VENENO Y ESPINAS Capítulo 1. El olor dulce #4
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Capítulo 1. El olor dulce #4

El silencio no fue largo, pero sí suficiente para que Mara sintiera el golpe en el cuerpo. No era una idea nueva; llevaba medio día flotando en los gestos de varios. Oírla en voz alta la convirtió en algo más sólido. Daro no reprendió al muchacho. Eso bastó para empeorarlo.

—No sabemos eso —dijo Elen con frialdad.

—Sabemos que no le afecta igual —insistió Tob.

—Sabemos una mañana —replicó ella—. Y con una mañana no se manda a nadie delante.

Narel cruzó los brazos.

—También sabemos que tiene mejor olfato para estos cambios.

—No es un perro —dijo Elen.

Mara habló antes de que la discusión la dejara convertida en objeto.

—Si hay que volver a mirar, iré.

Las cabezas se giraron hacia ella. No lo había dicho por valentía exacta.

Ni siquiera por deseo de demostrarse útil.

Lo dijo porque comprendió que negarse no la libraría de la idea, solo la haría parecer más temible.

Y porque una parte de sí misma, más profunda y menos cómoda, quería saber por qué el olor se había torcido fuera hasta revelarse asquerosamente falso.

Quería comprender el punto exacto en que lo hermoso se pudría.

Elen la miró con desagrado abierto.

—No tienes por qué ofrecerte.

—No me ofrezco. Digo que iré si se decide.

Daro sostuvo su mirada un instante largo. Había en él algo que Mara detestaba y, a la vez, respetaba: la capacidad de aceptar una utilidad incluso cuando le desagradaba.

—Lo decidiremos al amanecer —dijo por fin—. Con cabeza, no con hambre de respuestas.

La reunión terminó. Los grupos se dispersaron sin ruido.

El cielo se había oscurecido ya sobre las torres y una luna pálida, empañada por velos altos de humedad, empezaba a marcar las aristas de la muralla.

Mara regresó a la casa que compartía con otras tres mujeres en la zona media del asentamiento.

Cenaron poco: bulbo hervido, una pasta de legumbre segura según el registro de esa semana y agua caliente con una hierba amarga que ayudaba, decían, a mantener la respiración estable durante la noche.

Nadie mencionó el ámbar mientras comían.

En Vardel había costumbres que no nacían del respeto, sino del cansancio.

Hablar demasiado de algo peligroso dentro de una casa pequeña no lo hacía más manejable.

Una de sus compañeras se durmió pronto. Otra remendó un filtro a la luz de una lámpara mínima.

La tercera, Luse, le preguntó en voz baja si era verdad que el olor parecía bueno.

Mara tardó un poco en responder.

—No bueno. Familiar.

Luse frunció el ceño.

—Eso es peor.

—Sí.

—Mi madre decía que el mundo empezó a cambiar de verdad cuando dejó de bastar con distinguir entre bonito y feo.

Mara se quitó las botas y las dejó boca abajo, como marcaba la costumbre, para evitar que cualquier espora húmeda encontrada durante el día fermentara en el interior.

—Tu madre tenía razón.

Cuando por fin se acostó, el cansancio no la llevó enseguida al sueño.

A través de las rendijas de la madera entraba un aire tibio y controlado por filtros improvisados con tela húmeda, ceniza y mallas finas.

Desde lejos llegaban los ruidos habituales: un cubo apoyado con cuidado, pasos sobre tabla, el roce de una cuerda tensándose en la torre de vigilancia.

Todo eso debería haber compuesto la normalidad suficiente para dormir.

Sin embargo, el olor seguía en alguna parte de su memoria física, no ya como presencia real, sino como huella.

Cerró los ojos y volvió a ver las gotas doradas sobre el poste, inmóviles, casi delicadas, y la malla de raíces vibrando con una obediencia silenciosa.

Pensó en las historias que había escuchado de niña, las nuevas y las antiguas mezcladas ya sin frontera clara.

Que si el ámbar imitaba el recuerdo de lo que más deseabas encontrar al otro lado de un campo.

Que si nacía donde la tierra había probado sangre de varón suficiente.

Que si las plantas no cazaban por hambre, sino por selección.

Que si algunas zonas aprendían el olor de quienes se acercaban.

Supersticiones, sí, pero nacidas todas de algo que en algún momento debió ocurrir frente a unos ojos reales.

Se volvió sobre un lado. Por un instante creyó notar otra vez la dulzura en el aire y abrió los ojos de golpe, tensa.

No había nada. Solo la casa, la oscuridad, la respiración amortiguada de las otras.

Aun así, tardó mucho en serenarse. Lo peor del olor dulce no era su intensidad, ni siquiera la amenaza cierta de lo que anunciaba.

Lo peor era lo que dejaba detrás: la sospecha insoportable de que el mundo todavía sabía cómo parecer hospitalario justo antes de intentar tragarte.

Muy entrada la noche, cuando el sueño al fin empezó a arrastrarla, Mara tuvo la extraña certeza de que al amanecer no sería solo el campo este lo que habría cambiado.

En Vardel, las cosas casi nunca se alteraban una a una.

Siempre lo hacían en cadena, como si todo estuviera unido por fibras invisibles bajo la madera, la piedra, la piel y la costumbre.

Y ella, sin saber aún cuánto, ya formaba parte de ese temblor.