VENENO Y ESPINAS Capítulo 3. Lo que no se come
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Capítulo 3. Lo que no se come

La conmoción empezó antes del alba, pero no como empiezan las alarmas verdaderas, con gritos o golpes, sino con ese movimiento espeso de la gente que intenta no hacer ruido y por eso mismo altera más el aire que si corriera.

Mara abrió los ojos cuando todavía no había luz suficiente para distinguir bien los nudos de la madera del techo y supo, por la clase de pasos que sonaban fuera, que no se trataba de un relevo normal ni de otra revisión en la puerta menor.

Había una urgencia contenida, no hacia la muralla este, sino hacia el área de almacenamiento.

Se incorporó enseguida, se calzó sin atarse del todo las botas y salió con el filtro aún colgando del cuello.

El asentamiento estaba sumido en esa penumbra gris que antecede al amanecer y en la que las pasarelas, los techos unidos por cuerda, los depósitos cubiertos y los perfiles humanos se vuelven provisionales, como si todo hubiese sido levantado durante la noche por manos cansadas y pudiera desmontarse con la misma facilidad.

Dos hombres cruzaron a toda prisa llevando una lámpara protegida.

Elen ya estaba despierta, avanzando hacia las despensas con el pelo mal recogido y una expresión tan cerrada que Mara no necesitó preguntar para saber que algo había salido mal con la comida.

En Vardel no se almacenaba nada sin más.

Cada lote recibido, limpiado o secado se clasificaba por fecha, origen, reactividad observada y compatibilidad con otras reservas.

Había alimentos que podían guardarse juntos y otros que jamás debían compartir recipiente porque fermentaban de forma extraña al contacto, incluso separados por tela.

Las vainas de cáscara lisa alteraban algunos tubérculos en cuestión de horas.

Ciertas raíces dulces resultaban estables solo si dormían junto a cal seca.

Las hojas con savia clara nunca se apilaban con frutos oscuros, y el trigo viejo, escaso y valiosísimo, debía mantenerse lejos de cualquier brote reciente porque ya se había dado el caso de que una espora casi invisible bastara para cambiar la harina y volverla amarga primero, luego narcótica y por fin mortal.

Las supersticiones sobre el alimento nacían de esos mismos fracasos, aunque luego adoptaran forma de sentencia.

No mezcles lo que crece rápido con lo que tarda en pudrirse.

No guardes semillas junto a agua callada.

Si una legumbre huele a nuez, tírala. Si una fruta cortada parece tener venas, entiérrala.

Si duda la lengua, no insista el hambre.

Los niños aprendían primero esas frases y después las letras.

Cuando Mara llegó a la nave baja donde se conservaban los lotes más delicados, encontró a Daro, Elen, dos mujeres del turno de noche y un muchacho encogido junto a la pared con las manos sobre la boca.

El aire olía a harina húmeda, a vinagre y a algo más, una nota dulzona y pútrida que recordó de inmediato la podredumbre interior de ciertos frutos descartados.

Sobre una mesa habían extendido varias tortas de pan plano cocidas la víspera con una mezcla de harina vieja, raíz seca pulverizada y un espesante vegetal seguro según el registro de la semana anterior.

Dos estaban intactas. Una tercera había sido partida por la mitad.

A su lado, una mujer de nombre Serit se retorcía tumbada sobre una manta, sin gritar porque el dolor le había dejado la voz atrapada en dientes y garganta.

Mara la conocía de vista: trabajaba remendando filtros y cosiendo cierres de lona, tenía una hija pequeña y era de esas personas silenciosas que parecen ocupar menos espacio del que en realidad sostienen.

Ahora llevaba el rostro empapado en sudor y las manos crispadas alrededor de su propio vientre.

La tela de la camisa, a la altura del abdomen, subía y bajaba con sacudidas tan violentas que parecía que algo intentara empujar desde dentro.

—¿Qué ha comido? —preguntó Mara, y al hacerlo se sintió casi culpable, como si nombrar el acto lo volviera más irreversible.

Elen no apartó la vista de Serit.

—Media torta y un trozo pequeño de bulbo hervido. El bulbo lo comimos todas. La torta solo ella y Felen.

El muchacho junto a la pared alzó la cabeza. Era Felen, aprendiz de vigilancia nocturna, no más de diecisiete años, pálido hasta en los labios.

—Yo solo he mordido un poco —dijo.

—Y ya has vomitado —repuso Daro—. Siéntate y no toques nada más.

Mara miró la torta partida. No presentaba manchas obvias, ni moho visible, ni el brillo aceitoso que a veces delataba fermentación anómala.

Parecía simplemente pan oscuro, más denso de lo deseable y peor cocido en el centro.

Pero eso no significaba nada. Muchos de los cambios mortales eran internos, de composición, no de apariencia.

En los primeros años de la transformación vegetal todavía había quien confiaba en el ojo y el olfato heredados de un mundo más estable; los enterraron casi todos.

Después se aprendió a observar procesos y no solo superficies.

Cortar, esperar, exponer al aire, mezclar una miga con agua y ver si se tensaba, acercarla a piedra porosa, mirar si liberaba un residuo filamentoso, comprobar cómo reaccionaba la saliva de un insecto de prueba si aún quedaba alguno capturable y sano. Ni siquiera eso bastaba siempre.

Serit arqueó el cuerpo con tanta fuerza que una de las mujeres tuvo que sujetarle los hombros.

—No puedo —jadeó—. No puedo, no puedo...

Elen se inclinó sobre ella.

—Mírame. ¿Dónde duele?

Serit no respondió de inmediato. Las palabras parecían llegarle desde muy lejos.

—Como... como si se moviera.

La frase dejó un silencio repugnante en la nave.

Mara sintió un escalofrío. Había oído descripciones parecidas.

Algunas acababan en perforación intestinal por tejidos cristalizados.

Otras en contracciones nerviosas que hacían creer al enfermo que tenía algo vivo dentro.

Las peores, sin embargo, se vinculaban a semillas reactivas o microestructuras latentes que, al combinarse con calor corporal y humedad interna, no se limitaban a intoxicar, sino que intentaban iniciar procesos de crecimiento imposibles. La mayoría morían antes. Algunos no.

—¿La harina era del saco diecisiete? —preguntó Daro.

Una de las mujeres asintió.

—Se revisó dos veces.

—¿Y la raíz seca?

—Lote del oeste, de hace cuatro días. No dio cambio.

Elen se volvió hacia Mara.

—Trae el cuaderno de reacciones y la bandeja de corte. La grande.

Mara obedeció enseguida. Mientras cruzaba la sala pequeña contigua, donde se guardaban los registros protegidos de la humedad en cajones de madera con ceniza al fondo, no pudo evitar pensar en lo del agua y la película irisada de la acequia.

Todo parecía estar llegando a Vardel por distintos caminos y a ritmos diferentes, pero en una misma dirección: el aire, el alimento, las formas del borde del campo, la atención desviada de algunos hombres hacia el este.

Nada de eso tenía por qué estar directamente relacionado, y sin embargo el asentamiento había aprendido a desconfiar precisamente de las coincidencias repetidas.

Si varias cosas cambiaban a la vez, lo peor que podía hacerse era tratarlas como hechos aislados.

Cuando regresó, Elen ya había provocado el vómito a Felen con agua salada y una infusión amarga de uso extremo.

El joven lloraba de vergüenza y dolor, inclinado sobre un cubo.

Serit, en cambio, no expulsaba nada. Su vientre seguía contrayéndose de manera espasmódica.

Daro había apartado la torta en una tabla independiente.

Mara colocó el cuaderno y la bandeja. Elen se lavó las manos con vinagre rebajado, tomó un cuchillo limpio y abrió la torta con precisión, no para partirla, sino para estudiar su interior.

La miga central tenía un color ligeramente más oscuro que la corteza, pero eso tampoco era raro.

Lo inquietante fue otra cosa: al separar con la punta del cuchillo una porción húmeda, aparecieron dentro minúsculas vetas pálidas, casi transparentes, como filamentos vegetales sin terminar de formarse.

—No estaba así al amasarla —dijo una de las mujeres con un hilo de voz.

—Ya no importa cómo estaba —respondió Elen.

Tocó uno de los filamentos con la hoja. No se deshizo. Se estiró un poco y volvió a retraerse.

Nadie habló durante un momento.

Mara recordó una anotación leída años atrás, copiada de otro asentamiento del norte: Nunca uses para harina de mezcla tubérculos que hayan pasado más de dos noches cerca de legumbre abierta.

A veces el calor del horno no mata. A veces despierta.

Entonces creyó que se refería a toxinas, o a un modo figurado de nombrar la fermentación.

Ahora, viendo aquellos hilos translúcidos dentro de una torta cocida, comprendió que quizá quien escribió eso había visto exactamente lo mismo.

—Despierta en calor húmedo —murmuró Elen, casi para sí.

—¿Qué? —dijo Daro.

—No es una toxina simple. Es estructura latente. Algo del espesante, de la raíz o de la harina ha cambiado composición al mezclarse. El horno no lo ha destruido. Solo lo ha fijado. Dentro del cuerpo vuelve a activarse.

Felen emitió un gemido y abrazó el cubo.

—Yo no... apenas he comido...

—Por eso quizá vivas —replicó Elen con una dureza práctica que no pretendía consolar.

Serit volvió a retorcerse. Esta vez lanzó un sonido breve, roto, y apretó las piernas instintivamente. Mara se fijó en que una de sus manos buscaba no el vientre, sino el costado inferior, como si el dolor irradiara también hacia los flancos. Elen lo vio.

—Hay que abrir la tela.

Daro frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Para ver si está reaccionando piel o solo interior.