VENENO Y ESPINAS Capítulo 3. Lo que no se come #2
9%

Capítulo 3. Lo que no se come #2

Le cortaron la camisa con cuidado. Sobre la piel sudada del abdomen bajo aparecían unas líneas finas, pálidas aún, apenas perceptibles, que no seguían la musculatura ni la tensión natural del cuerpo.

Parecían dibujos hechos desde dentro con la punta romas de pequeñas raíces.

Mara sintió que el estómago se le cerraba.

—No —dijo Felen desde el cubo, mirando sin querer.

Una de las mujeres se santiguó casi sin darse cuenta.

No era la primera vez que se veían alteraciones en piel tras ingerir ciertos compuestos, pero aquello no tenía el aspecto habitual.

No había ronchas, ni enrojecimiento, ni la red morada de algunas intoxicaciones sanguíneas.

Era algo más preciso, más vegetal, como una guía de crecimiento trazada en el mapa íntimo de la carne.

Elen respiró por la nariz y tomó una decisión con esa frialdad que en Vardel separaba a los útiles de los enterrados.

—Preparad fuego pequeño. Cuchillo fino. Alcohol viejo.

Daro giró la cabeza.

—¿Piensas cortarlo?

—Pienso intentar sacar lo que esté buscando sitio antes de que perfore por donde quiera.

—Eso puede matarla.

—Esto también.

No hubo discusión real porque todos entendieron lo mismo: la diferencia ya no estaba entre riesgo y seguridad, sino entre dos formas de probabilidad.

Mara ayudó a preparar lo necesario. Las manos le funcionaban con una precisión extraña mientras la cabeza iba por detrás, resistiéndose a aceptar lo que veía.

A su alrededor, el asentamiento seguía despertando.

Afuera había voces, reparto de agua, una puerta batiendo, pasos sobre pasarela.

La vida insistía incluso a pocos metros de un cuerpo que quizá estaba a punto de convertirse en otra cosa por haber comido pan.

Aquello era lo más insoportable del mundo nuevo: no solo obligaba a temer lo extraordinario, sino que contaminaba lo cotidiano.

El amor, el sueño, la sed, la comida, el simple impulso de tender la mano a una forma caída en el camino.

Todo venía ahora con instrucciones ocultas.

El procedimiento fue rápido y brutal. Elen hizo beber a Serit dos sorbos de una infusión narcótica que casi nunca alcanzaba para mucho y le pidió que apretara una tira de cuero entre los dientes.

Daro sujetó un hombro. La otra mujer, las piernas.

Mara sostuvo la lámpara. Cuando el cuchillo entró en el costado bajo, Serit lanzó un alarido breve que murió enseguida en la mordida del cuero.

No fue una apertura grande. Solo lo suficiente.

Elen palpó, apartó tejido y durante un segundo Mara no vio nada salvo sangre oscura y la mano de la mujer moviéndose con decisión.

Luego apareció. Una estructura blanquecina, fina y húmeda, más rígida que una tripa, menos que una raíz hecha y derecha, asomó entre la herida como si el cuerpo hubiera empezado a cultivar algo ajeno con una obediencia intolerable.

Elen la atrapó con pinzas de hierro y tiró.

No salió de golpe. Ofreció resistencia. Parecía anclada más adentro por filamentos.

Cortó uno. Tiró de nuevo. La cosa salió entonces con un sonido viscoso y repugnante, dejando tras de sí dos hilillos más que Elen también seccionó antes de que se retrajeran.

Nadie habló. El único ruido era la respiración rota de Serit.

La estructura, puesta sobre la bandeja metálica, medía poco más que un dedo y tenía nudos diminutos a lo largo, como si aspirara a ramificar.

Felen vomitó otra vez.

—¿Hay más? —preguntó Daro con la voz baja y áspera.

Elen examinó la herida y luego el abdomen.

—No lo sé. Puede haber microfilamentos. Puede que no. Si no ha perforado nada, tiene una posibilidad. Si ha sembrado más... ya veremos.

—¿Qué demonios era eso?

—Lo que pasa cuando dejamos de distinguir entre alimento y sustrato.

La respuesta no aclaró nada y, aun así, era la más honesta posible.

Serit no murió en ese momento. Eso, en Vardel, contaba como esperanza.

La vendaron, la llevaron a una habitación aislada y dejaron a una mujer de guardia.

Felen quedó también bajo observación, con el estómago vacío, los labios agrietados y la mirada perdida en un punto que ya no estaba en la habitación.

Daro ordenó inmovilizar todo el lote relacionado con aquella torta, revisar el saco diecisiete completo y destruir cualquier mezcla hecha con el espesante sospechoso.

La noticia no tardó en correr. A la hora en que el sol asomaba ya por encima de las estructuras altas, medio asentamiento sabía que una mujer había tenido que ser abierta por dentro a causa del pan.

Nadie necesitó adornar el relato. Bastaba con la base.

En un lugar donde la comida era escasa, la mera idea de que el horno pudiera fijar una mutación en vez de neutralizarla hundía un poco más el suelo bajo todos.

Las consecuencias fueron inmediatas. Las despensas quedaron cerradas durante parte de la mañana para revisión completa.

Se redujeron raciones hasta nuevo aviso, no por castigo, sino por miedo.

Elen reunió a tres personas de confianza y empezó a reexaminar harinas, raíces secas, espesantes y legumbres.

Mara estuvo con ella durante horas, anotando cambios, cortando muestras, removiendo en agua tibia, observando.

Descubrieron que dos recipientes más presentaban la misma clase de filamentos latentes, aunque en menor concentración.

En uno, el origen parecía ser una raíz pulverizada que había mutado tras pasar una noche junto a un saco con grietas húmedas.

En otro, una mezcla de harina y polvo de legumbre había reaccionado a la cercanía de un lote de espigas recogidas cerca de un canal abandonado.

Las espigas no se habían usado aún, pero bastó encontrarlas para que Elen las apartara con gesto helado.

Tenían las barbas demasiado rígidas y un brillo tenue en las puntas.

—No las toquéis sin guantes —ordenó.

—¿Crees que son las mismas de las que se habla en la ruta baja? —preguntó Mara.

Elen no apartó los ojos del manojo.

—Las espigas que pinchan y luego brotan espinas en la carne.

—Eso pensaba que era exageración.

—Todo parece exageración hasta que te obliga a aprender otra palabra.

La leyenda —si aún podía llamarse así— circulaba desde hacía meses entre viajeros y asentamientos aislados.

Personas que, tras pincharse con ciertas espigas secas en apariencia inofensivas, desarrollaban primero inflamación dura bajo la piel y luego pequeñas espinas venenosas a lo largo de antebrazos, clavículas o espalda.

Algunos morían por fiebre, otros por infección, otros por el mismo veneno si una de las púas se quebraba al crecer.

Había quien aseguraba haber visto a supervivientes capaces de usar esas espinas como defensa, pero Elen desconfiaba de las historias que convertían una desgracia en ventaja sin precio.

Aun así, las puntas de aquel manojo no le gustaron a nadie.

A media mañana, Daro convocó una reunión breve con los encargados principales y con dos testigos del incidente.

Mara acudió por orden suya, aunque cada vez le resultaba más evidente que su presencia en esas reuniones no tranquilizaba a todos.

Habían colocado una mesa en la plaza cubierta, y sobre ella, separados en bandejas distintas, estaban la porción de torta contaminada, la estructura extraída del cuerpo de Serit y el manojo de espigas apartadas.

Nadie quería mirar demasiado tiempo ninguna de las tres cosas.

—No vamos a soportar otra semana como esta si además perdemos reservas —dijo Narel.

—Tampoco la soportaremos si nos comemos lo que queda sin revisar —contestó Elen.

Tob, con la mano vendada y el rostro apagado, asistía apoyado contra un poste. No debería haber estado allí, pero al parecer se había negado a seguir tumbado. Daro lo dejó permanecer siempre que no opinara sin que se lo pidieran.

—Quiero saber si esto viene del este o si ya lo teníamos dentro —dijo Daro, señalando la torta con el mentón.

—No lo sé —replicó Elen—. Y nadie debería fingir que lo sabe.

La composición cambiante de la vegetación no funciona como una sola plaga con una dirección única.

A veces el problema nace fuera y entra por aire, agua o intercambio.

A veces muta dentro, por almacenamiento, proximidad o mezcla.

Lo que sí sé es que el ritmo se está acelerando.

—Lo mismo dijiste ayer del polen.

—Y hoy lo confirmo del alimento.

Uno de los hombres de almacén carraspeó.

—Las mujeres viejas dicen que cuando el agua toma colores que no son del cielo ya no se debe moler nada durante tres días.

Narel bufó, pero nadie se rió.

—También dicen —añadió el hombre— que si la harina amanece más pesada que al acostarla, ya no es harina, aunque siga pareciéndolo.

—Eso no es exactamente una superstición —dijo Elen—. Es experiencia mal explicada.

Mara se fijó en la reacción de Daro. Lo desesperaba depender de frases nacidas del miedo colectivo, pero llevaba demasiado tiempo vivo para despreciar del todo aquello que el miedo había ayudado a conservar.

En muchos casos, las supersticiones no eran un pensamiento contrario a la observación, sino la forma más rápida de transmitir un patrón sin disponer de teoría suficiente para defenderlo.

Nadie sabía describir con lenguaje preciso por qué algunas mezclas alimenticias cambiaban cuando dormían cerca de agua inestable, pero la frase no muelas tres días después de que el agua enferme cumplía la misma función práctica.

En un mundo que se transformaba más deprisa que la capacidad humana para entenderlo, la sabiduría sobreviviente adoptaba atajos.

—Entonces la norma se amplía —dijo Daro por fin—. Suspensión de molienda hasta nueva revisión del agua del este. Nada cocido con mezcla nueva sin doble prueba. Nada recogido cerca de acequias o canales abandonados sin pasar primero por Elen.

—Eso nos deja con menos de lo que ya era poco —murmuró alguien.

—Nos deja con algo. Muertos no necesitáis ración.