba inadvertida en Vardel.
Se reforzó la vigilancia, se despejó el acceso elevado y se preparó el protocolo habitual: distancia, preguntas, revisión visual, intercambio limitado hasta decidir si se le permitía entrar al perímetro de espera o se le daba agua y se le enviaba a otro lado.
Mara no fue llamada al primer recibimiento, pero desde una plataforma lateral pudo observar el movimiento general.
El hombre tardó en hacerse visible con claridad.
Cuando por fin apareció entre los restos de una antigua arboleda vencida por lianas nuevas, vio que caminaba con economía de fuerza, no porque estuviera exhausto, sino porque había aprendido a no regalar ningún movimiento.
Llevaba una capa corta encerada, ropa de viaje cosida y recosida y un arma larga a la espalda que no parecía nueva ni ornamental.
No era joven del todo, aunque tampoco mayor.
La distancia impedía ver bien la cara, pero había algo en su forma de detenerse cada pocos pasos, de mirar el suelo antes que el cielo y de mantener el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, como quien se niega a exponerse completo al terreno, que hizo pensar a Mara en alguien habituado a zonas profundas.
El hombre se detuvo a la distancia exigida por Daro y alzó las manos vacías sin teatralidad.
—Busco paso, agua y noticias —dijo, con la voz áspera de quien habla poco durante días.
Daro respondió desde la plataforma principal.
—Agua tendrás. Paso dependerá de lo que traigas contigo.
—Nada vivo que yo sepa. Nada que quiera quedarse más que yo.
Algunas personas habrían intentado bromear para rebajar tensión. Aquel no.
—Nombre.
—Lemn.
El nombre no significó nada para Mara. Aún no. Pero algo en la forma en que lo pronunció, sin adornarlo, sin pedir nada con él, le dejó una impresión difícil de explicar. No era simpatía. Era una clase de firmeza gastada.
Daro siguió el protocolo.
—¿De dónde vienes?
—De la línea baja de secanos muertos. Antes, de Arven. Mucho antes, no importa.
—Aquí importa casi todo.
Lemn alzó apenas la barbilla.