Capítulo 61
Luisiana
Paul despertó antes de que sonara el despertador.
No sintió necesidad de revisar inmediatamente las noticias.
Estaba convencido de conocer de antemano la respuesta de James.
**Rh1**
La única jugada posible.
La única jugada que mantenía viva una partida que, desde su punto de vista, había terminado varios movimientos atrás.
Mientras preparaba café, abrió la página de la *Tribuna Digital de Bismarck*.
La publicación ya estaba ahí.
La leyó con calma.
«Algunas posiciones no pueden ganarse»
Paul sonrió.
—Por fin lo aceptaste... —murmuró.
Interpretó la resistencia de James como una aceptación de la derrota.
No había desafío.
No había ironía.
No había esperanza.
Solo resignación.
Era exactamente el estado emocional que había esperado provocar desde el principio.
Observó una vez más el tablero magnético.
Paul movió lentamente la dama negra a lo largo de la diagonal.
**Dg1+**
La pieza ocupó su casilla definitiva.
El rey blanco quedaba completamente inmovilizado.
La red de mate estaba cerrada.
El siguiente movimiento sería el último.
Pero todavía no podía jugarlo.
No.
La partida debía terminar el veintiocho de junio.
Ni un día antes.
Ni uno después.
Durante semanas había calculado desplazamientos.
Horarios.
Tiempos de publicación.
Distancias entre ciudades.
Todo debía coincidir.
Como el colado perfecto de una cimentación.
Presionó el botón de publicar desde su cuenta prepago.
Y escribió una nota.
«Ya no queda espacio para retroceder.»
«Los finales no se improvisan.
Se construyen.»
«Nos vemos muy pronto, James.»
Basima interrumpió sus pensamientos.
—Te noto distinto.
Paul levantó la vista.
—¿Para bien o para mal?
Ella sonrió.
—Para bien.
Hacía mucho que no te veía tan tranquilo.
Paul bebió un sorbo de café.
—Pedí unos días de vacaciones.
Basima arqueó las cejas.
—¿Vacaciones?
Sonrió con auténtica alegría.
Hacía años que no veía a Paul pedir tiempo para sí mismo.
—Casi toda la próxima semana.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Tú?
—Sí.
Creo que ya es momento de descansar un poco.
Basima no pudo ocultar la alegría.
Desde hacía meses veía a su hijo salir de madrugada, regresar tarde y pasar horas encerrado revisando documentos y planos.
Aquella noticia le pareció una bendición.
—Entonces hice bien.
Paul dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—¿Bien en qué?
Basima sonrió con la ilusión de una madre que prepara una sorpresa.
—En comprarte un regalo.
Paul frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué hiciste?
Ella desapareció unos segundos en dirección a su habitación.
Regresó con un sobre blanco.
Lo colocó frente a él.
—Ábrelo.
Paul extrajo dos boletos cuidadosamente protegidos en fundas transparentes.
Leyó el encabezado.
**Torneo Magistral de Ajedrez de Nueva Orleans**
**Final — 28 de junio**
Durante unos segundos olvidó por completo el tablero.
La final.
Permaneció inmóvil.
Basima interpretó aquel silencio como sorpresa.
—Pensé que te gustaría.
»Siempre te ha apasionado el ajedrez.
»Y nunca hemos ido juntos a un torneo importante.
Paul levantó lentamente la mirada.
Ella sonreía con auténtica felicidad.
—Será una buena forma de celebrar tus vacaciones.
»Podremos pasar todo el día juntos.
»Ver la final.
»Conocer a los grandes maestros.
»Y después cenar en el Barrio Francés.
Paul volvió a mirar las entradas.
Sintió un leve nudo en el estómago.
Era una coincidencia imposible de ignorar.
Durante meses había planeado que el desenlace ocurriera precisamente ese día.
Y ahora...
Basima deseaba acompañarlo.
No era el torneo lo que le preocupaba.
Era Basima.
La habían identificado.
Sabía que, si alguno de los investigadores la veía en Nueva Orleans, podría comenzar a hacerse preguntas.
Apareció una variable que no había considerado durante la planeación del desenlace.
Pensó durante algunos segundos.
Después negó lentamente con la cabeza.
—No.
Aquello no alteraba la partida.
Si James había interpretado correctamente las últimas jugadas, estaría convencido de una sola cosa.
Greta.
El jaque continuo sobre el rey.
Era exactamente la conclusión a la que él esperaba que llegaran.
Mientras James protegiera a Greta...
nadie prestaría atención a los demás.
Paul dobló cuidadosamente los boletos y volvió a guardarlos en el sobre.
Sonrió con afecto.
—Gracias, mamá.
El abrazo fue sincero.
Precisamente por eso sintió una fugaz incomodidad al comprender que Basima asistiría sin sospechar lo que realmente ocurriría aquel día.
Pero, mientras la abrazaba, su mente ya reorganizaba horarios.
Entradas.
Recorridos.
Momentos.
La presencia de Basima no modificaba el plan.
Solo exigía mayor precisión.
Y, desde luego, no ser visto.
Cuando Basima salió a comprar algunas cosas, Paul extendió nuevamente sobre la mesa la documentación del torneo.
No abrió el plano del hotel.
Abrió el programa oficial del evento.
Comenzó a recorrer con el dedo cada actividad.
Rondas finales.
Conferencias.
Exhibiciones.
Cena de gala.
Ceremonia de clausura.
Finalmente llegó al último apartado.
Comité de Premiación.
Sonrió apenas.
Había esperado muchos años para leer aquella sección.
Marcó discretamente la hora prevista para la entrega del trofeo.
Después estudió los recorridos internos del recinto.
Acceso de autoridades.
Elevadores privados.
Pasillos de servicio.
Entradas restringidas.
Todo seguía exactamente igual que en sus cálculos.
Cerró lentamente la carpeta.
Levantó la mirada hacia la puerta.
Basima creía que aquellos boletos serían unas vacaciones.
Él sabía que serían el último acto de una historia que había comenzado muchos años atrás.