Capítulo 66
Final del Torneo Magistral
El operativo de seguridad funcionaba exactamente como había sido diseñado.
Y, sin embargo, James seguía sintiendo que la verdadera amenaza permanecía fuera del lugar donde todos estaban mirando.
Greta permanecía en el escenario junto con los semifinalistas.
La mayor parte del dispositivo estaba concentrada alrededor del salón principal.
López dirigía el dispositivo.
Durham y Bradox vigilaban los accesos.
Harold coordinaba las cámaras.
James observaba cada movimiento.
***
Mientras tanto...
Basima ingresó como una espectadora más.
López la reconoció de inmediato.
Tenía órdenes de no intervenir hasta identificar al Albañil.
Los boletos eran auténticos.
Los controles de seguridad eran impecables.
No llevaba armas.
No llevaba objetos prohibidos.
Nada despertaba sospechas.
Basima sonreía.
Creía que, por fin, asistiría a un gran torneo de ajedrez junto a su hijo.
Paul había ido a estacionar el automóvil y, en cualquier momento, regresaría para reunirse con ella.
Mientras tanto, Paul caminaba con absoluta tranquilidad.
Conocía perfectamente el edificio.
Cada elevador.
Cada pasillo.
Cada puerta.
Vestía como un empleado más.
Los lentes y la barba modificaban su apariencia, pero no confiaba en el disfraz.
Confiaba en el recorrido.
James volvió a observar el programa del torneo.
Por tercera vez leyó la misma línea.
**Ceremonia de premiación por el Jefe de Policía de Nueva Orleans.**
Esta vez no pasó de largo.
Permaneció inmóvil.
En ese instante recibió un mensaje de Harold.
**Estas son las referencias del jefe Larsen**
Mark Larsen. Inició como patrullero en Chicago. Durante sus primeros años recibió múltiples reportes de abuso de autoridad. Uno de ellos involucró a un trabajador de la construcción: Amin Romei. La denuncia fue anónima.
Su respiración cambió.
Entonces recordó.
Dubov.
—El caballo nunca capturó al peón.
La dama fue sacrificada.
Las víctimas.
Los rayos X.
El algoritmo de Jamal.
Los elevadores.
Todo encajó de golpe.
—Greta...
No.
Nunca fue el rey.
Era la dama.
La pieza sacrificada para obligar a todos a mirar en una sola dirección.
James sintió un escalofrío.
Susurró apenas:
—No...
López intentó alcanzarlo.
—¿Qué ocurre?
James ya estaba corriendo.
Solo alcanzó a gritar:
—¡El jefe de Policía!
Echó a correr antes de terminar la frase.
Al mismo tiempo...
Mark Larsen llegó por el acceso reservado. Estaría presente en la partida final.
Saludaba a los organizadores y se disculpaba por el retraso.
Un asistente le indicó:
—Señor, utilizaremos el elevador privado, usted subirá solo con el botones y entrará directo al piso de premiación, ahí dará la indicación para iniciar la partida final.
Paul observaba a Larsen desde el interior del ascensor con una sonrisa amigable.
Durante treinta y cuatro años imaginó ese instante.
Larsen entró al elevador y las puertas comenzaron a cerrarse.
Paul tuvo que controlar la euforia por algunos segundos.
James apareció al final del corredor.
Demasiado lejos.
Corrió desesperadamente.
Gritó…
—¡Albañil...!
Nadie entendió.
Las hojas metálicas terminaron de unirse.
Nadie reaccionó.
El elevador inició su ascenso.
Dentro de la cabina, el silencio era absoluto.
Mark Larsen observó apenas un instante al hombre que permanecía junto al panel de control.
—¿Sube? —preguntó Paul con una sonrisa amable, como si fuese un chiste.
Larsen respondió distraídamente.
—Sí.
Mark Larsen había ascendido hasta su posición actual, después de haber tenido una segunda oportunidad en Luisiana y enmendar los errores cometidos en sus inicios en la policía de Chicago.
Paul mantuvo la vista al frente.
—Va usted hacia el último movimiento.
Larsen giró lentamente la cabeza.
No comprendió la frase.
Hasta que encontró aquellos ojos.
Sintió un estremecimiento.
Habían pasado más de tres décadas.
Pero aquellos ojos...
Los había visto en otro tiempo.
En otro lugar.
En el rostro de ese albañil, esa partida de ajedrez en la que un albañil sonreía con nervios.
La memoria terminó de encajar.
—¿Tú eres...?
Paul negó con serenidad.
—No.
Hizo una breve pausa.
—Mi padre se llamaba Amin Romei.
»Seguro que lo recuerdas, fue el Albañil que golpeaste por haberte vencido en una partida de ajedrez.
»No pudiste soportar que un Albañil te superara.
El color abandonó el rostro de Larsen.
Recordaba perfectamente ese día.
Había perdido control y se sentía humillado.
Retrocedió un paso.
—Escúchame...
Paul negó lentamente.
—Nunca escuchaste a mi padre, lo juzgaste y condenaste sin razón.
Sin apartar la vista de él, pulsó el botón de paro de emergencia.
El elevador se detuvo con una sacudida.
Las luces permanecieron encendidas.
Paul introdujo una llave en un pequeño panel oculto junto al tablero de control.
La puerta de mantenimiento se liberó con un leve chasquido.
Frente a ellos aparecía un estrecho descansillo técnico, utilizado únicamente para labores de servicio.
—Camina.
Larsen dudó.
Paul levantó discretamente la pistola equipada con un silenciador.
No necesitó apuntarle directamente.
Bastó el gesto.
Ambos cruzaron el pequeño mezanine hasta un cuarto de mantenimiento apenas iluminado.
La puerta se cerró detrás de ellos.
Solo se escuchaba el tremor de los motores a su alrededor.
Llegaron a una pequeña habitación.
Paul, amarró a Larsen en un pequeño banco, las manos en la espalda, la cabeza detenida entre dos guías metálicas que impedían moverse hacia los lados.
Larsen sudaba terriblemente, la daga en la mano de Paul tenía un destino claro...su frente.
Paul dejó la pistola sobre una mesa metálica sin apartarla de su alcance.
Luego mostró con calma la daga a Larsen.
Un caballo negro, delicadamente tallado.
Lo sostuvo entre los dedos durante varios segundos.
Larsen lo observó con terror en la mirada.
—¿Sabes por qué siempre fue un caballo?
preguntó Paul.
No esperó respuesta.
—Porque el caballo llega donde nadie lo espera.
»Salta por encima de todo, al menos habrás oído hablar del Mate Árabe.
»Eso fue lo que hizo mi padre el día que te derrotó.
»Fue la primera vez en tu carrera que alguien te hizo sentirte ridículo.
Larsen bajó lentamente la mirada.
Comenzaba a recordar.
No la partida.
Sino lo que ocurrió después.
La discusión.
Los golpes.
El albañil tendido en el suelo.
—Yo...
Paul lo interrumpió.
—Treinta y cuatro años imaginando este momento.
Le mostró lentamente la daga una vez más.
—Este caballo será lo último que verás en esta vida.
Larsen comprendió entonces lo que Paul pretendía… no era un secuestrador, sino, un asesino con el odio acumulado por más de tres décadas.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—No tienes por qué hacer esto —dijo Larsen.
»Quiero enmendar mi error.
Paul negó con calma.
—Ya es tarde para eso.
»Estamos terminando la partida.
En ese instante, un estruendo sacudió la puerta metálica.
—¡Albañil!
La voz de James resonó al otro lado.
Paul levantó la vista.
No había sorpresa.
Sólo una leve decepción.
James había llegado.
Antes de que pudiera reaccionar, la cerradura cedió violentamente.
La puerta se abrió de golpe.
James apareció con el arma desenfundada.
Durante una fracción de segundo evaluó la escena.
Larsen inmóvil.
Paul a escasos centímetros de él, con un arma blanca en la mano y la pistola sobre la mesa, a su alcance.
—¡Aléjate de él!
Paul giró apenas el cuerpo.
Sus ojos se encontraron por última vez con los de James.
No hubo tiempo para una palabra más.
Paul se abalanzó con la daga hacia Larsen. Debía quedar justo en medio de su frente.
James disparó.
El primer impacto lanzó a Paul por encima de Larsen.
El segundo lo derribó definitivamente contra la pared del pequeño cuarto.
El caballo de ajedrez escapó de su mano, golpeó el suelo de concreto y giró varias veces antes de quedar inmóvil entre ambos hombres.
James corrió inmediatamente hacia Larsen.
—¿Está herido?
Larsen, aún en estado de shock, apenas pudo negar con la voz entrecortada.
Al volver la vista hacia Paul, éste permanecía apoyado contra la pared, consciente todavía, respirando con dificultad.
Miró el caballo tendido en el suelo.
Después levantó lentamente la vista hacia James.
Y, con una serenidad casi imposible, murmuró:
—Yo… te… vencí… policí… a
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
La partida, por fin, había terminado.