VENENO Y ESPINAS Capítulo 2. No tocar #2
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Capítulo 2. No tocar #2

—Hay matas que crujen como personas al respirar y otras que se abren imitando quejidos con el aire atrapado. Y últimamente se han visto peores.

—Peores cómo.

Daro abrió la puerta sin contestar. Ya fuera, mientras la claridad del día caía sobre las huertas antiguas y volvía ofensivamente hermosas las superficies húmedas, Mara comprendió a qué se refería Narel.

A unos cuarenta pasos del poste con rezume, en una zona donde los arbustos bajos habían invadido la antigua línea de acequia, algo en la vegetación componía la silueta de dos figuras inclinadas.

La primera impresión era humana. Un cuerpo arrodillado.

Otro tumbado. El color parduzco de ciertas hojas, la disposición de ramas gruesas como antebrazos y una masa clara en lo alto que, vista de lejos, parecía una cara alzada. Mara se detuvo sin querer. Tob también.

—Por todos los... —susurró él.

—No termines esa frase —cortó Daro.

Narel escupió a un lado.

—Lo dije. Peores.

No era la primera vez que veían mimetismos vegetales.

Muchas plantas habían evolucionado hacia formas de engaño más eficaces que el simple color.

Había flores que imitaban la hinchazón pútrida de la fruta madura para atraer insectos.

Lianas que, bajo cierta luz, recordaban cuerdas caídas y provocaban que alguien confiado las tomara con la mano.

Incluso ciertos tallos, al secarse, reproducían la textura aparente de un palo firme justo en zonas donde el suelo cedía y quedaba sembrado de raíces finas.

Pero aquello era más perturbador porque no imitaba materia útil, sino necesidad humana.

Una ayuda que parecía pedir ayuda. El asentamiento ya conocía rumores de arbustos señuelo en las rutas del sur: matas que desde lejos adoptaban el aspecto de hombres heridos, de niños sentados, de animales agonizantes.

Nadie sabía si se trataba de una selección real o del modo en que el terror acababa leyendo formas humanas donde solo había ramas.

Sin embargo, visto desde allí, con la luz oblicua y el silencio intacto alrededor, resultaba difícil llamarlo casualidad.

—No os separéis —ordenó Daro.

Avanzaron hasta el límite pactado. El poste con el ámbar seguía rezumando, aunque las gotas habían cambiado de posición; una se había deslizado más abajo y ahora pendía casi al borde de caer sobre la tierra.

El olor dulce estaba presente, pero menos engañoso que la víspera.

Tal vez el cuerpo ya había aprendido a temerlo.

Tal vez el cambio nocturno lo había degradado.

Mara respiró despacio a través del filtro y observó el suelo.

La red de raíces finas era más densa, sí, pero no se había extendido en todas direcciones.

Parecía concentrarse hacia la acequia vieja, justo donde estaban las figuras vegetales. Aquello la inquietó más que el rezume.

—Mira las fibras —dijo en voz baja.

Daro siguió la línea que ella señalaba.

—Lo veo.

Tob se inclinó apenas hacia delante.

—¿Van hacia esas cosas?

—No son cosas —murmuró Narel—. Son cebos.

—Llámalo como quieras y no te acerques —dijo Daro.

Entonces ocurrió lo del polen. No por torpeza evidente ni por dramatismo, sino como empiezan casi todos los accidentes verdaderos: con un gesto pequeño realizado en el segundo equivocado.

Tob, quizá por querer demostrar que no era un lastre, quizá por ese impulso juvenil de corregir el mundo con las manos antes de comprenderlo, dio medio paso lateral para tener mejor ángulo sobre las figuras de la acequia y rozó con la pernera una inflorescencia baja, cerrada hasta ese instante como una vaina arrugada junto a una piedra.

La planta reaccionó de inmediato. No se abrió entera.

Solo se tensó y expulsó una nube mínima, casi hermosa, de polvo amarillo pálido que el sol hizo visible durante un instante preciso.

Mara lo vio antes de que ninguno lo nombrara.

—Atrás —dijo, demasiado tarde.

Tob giró de golpe. El movimiento llevó la nube contra su propia mano descubierta, porque en el cambio de agarre había soltado la lanza un instante para apoyar los dedos en la pernera. El polen se adhirió a la piel húmeda del sudor. Al principio él no hizo nada. Luego inspiró con violencia.

—Me quema.

Daro le agarró el brazo por la manga y tiró hacia atrás.

—No te rasques. No te toques la cara.

Pero el cuerpo obedecía peor al dolor que a las órdenes.

Tob ya estaba apretando los dientes mientras la piel del dorso de la mano se le enrojecía a una velocidad obscena, como si el calor viniera de debajo.

Oco no estaba allí. Tenían solo agua tratada, paños y la pasta de barro alcalino de emergencia que Narel llevaba en un tubo de cuero.

Mara dio un paso hacia ellos y se detuvo.

Elen le había hecho repetir la regla. No tocar.

Daro inmovilizó la muñeca del muchacho con firmeza y Narel vertió agua a chorro fino, no por lavar del todo el polen, sino por arrastrarlo antes de que se fijara más.

Parte del polvo corrió formando pequeños hilos amarillos sobre la piel.

Allí donde pasaba, la carne se inflamaba y se cuarteaba en finísimas grietas rojizas.

Tob soltó una blasfemia ahogada.

—Mierda, mierda, mierda...

—Respira por la nariz —dijo Daro—. No bajes el filtro.

—Arde.

—Lo sé.

Narel vació casi medio tubo de pasta sobre la mano y la extendió con una espátula de madera.

—Si entra en las grietas, lo sabremos luego. Ahora calla y aguanta.

Mara observaba con el estómago duro, obligándose a no apartar la vista.

Había visto quemaduras de polen antes, pero casi siempre leves, localizadas y rápidamente tratadas.

Aquella era más agresiva porque la exposición había sido limpia y reciente.

El polvo amarillo, tan fino que parecía inocente, había encontrado inmediatamente lo que buscaba: sudor, pliegues, calor de sangre cerca.

El polen de algunas especies actuaba así, como un ácido lento adherente que no pretendía matar enseguida, sino abrir una entrada.

Nadie sabía con exactitud si siempre estaba conectado a esporas posteriores o si su función había evolucionado de forma independiente.

En cualquier caso, la experiencia había enseñado que las quemaduras debían sellarse, enfriarse y vigilarse durante días.

Una herida abierta en ese mundo no era solo una herida.

—Nos vamos —dijo Daro.

Retrocedieron sin discusión, Tob a medias conducido entre él y Narel.

Mara fue la última antes de la puerta y, justo al volverse un instante para comprobar que nada seguía a la partida, vio movimiento en la acequia.

No un desplazamiento claro, sino una modificación lenta de las figuras vegetales.

La que parecía arrodillada había inclinado un poco más la forma que hacía de cabeza.

O quizá el viento había cambiado. O quizá la raíz tensada bajo tierra había modificado la postura del arbusto.

No tuvo tiempo de averiguarlo. La puerta se abrió y entraron.

Dentro, el accidente dejó de ser episodio y se convirtió en procedimiento.

Dos personas apartaron el paso. Una mujer corrió a por más barro alcalino.

Elen llegó antes incluso que los curiosos, con una bandeja metálica, vendas limpias y vinagre diluido.

Vio la mano de Tob y no perdió ni un segundo en comentar imprudencias.

Ordenó que lo sentaran junto al pozo cubierto, donde la luz era buena y el aire podía controlarse mejor.

Mara se quedó a una distancia prudente, sintiendo aún el impulso inútil de ayudar con las manos.

Elen retiró con cuidado la pasta inicial, observó la extensión del daño y empezó a trabajar.

Lavó sin frotar, vertió vinagre muy rebajado solo en los bordes para comprobar reacción, secó con paños apenas apoyados y luego aplicó una mezcla espesa de cal apagada, ceniza fina y grasa vieja que sellaba sin alimentar.

Tob apretó los labios hasta ponerse blanco.

—Mírame —dijo Elen.

Él obedeció con esfuerzo.

—¿Te hormiguea el brazo?

—Solo la mano.

—¿La sientes fría por dentro?

—No.

—¿Ves doble?

—No.

—Bien. Si mientes, te ataré.

No había crueldad en la amenaza, solo experiencia.

En el asentamiento se sabía que algunos compuestos tardaban en revelar su verdadera dirección.

Primero dolor. Luego entumecimiento. Después alteración visual, temblores, rigidez o fiebre seca.

Cada especie tenía sus ritmos. Ninguno era digno de confianza.

Cuando terminaron de vendarlo, la mano de Tob parecía una cosa ajena atada a su brazo.

El joven evitó mirar a Mara, quizá por vergüenza.

Quizá porque sabía que ella le había advertido sin hacerlo explícito, al ver el polvo antes.

Narel se apartó para lavarse las botas con agua salada.

Daro permanecía junto al pozo, pensativo, y eso en él era peor que el enfado.

—Había señuelos junto a la acequia —dijo por fin.

La frase atrajo varias miradas.

—¿Señuelos? —repitió una de las mujeres.

Narel asintió.

—Arbustos con forma de gente. Muy conseguidos. Demasiado.

Un murmullo desagradable recorrió el grupo. Las supersticiones nuevas acababan de ganar otra raíz. Mara vio cómo la anciana de las bolsitas de sal se persignaba a su manera, tocándose frente, pecho y muñeca izquierda.

—En la ruta del sur ya se hablaba de eso —dijo alguien—. Figuras pidiendo agua.

—Y de matas que lloran como críos —añadió otro.

—Se habla de demasiadas cosas donde no vive nadie para volver a corregirlo —zanjó Elen.