Capítulo 2. No tocar #3
Pero ni siquiera su escepticismo sonó entero.
Porque todos habían entendido la lógica posible detrás de aquella mutación.
Si la vegetación había aprendido a atraer con olor, a detectar con raíces y a abrir carne con polen, ¿por qué no iba a aprender también a convocar la compasión?
Los ecosistemas no tenían intención moral, se repetían en Vardel para seguir conservando cierta cordura.
Seleccionan lo que funciona. Si parecer una persona herida hacía acercarse a una persona real, aquello terminaría ocurriendo más veces.
Sin maldad. Sin piedad. Solo por eficacia.
Y precisamente esa falta de maldad humana era lo que volvía el horror más difícil de odiar y más imposible de razonar.
Mara pasó el resto de la mañana entre órdenes cruzadas.
Se revisaron todos los protocolos de salida.
Se cambiaron las rutas de recolección de dos días.
Se prohibió terminantemente aproximarse a cualquier formación vegetal que recordara una figura humana sin inspección desde altura.
Se desempolvaron notas antiguas sobre plantas señuelo copiadas de asentamientos lejanos.
Una mencionaba arbustos articulados por fibras internas que, bajo la presión adecuada, imitaban la caída de un hombro.
Otra hablaba de masas ribereñas que, al atardecer, retenían agua en cavidades y la dejaban caer gota a gota para simular lágrimas sobre una cara vegetal.
Otra, todavía más inquietante, sugería que algunas mutaciones no se limitaban a imitar el aspecto, sino el sonido húmedo de una respiración agónica al pasar el viento entre cañas deformadas.
Nadie podía verificar ya el origen de esas notas.
Aun así, se leían con la atención que se reserva a las cosas que una quiere negar sin atreverse del todo.
Durante el mediodía, mientras ayudaba a trasladar bidones a una zona interior por si el este empeoraba, Mara reparó en un detalle que la inquietó más que el accidente de Tob.
Dos hombres jóvenes del asentamiento, que no habían salido ni olido de cerca el rezume, parecían distraídos de una forma semejante a la que Narel había mostrado brevemente la víspera.
No era estupor ni fiebre. Era una atención floja tirando hacia la muralla oriental, como si el cuerpo quisiera orientarse solo en esa dirección cuando la conversación se apagaba.
Uno de ellos incluso se había quedado parado con un cubo vacío en la mano, mirando una tabla sin verla. Mara lo comentó a Elen.
—Puede ser sugestión —dijo la mujer.
—O puede que el olor llegue más de lo que creemos.
—También.
—¿Y si la puerta menor no basta?
Elen contempló un momento la actividad de la plaza.
—Basta para madera y metal. Nunca ha bastado para aire.
La frase se le quedó a Mara dentro. Toda la arquitectura de Vardel descansaba sobre la ilusión necesaria de que aún se podían trazar fronteras entre un dentro fatigado pero humano y un fuera exuberante y hostil.
Sin embargo, olían, respiraban y comían un mundo que ya no distinguía tanto entre ambos lados de la empalizada.
Por la tarde, Tob empeoró durante un tiempo y luego se estabilizó.
Le subió una fiebre baja, le tembló el antebrazo y dijo sentir pinchazos que le corrían hasta el codo como pequeñas agujas enterrándose desde dentro.
Elen le abrió la venda una sola vez para comprobar si las grietas seguían extendiéndose.
No lo hacían. Eso fue, por el momento, una victoria miserable pero suficiente.
Daro permitió entonces que lo llevaran a una habitación aislada en la zona media, con vigilancia rotatoria.
Nadie dijo en voz alta la palabra infección.
No hacía falta. Cada vez que alguien sufría una exposición fuerte, la verdadera pregunta no era si dolería, sino en qué quería convertirse ese dolor.
Al caer la tarde, una lluvia corta amenazó desde el oeste y murió antes de llegar.
Las nubes dejaron, eso sí, más humedad en el aire y con ella otro cambio.
Desde la torre avisaron de un brillo nuevo en los canales de riego antiguos, justo donde la acequia cruzaba hacia la parte baja de los campos.
No era rezume de ámbar. Era otra cosa: una película irisada sobre el agua estancada, demasiado viva en color para ser simple suciedad.
Daro mandó anotar la observación sin comentarla al resto.
Mara lo supo porque estaba junto a la escalera cuando el aviso bajó y vio cómo el líder apretaba los labios al oírlo.
Agua y mutación nunca habían hecho buen pacto.
En los últimos años se habían visto algas filamentosas que cortaban la piel en contacto prolongado, flores de charca cuyos bulbos bajo el agua liberaban toxinas al romperse y masas blandas, mitad raíz mitad hongo, capaces de adherirse a madera mojada y pudrirla en una semana.
Pero la expresión de Daro fue de un miedo más específico, más nuevo.
Como si el este no bastara ya para preocuparlo.
Esa noche, después de la cena escasa y silenciosa, Mara subió sola a una de las plataformas altas desde donde podía verse la franja oriental sin acercarse demasiado.
Le gustaba poco estar en altura, porque la hacía consciente de cuán pequeño era el asentamiento frente al avance lento del verde.
Aun así, necesitaba aire que no oliera a casa cerrada.
El cielo estaba limpio de nubes y la luz tardía convertía el campo en una extensión irrealmente hermosa.
Las flores dispersas parecían encendidas desde dentro.
Las hojas grandes retenían el último brillo.
La acequia, parcialmente visible entre manchones de vegetación, devolvía reflejos cobrizos.
Y al fondo, casi integradas ya en la penumbra, las dos figuras arbustivas seguían allí.
Otras dos nuevas parecían haber surgido más cerca del agua.
Una erguida. Otra inclinada. Vista así, a distancia, la mutación resultaba insoportablemente persuasiva.
No imitaba solo la forma humana. Imitaba el instante humano de necesitar ayuda.
Oyó pasos detrás de sí y se tensó antes de reconocer a Elen por la forma de apoyar los pies.
—No deberías estar sola aquí arriba —dijo la mujer.
—Tampoco debería estar tranquila abajo.
Elen se colocó a su lado, sin tocar la barandilla.
—He visto la mano de Tob más veces de lo que me hubiera gustado ver ninguna mano en mi vida.
—¿Crees que se salvará?
—Hoy sí. Mañana no lo prometo. En este mundo, prometer recuperación es casi la forma más indecente de mentir.
Mara siguió mirando al este.
—Han aparecido más.
—Lo sé.
—Parecen personas de verdad.
—Eso es porque las estás mirando con ojos de persona.
Mara volvió ligeramente la cabeza hacia ella.
—¿Y con qué ojos debería mirarlas?
Elen tardó un instante.
—Con los que usas para distinguir comida de trampa.
El consejo era útil y, sin embargo, insuficiente. No era tan fácil dejar de ver humanidad cuando algo parecía haber aprendido a copiarla con tanta precisión. Elen también lo sabía.
—Cuando yo era niña —dijo tras un momento— todavía quedaban perros en la ruta alta.
Flacos, nerviosos, casi salvajes, pero perros.
Los llamábamos cuando encontraban huesos o avisaban de extraños.
Luego empezaron a desaparecer. Durante un tiempo hubo quien seguía oyéndolos por la noche.
Decían que ladraban lejos, en las huertas.
Más tarde descubrimos que ciertas cañas vacías, al quebrarse con viento húmedo, hacían un sonido casi igual.
No eran perros. Pero el cuerpo iba hacia ese sonido antes de que la cabeza pudiera negarlo.
Desde entonces no me fío de nada que me recuerde demasiado bien algo perdido.
Mara pensó en eso mientras observaba las figuras inmóviles.
—¿Y si un día no son solo parecidas?
Elen no respondió enseguida.
—Entonces tampoco habrá que tocarlas.
Abajo, en el asentamiento, una campana de metal fino marcó el cambio de turno de vigilancia.
Mara apoyó los antebrazos en la barandilla y sintió la aspereza de la madera, seca y real bajo la palma.
Era un contacto simple, casi reconfortante.
Allí seguían existiendo cosas que tocadas no cambiaban.
Pocas, pero algunas. Sin embargo, en cuanto volvió la vista al este, el sosiego se deshizo un poco.
La película brillante del agua en la acequia parecía más visible que antes, como si hubiera crecido con la caída de la luz.
Recordó la expresión de Daro al enterarse y comprendió que el asentamiento todavía no estaba mirando de frente al problema completo.
No era solo el ámbar, ni el polen, ni los arbustos señuelo.
Había algo más desarrollándose en torno al agua.
Algo que quizá no necesitara ya imitar a los vivos desde tierra firme porque podía esperar donde todos, tarde o temprano, acababan acercándose.
Esa noche soñó con una ribera llena de flores abiertas y figuras humanas inclinadas sobre el agua sin reflejo.
Soñó que una de ellas levantaba la cabeza y tenía la cara cubierta de hojas translúcidas atravesadas por venas de color vino.
Soñó también que alguien la llamaba por su nombre desde el margen opuesto, con una voz tan nítida que el dolor de no reconocerla al despertar le dejó el pecho tenso.
No fue el sueño lo peor, sino la certeza con que abrió los ojos en la oscuridad.
Antes incluso de oír los pasos apresurados fuera, antes del murmullo de voces y del golpeteo de una puerta al abrirse, ya sabía que algo había cambiado otra vez.
En Vardel, los cambios verdaderos nunca venían solos.
Primero el olor. Luego el polen. Después la forma humana prestada a los arbustos.
Y ahora el agua, aguardando su turno como si hubiera estado allí desde el principio, callada, observando cómo todos seguían considerándola todavía una frontera menor.