VENENO Y ESPINAS Capítulo 1. El olor dulce #2
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Capítulo 1. El olor dulce #2

La siguió una punzada de disgusto que no supo si iba dirigida a él o a sí misma.

Desde niña le había ocurrido algo parecido: ver antes ciertas cosas, notar cambios leves en el aire o en la quietud de los campos que otros pasaban por alto, y ganarse con ello una mezcla desagradable de utilidad y sospecha.

En un mundo como aquel, ser útil podía salvarte la vida.

Ser sospechosa podía arruinártela. Asintió sin añadir nada y dejó la cesta junto al pozo.

Mientras Daro daba dos órdenes más, la plaza empezó a modificarse de una forma tan sutil que solo alguien atento habría reparado en ello.

Un centinela bajó de su puesto para ocupar otro ángulo.

Dos mujeres desviaron a un grupo de niños hacia el cobertizo de lavado.

Un carro de mano que iba a salir hacia los bancales interiores se detuvo y cambió de rumbo.

Nadie gritó. Nadie preguntó qué pasaba. Pero la noticia, o quizá simplemente la alteración del movimiento, comenzó a extenderse como el agua derramada entre juntas de madera.

La puerta menor del este era un paso estrecho abierto en la defensa principal, reforzado con placas metálicas y barras cruzadas que de noche se cerraban por dentro con un sistema de pernos y contrapesos.

No se usaba para grandes partidas de recolección, sino para inspecciones rápidas y salidas de dos o tres personas a lo sumo.

Cuando llegaron, Narel y Oco ya esperaban allí.

Narel llevaba una lanza corta y una capucha encerada; Oco, un pulverizador manual cargado con salmuera fuerte, útil contra ciertos brotes jóvenes y contra algunas costras de polen.

Ambos saludaron a Mara con un gesto breve.

Ella respondió del mismo modo. No eran amigos, pero en Vardel la cercanía no se medía por afecto, sino por la cantidad de riesgos compartidos sin traición.

—Abrimos poco y cerramos rápido —dijo Daro—. Solo miramos y volvemos. Nada de heroísmos. Si el olor es claro, no avanzamos.

—¿Y si vemos rezume? —preguntó Oco.

—Marcamos desde fuera y esta tarde decidimos si quemamos.

Narel miró a Mara.

—¿Seguro que era ámbar?

—No he dicho eso.

—Pero lo has pensado.

Mara sostuvo su mirada un instante.

—Sí.

Narel resopló tras la tela del rostro.

—Pues yo prefiero mil veces el polen.

—Porque el polen no te convence de acercarte —murmuró Oco.

Daro levantó una mano y terminó la conversación.

Descorridas las barras, el metal crujió.

La puerta se abrió lo justo para que pasaran de uno en uno.

Enseguida el aire cambió. No por fresco ni por humedad, sino por densidad.

Afuera, más allá de la protección incompleta de la muralla, el mundo parecía respirar de otra manera.

La luz de la mañana, todavía oblicua, caía sobre los antiguos campos y hacía brillar con un resplandor casi bonito las hojas gruesas, las membranas de algunos tallos y las superficies tersas de ciertos frutos que nadie se atrevía a tocar.

Era esa belleza, pensó Mara al poner el primer pie sobre la tierra exterior, lo que más incomodaba a los que llegaban por primera vez a una zona verde activa.

Esperaban oscuridad, herrumbre, un castigo visible.

Pero el bosque expandido y las huertas podridas no siempre ofrecían eso.

A menudo se mostraban llenos de color, como si la vida hubiera decidido crecer demasiado y sin vergüenza.

Verdes casi transparentes, rojos húmedos, flores de un azul tan limpio que parecía inventado, venas doradas bajo hojas del tamaño de un torso.

Y debajo de todo aquello, la certeza de que nada estaba ahí para alimentar a nadie salvo a sí mismo.

Avanzaron unos pasos por un tramo de terreno despejado a propósito, mantenido así a base de sal, fuego racionado y raspado constante.

Más allá, comenzaban las franjas de cultivo abandonado, donde los postes antiguos de emparrado asomaban torcidos entre masas vegetales nuevas.

Mara alzó la mano. El olor era ya inconfundible.

No atacaba, no se imponía. Esperaba. Narel maldijo en voz baja.

Oco giró la cabeza hacia un lado y otro, como si quisiera localizar un origen concreto, pero el ámbar dulce rara vez ofrecía uno visible desde el principio.

A veces rezumaba en pequeñas lágrimas doradas sobre cortezas que parecían secas.

Otras se acumulaba dentro de cálices cerrados, en grietas de madera viva o en cavidades donde la luz apenas entraba.

No siempre bastaba con verlo para saber si estaba activo. Lo peligroso era el rastro.

—Ahí —dijo Mara.

Lo había notado en una línea de matas bajas que cruzaban el campo antiguo como una costura nueva.

No era el color, sino la disposición. Demasiado orden.

Demasiado repetida. Entre ellas, tendidas sobre la superficie de la tierra, las raíces finas formaban una malla apretada que brillaba a trechos donde la humedad quedaba atrapada. Daro entrecerró los ojos.

—No me gusta esa red.

—A mí tampoco —dijo Oco.

Narel señaló con la punta de la lanza un poste caído unos metros más allá.

—Mirad eso.

Sobre la madera agrietada, donde antes seguramente había corrido alambre para las vides, algo había rezumado durante la noche. No mucho. Tres o cuatro gotas espesas, doradas de verdad, inmóviles en la sombra. A esa distancia parecían inofensivas. Casi hermosas.

Mara sintió una incomodidad distinta al miedo.

Era una mezcla de rechazo y curiosidad que le endureció el estómago.

El olor, allí fuera, dejaba de parecer una promesa y empezaba a resultar excesivo.

Empalagoso. Como una fruta abierta que llevara demasiado tiempo esperando una boca.

Miró a los demás. Oco y Daro seguían tensos, centrados, pero Narel parecía haber inclinado apenas la cabeza hacia el poste, como si necesitara ver mejor.

Dio un paso. Daro le puso una mano en el pecho antes de que avanzara más.

—Quieto.

—Solo iba a...

—He dicho quieto.

Narel parpadeó y retrocedió, irritado.

—No soy un crío.

—Entonces compórtate como un hombre que quiere volver con vida.

El silencio que siguió estuvo lleno de pequeñas cosas: el roce del paño contra la respiración, un crujido leve en la muralla a sus espaldas, el temblor casi imperceptible de una hoja alta movida por una corriente que ellos no sentían.

Mara bajó la vista un instante y vio, entre dos piedras, una de aquellas raíces finas vibrando apenas.

No por el viento. Por otra cosa. Alzó la mano en señal de alarma.

—Se están activando.

Daro la creyó sin discutir. Eso le gustó y le molestó al mismo tiempo.

—Atrás —ordenó.

Empezaron a retroceder despacio, sin darse la vuelta.

La regla principal al salir era esa: no ofrecer nunca el cuerpo entero al pánico.

Dos pasos. Tres. Oco levantó el pulverizador, preparado para disparar salmuera sobre la red si alguna fibra avanzaba, pero las raíces no se movieron hacia ellos.

Solo siguieron vibrando, transmitiendo una información silenciosa bajo la tierra.

El olor dulce aumentó durante dos segundos y luego, de forma extraña, se mantuvo estable, como si el campo entero hubiera decidido que ya bastaba.

Cuando estuvieron de nuevo junto a la puerta, Daro hizo una seña y Oco golpeó dos veces el metal.

Desde dentro corrieron el pasador. Los dejaron pasar uno a uno y enseguida cerraron.

Solo cuando la barra principal cayó en su sitio permitió Daro que cada cual respirara como quisiera.

Narel se arrancó el paño del rostro un segundo para tomar aire más a fondo y volvió a cubrirse.

—Lo sentía aquí —dijo, tocándose la garganta con frustración—. Como si se me metiera detrás de la lengua.

—Por eso no abrimos más de lo necesario —replicó Daro.

—No he llegado a perder el juicio.

—No hace falta perderlo del todo para que te mate algo.

Oco apoyó el pulverizador en la pared y miró a Mara con atención, quizá por primera vez de manera abierta.

—A ti no te ha hecho nada.

Ella tardó en contestar.

—Claro que ha hecho. Lo he olido.

—No igual.

Daro se volvió hacia ella. Los ojos oscuros, cansados, se le afilaron.

—¿Te resultaba agradable?

Mara pensó en la primera impresión junto a la casa de secado. En aquella tibieza casi doméstica. En la manera en que, fuera de la muralla, el olor se había vuelto demasiado denso para resultar soportable.

—Al principio sí. Luego no.

—¿Y fuera?

—Fuera era otra cosa. Como si quisiera pasar por algo bueno y ya no pudiera esconder del todo lo que era.

Narel soltó una risa seca, sin humor.

—Ojalá yo hubiera notado eso.

Daro no comentó nada. Pero Mara percibió ese cambio minúsculo que tantas veces había visto en los adultos de Vardel cuando la observaban tras algún episodio extraño: no miedo exacto, no todavía, sino el cálculo de quién podía volverse un problema. O una herramienta. A veces ambas cosas a la vez.

La mañana siguió adelante, aunque no de forma normal.

Vardel nunca se detenía por completo, porque detenerse equivalía a regalar tiempo al deterioro, a la sed, a los fallos de los cercados y al moho.

Pero sí se comprimía. Los trabajos del este quedaron suspendidos.

Se revisaron reservas de sal y combustible para humo denso.

Dos mujeres subieron a la torre mayor con espejos viejos para ampliar la vigilancia del campo.

En la plaza, las conversaciones se hacían en corrillos breves y se cortaban cuando alguien pasaba cerca.

La palabra ámbar no se oyó más de una vez en voz alta, y bastó para que una anciana escupiera al suelo y otra le ordenara callar.

Las supersticiones nuevas tenían la ventaja de no exigir fe completa para ejercer su poder.

Bastaba con que hubieran coincidido demasiadas veces con la muerte.