VENENO Y ESPINAS Capítulo 2. No tocar
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Capítulo 2. No tocar

Mara dormía poco y nunca del todo cuando el asentamiento cambiaba de respiración.

Había aprendido a reconocer incluso medio dormida la diferencia entre el rumor de una noche difícil y el de una noche simplemente larga.

La primera estaba llena de interrupciones breves: un paso que se detenía demasiado pronto, una voz apagada detrás de una pared, el roce repetido de una cuerda tensada varias veces porque a alguien no le bastaba con comprobar una sola.

La segunda, en cambio, se estiraba con el cansancio normal de los vivos.

Aquella madrugada pertenecía a la primera clase.

No hubo alarma, ni golpes, ni carreras, pero dos veces oyó pasos junto a la fachada de la casa y una vez el chasquido seco de una barra metálica al recolocarse en la puerta de un paso elevado.

Al abrir los ojos antes del amanecer, con la luz aún indecisa filtrándose entre rendijas y telas húmedas, supo que nadie había querido esperar demasiado para volver a mirar hacia el este.

El olor dulce persistía apenas, más débil dentro del asentamiento, pero presente todavía en la memoria del cuerpo, como una invitación que hubiera descubierto tarde su propia obscenidad.

Se levantó sin hacer ruido, se recogió el pelo con una tira de lino y salió con las botas en la mano para no despertar a las otras.

El aire de la mañana tenía ese frío pegajoso que en otro tiempo habría anunciado riego, barro y aperos abandonados al sol.

Ahora lo que anunciaba era otra cosa: condensación sobre raíces finas, polen retenido en las fibras de los cercados, esporas más estables a baja altura y brotes nuevos invisibles durante la noche que amanecían ya peligrosamente abiertos.

Había supersticiones viejas que decían que el alba era la hora más limpia del día porque todo parecía empezar de nuevo; las nuevas afirmaban lo contrario, que era el momento en que la vegetación decidía cuál de sus cambios iba a enseñar primero.

En Vardel se repetía una máxima nacida del error de demasiados recolectores: lo que florece al amanecer no quiere luz, quiere piel.

Mara la recordaba mientras cruzaba la pasarela principal en dirección al área de revisión, donde Elen ya trabajaba con dos muchachas más, separando hortalizas seguras de otras que habían cambiado de composición durante la noche.

La mesa de clasificación estaba más llena que el día anterior, pero no por abundancia, sino por precaución.

Todo se revisaba dos veces, incluso aquello que ya había pasado prueba.

Un manojo de hojas de nervaduras rojas mostraba, al cortarlas, un líquido lechoso que Elen desechó sin vacilar.

Tres legumbres alargadas, verdes y aparentemente sanas, fueron abiertas y revelaron en su interior una pulpa negruzca que olía a hierro.

Una raíz que la semana pasada habría servido para hacer sopa ligera crujió bajo el cuchillo como si contuviera arenas finas, y Elen la mandó al cubo de descarte con expresión sombría.

Mara conocía el ritual de sobra. Primero se observaba forma, color y tensión de la piel; luego se cortaba y se esperaba el cambio; después se olía, siempre con cautela, jamás de frente; por último, si el alimento seguía sin delatarse, se dejaba una porción pequeña sobre piedra porosa para registrar si liberaba humedad, baba, fermento o un residuo demasiado dulce.

A veces el sistema fallaba. De hecho, casi todo el conocimiento del asentamiento existía porque había fallado antes.

El libro de registro no era un manual de seguridad, sino una crónica de traiciones.

Elen no levantó la cabeza cuando Mara se acercó, pero su voz salió clara.

—Han dormido poco en la puerta menor.

—Yo también.

—Peor para todos.

Mara se colocó a su lado y empezó a atar etiquetas de tela a varios lotes.

—¿Han dicho algo?

—Que al amanecer el rezume seguía donde estaba y que el olor no ha aumentado. Eso solo significa que aún no ha cambiado de manera visible.

—Daro quiere volver a salir.

Elen soltó por la nariz un sonido corto.

—Daro siempre quiere ver con sus propios ojos lo que ya sabe. A veces esa manía nos salva y a veces nos deja menos manos de las que teníamos.

Mara dejó una calabaza pequeña aparte cuando notó que la piel cedía demasiado bajo los dedos.

—Si voy de nuevo, no me mires así.

—Te miraré peor.

—No puedo no ir.

—Claro que puedes. Otra cosa es que te dejen.

Mara apretó la mandíbula. Aquello era lo que más detestaba: que los demás empezaran a colocarla en una categoría que nadie había nombrado aún.

No enferma, no inmune, no elegida, palabras todas demasiado grandes y demasiado peligrosas para un lugar como Vardel.

Simplemente distinta en una dirección que podía ser útil mientras no obligara a revisar el sistema entero de miedos y reglas.

Elen, que no creía en designios ni prodigios, desconfiaba de cualquier diferencia que el cuerpo no pudiera explicar a base de heridas.

La actividad en el asentamiento fue cobrando forma con la claridad creciente.

Se encendieron los hornos bajos protegidos por campanas de barro; se repartieron turnos de agua y vigilancia; se cambió el filtro de la casa de niños; dos hombres revisaron el trenzado de una empalizada interior donde la humedad había reblandecido la cuerda; una anciana pasaba de puerta en puerta colgando pequeñas bolsitas de sal, ceniza y astillas de tejo seco, no porque sirvieran contra nada demostrable, sino porque en épocas de cambio la gente aceptaba de mejor gana el peso de las supersticiones que el vacío entre una norma insuficiente y otra aún no inventada.

Mara veía esas bolsitas y recordaba otras prácticas que habían surgido en pocos años como si llevaran siglos ahí: la costumbre de dejar las botas boca abajo; la prohibición de entrar flores en las casas, ni siquiera secas; el hábito de mirar siempre dos veces el agua quieta antes de tocarla; el rechazo creciente a silbar al aire libre, porque algunos aseguraban que ciertos brotes imitan mejor las vibraciones que las voces.

Quizá nada de aquello tuviera base firme.

O quizá la tuviera y aún no pudieran demostrarla.

En ese mundo, la diferencia entre superstición útil y observación incompleta era mucho más pequeña de lo que a algunos les gustaba admitir.

A media mañana, Daro apareció en el área de clasificación acompañado de Narel y Oco.

No necesitó hablar para tensar el espacio.

Las dos muchachas que ayudaban a Elen apartaron la vista y siguieron trabajando con una atención exagerada.

Mara secó la hoja del cuchillo que estaba usando y esperó. Daro no rodeó el asunto.

—Salimos en un cuarto de hora.

Elen apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Cuántos?

—Los mismos de ayer y Tob en lugar de Oco.

—Tob es joven y todavía cree que el cuerpo avisa a tiempo.

—Aprenderá o no volverá a salir. Necesito a Oco en filtros.

Elen miró a Mara y luego a Daro.

—No te la lleves si no tienes claro para qué.

—Precisamente la llevo porque lo tengo claro.

—Pues yo no.

Daro sostuvo aquella oposición sin alzar la voz.

—Ayer fue la primera en detectarlo y fuera reaccionó distinto. No pienso mandar a nadie más adentro, pero sí necesito saber si el cambio se mantiene, si hay expansión y si la red se ha densificado. Ella servirá para eso.

—Ella no sirve para eso —replicó Elen con frialdad—. Ella es una persona del asentamiento.

—Hoy es ambas cosas.

Mara se quitó el delantal de trabajo antes de que la discusión la dejara otra vez reducida a una herramienta disputada. El gesto hizo que los cuatro la miraran.

—Voy —dijo—. Y no necesito que nadie lo pelee por mí.

Elen cerró la boca con dureza, no porque aceptara, sino porque conocía la inutilidad de seguir una vez dada la palabra frente a Daro.

Narel, al fondo, evitó sonreír, pero algo parecido a la impaciencia le recorrió la postura.

Tob, que había esperado fuera, entró justo entonces.

Llevaba la lanza demasiado recta para parecer relajado y los ojos demasiado atentos para ser tranquilo.

—Ya está preparado el paso —dijo.

Elen caminó hasta Mara y le ajustó ella misma el filtro sobre la nariz y la boca con brusquedad.

—No toques nada aunque parezca seco. No te acerques a ninguna flor abierta antes de mirarle los estambres.

Si ves polvo suspendido y no sabes si es ceniza o polen, decide siempre que es polen.

Si alguien tropieza, no lo sujetes con las manos desnudas.

Y si huele demasiado bien, ni siquiera pienses por qué.

Mara asintió.

—Lo sé.

—Quiero oírte decirlo.

—No tocaré nada.

Elen la sostuvo por los hombros un instante, y por debajo de la sequedad de siempre apareció algo más antiguo y más simple: miedo. No el miedo al bosque, sino a perder a alguien que una ha visto crecer entre las mismas tablas y el mismo barro.

—Vuelve entera —murmuró.

El trayecto hasta la puerta menor fue más silencioso que el del día anterior.

Quizá porque todos sabían ya qué había fuera y la imaginación había dejado de inflar el hueco entre sospecha y comprobación.

Quizá porque el asentamiento los observaba ahora con una atención distinta.

Mara notó miradas desde pasarelas altas, una mano que apartaba a un niño para que no se asomara demasiado, un anciano que hacía discretamente el gesto de tocar la sal cosida en su muñeca cuando pasaron.

El miedo colectivo adoptaba formas pequeñas para no volverse desorden.

Al llegar, Tob comprobó por tercera vez la fijación de la barra interior, como si preocuparse del regreso antes de salir pudiera invocar suerte.

Daro esperó a que todos estuvieran listos y entonces dijo:

—Hoy no pasamos del poste. Si algo cambia antes, retrocedemos. Si alguien ve apertura floral, avisa. Si alguien huele sangre, avisa. Si alguien cree oír una voz, no avanza hacia ella.

Tob alzó la vista.

—¿Una voz?

Narel respondió antes que Daro.