Capítulo 1. El olor dulce #3
Mara pasó parte del mediodía ayudando a Elen en el área de revisión de alimentos, donde toda recolección se extendía sobre telas claras antes de ser clasificada.
Era uno de los pocos lugares del asentamiento que conservaba una apariencia casi metódica: mesas, cuchillos, jarras de agua tratada, cuencos de carbón en polvo, sal, vinagre fuerte, piedras porosas para detectar ciertas reacciones, un libro antiguo rehecho con páginas rescatadas y otras copiadas a mano donde se anotaban fechas, cambios de color, síntomas, errores y cadáveres.
Porque el conocimiento útil, en aquel tiempo, no se transmitía solo por sabiduría, sino también por la insistencia en recordar de qué formas podía traicionarte una raíz que ayer te alimentó.
Sobre la mesa de ese día había bulbos pálidos, hojas correosas, vainas verdes salpicadas de manchas negras y cuatro frutas pequeñas cuya piel presentaba un dibujo rojo demasiado bonito.
Elen cortó una de las frutas con un cuchillo de hoja roma. La pulpa, al contacto con el aire, se oscureció primero hasta un violeta denso y luego, mientras ambas miraban, volvió a aclararse con vetas amarillas.
—Fuera —dijo Elen.
—Ayer una de estas pasó la prueba.
—Hoy no es ayer.
La fruta fue a parar al cubo de descarte. Mara anotó el cambio en una tira de papel áspero.
—¿Crees que el rezume llegará hasta aquí?
Elen siguió trabajando.
—Si llega, lo sabremos antes por los hombres que por las paredes.
—Narel casi avanzó.
—Narel casi avanza siempre hacia lo que no debe. Algún día acertará con algo menos perdonable.
Mara apretó la tira de papel entre los dedos.
—Daro me ha mirado raro.
Elen emitió un sonido breve que podría haber sido risa.
—Daro mira raro hasta la lluvia.
—Sabes a qué me refiero.
Elen dejó el cuchillo y por fin alzó la vista. En sus ojos había cansancio, pero no dureza.
—Lo sé. Y también sé que llevas años notando cosas antes que otros. Mientras esas cosas sirvan para volver vivos y no para mandar a nadie a la tumba, seguirán tragándoselo. El problema nunca es ser distinta. El problema es cuándo esa diferencia deja de poder explicarse con trabajo o suerte.
—¿Tú cómo la explicas?
—No la explico. Te observo.
La sinceridad de aquella respuesta resultó menos cruel de lo que habría sido una mentira piadosa. Mara bajó la mirada a la mesa.
—No me gustó cómo olía fuera.
—Mejor. Lo preocupante sería lo contrario.
Siguieron trabajando sin hablar un rato.
El libro de registro quedó abierto por una página muy vieja, escrita por tres manos distintas.
En el margen alguien había dibujado una espiral de líneas finas alrededor de una frase: Nunca comas lo que haya aprendido a parecerte hermoso.
Mara no sabía quién la había escrito ni cuándo.
Tal vez antes de nacer ella. Tal vez antes incluso de que Vardel levantara las pasarelas.
Le impresionaba que las supersticiones útiles se parecieran tanto a la experiencia cuando se repetían el tiempo suficiente.
La tarde trajo un calor pegajoso que hizo más densos los olores del asentamiento y obligó a renovar los paños de los filtros antes de lo previsto.
Desde la torre avisaron de que no había movimiento visible en el campo este, salvo el aumento de insectos pequeños en torno al poste donde habían visto el rezume.
Aquello tampoco tranquilizó a nadie. Los insectos se habían vuelto tan poco fiables como el resto de los animales.
A veces su presencia indicaba materia en descomposición.
A veces, simple imitación de los ciclos antiguos.
A veces morían todos en el mismo punto y convertían la aparente señal de vida en una advertencia.
Mara cargó agua, revisó correas, ayudó a una mujer mayor a levantar una caja de paños secos y en cada tarea notó la vigilancia lateral de algunos ojos.
No era abierta ni maliciosa todavía. Pero estaba ahí.
El asentamiento registraba cualquier alteración del mismo modo que las raíces bajo tierra: por temblor, por rumor, por pequeñas vibraciones que terminaban encontrando un centro.
Poco antes del anochecer, cuando el cielo perdió intensidad y empezó a adquirir ese tono cobrizo que volvía más bellos los tejados de lona y más siniestros los perfiles de las plantas altas tras la muralla, Daro pidió reunión breve en la plaza.
No para todos, solo para quienes tenían responsabilidad de salida, comida o vigilancia.
Mara acudió porque la llamaron, y porque no acudir habría significado más preguntas que presencia.
Se colocaron en semicírculo junto al pozo cubierto.
Daro habló sin adornos. Se cerraba la franja este hasta nuevo aviso.
Dos hombres por turno vigilarían la puerta menor durante la noche.
Nadie saldría solo ni a cubiertas ni a depósitos sin avisar.
Se reforzarían filtros en la zona baja. Si el olor aumentaba, evacuarían temporalmente las casas más próximas a la muralla.
Oco preguntó si no sería mejor quemar de inmediato el poste y la red.
Daro respondió que quemar sin saber cuánto terreno estaba implicado podía despertar más de lo que apagaba.
Narel, aún molesto por la mañana, propuso una partida rápida al amanecer con ganchos y salmuera.
Elen se opuso. La discusión duró poco y no resolvió nada definitivo.
Fue entonces cuando Tob, el joven de la compuerta, miró a Mara y habló antes de medir del todo el efecto de sus palabras.
—Si ella lo percibe distinto, quizá pueda acercarse más que nosotros.