VENENO Y ESPINAS Capítulo 1. El olor dulce
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VENENO Y ESPINAS

VENENO Y ESPINAS

Por Eleanor Doyss

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Capítulo 1. El olor dulce

Mara aprendió antes a reconocer los olores que los rostros.

En Vardel, donde casi todos vivían con la mitad inferior de la cara cubierta por paños, filtros cosidos con carbón y vendas hervidas una y otra vez en agua agria, las personas terminaban pareciéndose entre sí más por la costumbre que por los rasgos.

Las manos, la forma de inclinar la cabeza, la manera de esperar antes de responder o de cerrar una puerta sin hacer ruido decían más que una sonrisa, porque sonreír se había convertido en una pérdida inútil de protección y porque nadie en el asentamiento estaba dispuesto a enseñar los dientes al aire abierto durante más tiempo del necesario.

Por eso Mara distinguía a los suyos por cosas pequeñas: el olor de la resina quemada en la ropa de los recolectores, la nota amarga de la sal vieja pegada a los puños de las mujeres que curaban semillas, el humo agrio de los hornos bajos, el metal húmedo de las lanzas que dormían junto a las entradas.

Y por eso también fue la primera en detenerse aquella mañana, con la cesta vacía aún colgando de su brazo, cuando notó algo que no pertenecía al patio común, ni a las despensas, ni a las cubas de vinagre, ni a la tierra reseca que crujía bajo las tablas del camino elevado.

Era un olor suave, casi cálido, y precisamente por eso le recorrió la espalda como un aviso: demasiado agradable, demasiado entero, demasiado parecido a una promesa.

El asentamiento de Vardel ocupaba lo que décadas atrás había sido una aldea agrícola y parte de una vieja estación de almacenaje construida en piedra y hierro.

Las casas bajas originales seguían en pie solo a medias, aplastadas aquí y allá por raíces de grosor imposible que habían empujado muros, abierto pozos y doblado rejas como si fueran juncos mojados.

Encima de aquellos restos, los supervivientes habían levantado una segunda piel hecha de pasarelas, techos unidos con cuerda trenzada, depósitos de agua cubiertos por lonas enceradas y torres de observación donde siempre había alguien mirando más lejos de lo que parecía necesario.

Bajo las tablas elevadas no había un suelo limpio, sino una extensión desconfiada de tierra removida, piedra gris, musgo áspero y tramas de raíces finas que a ciertas horas del día, cuando el sol atravesaba la bruma en ángulo bajo, se adivinaban como hilos de vidrio tendidos entre cascotes.

Los niños, pocos y silenciosos, aprendían a no bajar de las plataformas antes de aprender a escribir.

Los ancianos no contaban historias de guerras ni de reyes, sino de frutos que antes podían comerse y ya no, de pájaros que habían existido en número suficiente para ennegrecer el cielo y de huertos donde las plantas obedecían a las manos humanas en lugar de estudiar la carne.

Mara dejó de andar frente a la casa de secado, giró la cabeza muy despacio y aspiró de nuevo con cautela, sin retirar el paño de la boca.

El olor seguía ahí, sutil, filtrándose entre los tablones y los postes ennegrecidos por el humo.

No era el perfume verde y húmedo de los brotes jóvenes ni la podredumbre espesa de los canales cubiertos donde a veces se atascaban hojas grandes como velas.

Aquello era dulce de una forma casi humana, como si la tierra hubiera encontrado el modo de imitar algo recordado por el cuerpo antes que por la mente.

Miel tibia, pensó sin querer, y enseguida se enfadó consigo misma, porque ponerle nombre a un olor así era acercarlo demasiado.

Miró a su alrededor. Dos mujeres cruzaban la pasarela que conducía al depósito del norte con cubos de ceniza.

Un muchacho afilaba una hoja de hoz sentado sobre un cajón.

El centinela de la torre pequeña no daba señales de haber advertido nada.

Nadie parecía alterado. Eso no la tranquilizó.

Muchas cosas malas empezaban así, sin prisa, con una sola persona notando antes que las demás un cambio mínimo en el aire.

Elen salía en ese momento del cobertizo de secado, cargando una red de raíces comestibles aún cubiertas de barro claro.

Tenía los hombros estrechos y duros, la nuca quemada por años de intemperie y unos ojos de color desvaído que rara vez parecían sorprendidos por nada.

Había perdido dos dedos de la mano izquierda en una recolección mal calculada y, aun así, seguía siendo la mejor para decidir qué se cocía y qué se enterraba lejos.

Al ver a Mara detenida, entrecerró los ojos.

—¿Qué pasa?

Mara se tomó un instante antes de responder. No quería ser la muchacha que veía peligro en cada sombra, aunque en Vardel sobrevivían precisamente quienes lo hacían.

—Huele distinto.

Elen dejó la red en el suelo sin ruido. No preguntó a qué. Tampoco bromeó. Se limitó a alzar la barbilla, aspirar una vez y luego otra, más corta, como quien tantea el borde de una herida con la punta de un cuchillo.

—No desde aquí —dijo al fin—. ¿Dónde?

Mara señaló hacia la parte oriental del asentamiento, donde las pasarelas descendían en pendiente suave hasta una muralla de tablones reforzados con piedra.

Más allá de esa defensa comenzaban las antiguas huertas, o lo que quedaba de ellas: campos partidos por zanjas, estructuras de riego devoradas por lianas duras y manchones de vegetación baja que nadie pisaba sin estudiar antes la superficie.

El olor parecía venir de allí, pero no en ráfagas.

Subía de forma constante, como si llevara tiempo asentándose y solo ahora hubiera alcanzado el punto exacto para hacerse notar.

Elen se acercó un poco más a Mara y bajó la voz, aunque no había nadie lo bastante cerca como para oírlas.

—¿Dulce?

Mara asintió.

Durante un segundo, ambas guardaron silencio. El paño sobre el rostro de Elen se tensó con la respiración.

—Ve a avisar a Daro —dijo finalmente—. Sin correr. Y no lo repitas en alto.

—¿Crees que es ámbar?

—Creo que si lo nombras demasiado pronto, la mitad de los hombres empezarán a decir que no huelen nada y la otra mitad querrá comprobarlo. Ve.

Mara no discutió. Recogió la cesta vacía y echó a andar hacia la plaza central, intentando no acelerar el paso.

La norma no escrita de Vardel era sencilla: el pánico también atraía errores.

Si corrías, otros corrían. Si alzabas la voz, multiplicabas el miedo.

Y el miedo, en un lugar donde bastaba una mala decisión al comer, respirar o apoyar el pie, no servía para proteger a nadie; solo desordenaba.

Aun así, mientras cruzaba la pasarela principal, el olor la acompañó como una mano tibia en la nuca.

No era fuerte. Era persistente. Peor aún: resultaba fácil acostumbrarse a él.

En eso consistía parte del peligro del ámbar dulce, según las historias nuevas que se repetían al calor de los braseros.

No entraba en el cuerpo como el polen, que quemaba; ni como las esporas, que esperaban en silencio.

Entraba por la voluntad. Hacía que aquello que debía rechazarse pareciera soportable.

Incluso deseable. Los hombres lo percibían antes y con mayor intensidad, decían unas versiones.

Otras aseguraban que no era cuestión de sexo, sino de pérdidas, de recuerdos, de la parte del cuerpo que todavía quería volver a confiar en el mundo.

Pero todas coincidían en algo: nadie seguía un olor dulce en campo abierto y volvía igual.

Daro estaba en la explanada interior, junto al pozo cubierto, revisando con dos hombres el estado de una compuerta de hierro rescatada años atrás de algún almacén enterrado.

Era ancho de espaldas, no muy alto, con esa clase de firmeza tranquila que en otro tiempo habría servido para ordenar una cosecha o cerrar un trato y que ahora sostenía un asentamiento entero.

No levantaba la voz casi nunca, y precisamente por eso bastaba que pronunciara un nombre para que la gente obedeciera.

Cuando vio a Mara aproximarse con la cesta vacía, comprendió que algo ocurría antes de que ella hablara.

Tenía esa costumbre incómoda de mirar primero las manos, luego los hombros y solo al final los ojos.

—¿Qué ha pasado?

—Elen me manda. Hay un olor en la zona este. Dulce.

Los dos hombres que estaban con él se inmovilizaron. Uno de ellos, Tob, joven aún, soltó una maldición entre dientes. Daro ni se volvió hacia ellos.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé. Acabo de notarlo junto a la casa de secado. Elen dice que no lo nombre en alto.

—Bien dicho.

Daro se secó las manos en el pantalón de lona, pensó apenas un instante y luego señaló a uno de los hombres.

—Cierra el paso bajo a la muralla este. Que nadie baje de las plataformas sin permiso. Tú ve a la torre y di que vigilen el campo viejo, pero sin dar detalles. Si alguien pregunta, hay revisión de suelo. Y manda buscar a Narel y a Oco. Quiero a los tres conmigo en la puerta menor.

Luego miró de nuevo a Mara.

—Tú vienes.

—Elen...

—Elen hará lo que sabe hacer. Yo necesito a quien lo ha detectado.

No era una petición. Mara apretó el asa de la cesta.

—Solo lo he olido.

—Eso basta.