Capítulo 59
Paul permanecía sentado junto a la ventana abierta, mientras Basima veía la televisión.
La noche era cálida y, por primera vez en mucho tiempo, permitió que su mente dejara de pensar en el siguiente movimiento para regresar al origen de su venganza.
Sobre una pequeña mesa descansaba un viejo cuaderno de tapas desgastadas.
Aquel cuaderno nunca había sido un diario.
Era el único lugar donde aún conservaba intacta la memoria de Amin Romei.
No lo necesitaba.
Conocía su contenido de memoria.
Aun así, aquella noche lo abrió.
Entre las hojas amarillentas apareció una fotografía.
No mostraba rostros.
Solo una obra en construcción.
Un andamio.
Y un hombre con casco.
Amin Romei.
Su padre.
Paul pasó lentamente la yema de los dedos sobre la imagen.
Entonces regresó, una vez más, a aquel día.
Tenía apenas ocho años cuando vio a su padre volver a casa.
Caminaba despacio.
Demasiado despacio.
Basima corrió hacia él.
—¿Qué ocurrió?
Amin respondió con la serenidad que siempre lo caracterizaba.
—Nada importante. Me caí en la obra.
Pero Paul comprendió, incluso siendo un niño, que aquella calma ocultaba una humillación imposible de olvidar.
Sabía que mentía.
Aquellas heridas no eran consecuencia de una caída.
No eran un accidente.
Esa noche escuchó la conversación desde el pasillo.
Basima lloró de rabia.
—¡Debes denunciarlo!
Amin negó lentamente con la cabeza.
—No servirá de nada.
»No quiero problemas.
»Quiero seguir trabajando.
Días después, uno de los compañeros de la construcción fue a visitarlos.
Había averiguado el nombre del oficial.
Lo escribió en un pequeño papel.
Lo dejó sobre la mesa.
Y se marchó.
Amin nunca volvió a mencionarlo.
Ni presentó una denuncia.
Ni buscó justicia.
Simplemente guardó el papel en un cajón.
Como si quisiera olvidar.
Pero Basima no.
Aquella misma noche llamó a Paul.
Todavía estaba furiosa. Demasiado para comprender que algunas palabras permanecen mucho más tiempo en la memoria de un niño que en la de un adulto.
Él apenas era un niño.
Le mostró el papel.
Un único nombre escrito con tinta azul.
**Mark Larsen**
En ese instante no nació el deseo de venganza.
Nació una pregunta que lo acompañaría toda la vida.
¿Por qué un hombre justo debía aceptar la injusticia para poder seguir viviendo?
Paul levantó la vista.
—¿Quién es?
Basima dobló cuidadosamente el papel antes de responder.
—El hombre que golpeó a tu padre.
Paul permaneció en silencio.
Esperó una explicación.
Pero Basima solo añadió una frase.
La pronunció con una mezcla de tristeza y resignación.
—Tu padre dice que el odio destruye a quien lo guarda.
»Ojalá tenga razón.
Paul tomó nuevamente el papel.
Leyó el nombre una vez.
Después otra.
Y una tercera.
Nunca volvió a olvidarlo.
Con los años comprendió que Amin había elegido el perdón.
Él, en cambio, jamás consiguió aceptar que algunas heridas pudieran desaparecer simplemente porque nadie volviera a hablar de ellas.
Algunas heridas permanecen.
Se heredan.
Como las casas.
Como los apellidos.
Como los viejos oficios.
Paul cerró lentamente el cuaderno.
Sobre la mesa seguía descansando el plano del hotel donde se celebraría el torneo.
Volvió a mirar la fotografía de Amin.
Sus dedos permanecieron unos segundos sobre la cubierta desgastada del cuaderno.
—Yo no tengo tu capacidad de perdonar, papá.
No había orgullo en aquellas palabras.
Paul cerró el cuaderno y apagó la luz.
Sobre la mesa, junto a la fotografía de Amin, permanecía abierto el plano del hotel.
La luz de la luna apenas alcanzaba sus bordes.