Capítulo 54
Todo permanecía en silencio.
Basima notaba que Paul pasaba cada vez más tiempo fuera de casa, aunque seguía convencida de que todo se debía al trabajo.
Paul había salido temprano.
Según le había dicho, necesitaba visitar una obra en las afueras de la ciudad.
Basima ya ni siquiera preguntaba demasiado.
Durante los últimos días su hijo parecía vivir con la mente ocupada en asuntos que rara vez explicaba.
Nunca volvió a mencionar a Marla ni a ninguna otra amiga.
Aquello le preocupaba.
Paul siempre había sido así.
Reservado.
Meticuloso.
Capaz de pasar horas concentrado en algo sin pronunciar una sola palabra.
Basima terminó de recoger los platos de la cocina.
Preparó una taza de té.
Y se sentó frente al televisor.
No buscaba nada en particular.
Solo distraerse.
Cambió de canal varias veces.
Noticias.
Deportes.
Política.
Hasta que una imagen llamó su atención.
Un tablero de ajedrez apareció en la pantalla.
Basima sonrió inmediatamente.
—Eso sí te gustaría verlo, hijo...
No imaginaba que aquel reportaje describía exactamente el escenario que ocupaba los pensamientos de Paul.
Subió un poco el volumen.
La reportera hablaba sobre un evento que se celebraría a finales de la semana siguiente.
Participantes internacionales.
Conferencias.
Invitados especiales.
Actividades culturales.
Miles de asistentes.
Y una sede principal.
Nueva Orleans.
Basima observó con atención.
Entendía mucho más de ajedrez de lo que parecía.
Y, desde luego, sabía cuánto le gustaba a Paul.
Desde niño.
Recordó tardes enteras observándolo estudiar libros que parecían escritos en otro idioma.
Sus partidas con Amin.
Juegos interminables.
Tableros dibujados por toda la casa.
Y, sobre todo, recordó algo que Paul le había dicho apenas unos días antes.
«Voy a estar fuera un tiempo.»
No había especificado mucho más.
Como casi siempre.
La entrevista continuó.
Aparecieron imágenes del hotel donde se celebraría el evento.
Los salones donde se disputarían las partidas.
Los invitados.
Los conferencistas.
Basima observó distraídamente.
Entonces sonrió.
La idea apareció de golpe.
Simple.
Inofensiva.
Perfecta.
Regalarle un día juntos en aquel torneo de ajedrez que tanto parecía interesarle.
Tomó el teléfono.
Buscó la página oficial del torneo.
Leyó la información.
Horarios.
Actividades.
Entradas.
Disponibilidad.
Todavía quedaban algunos lugares para la jornada final.
Basima dudó apenas unos segundos.
Luego comenzó a llenar el formulario.
Nombre.
Apellido.
La operación tardó menos de cinco minutos.
Cuando terminó, apareció en la pantalla un mensaje de confirmación.
«Compra realizada con éxito.»
Basima sintió una satisfacción casi infantil.
Hacía años que no preparaba una sorpresa para Paul.
Sonrió.
Después de todo, comprar por internet no había resultado tan complicado como imaginaba.
Y, por una vez, quería verlo disfrutar de algo.
Sin preocupaciones.
Sin trabajo.
Sin ausencias repentinas.
Sin secretos.
Simplemente madre e hijo compartiendo un día juntos.
La idea le resultó reconfortante.
Imprimió los boletos.
Los dobló cuidadosamente.
Y los guardó dentro de un sobre.
Después escribió en el exterior:
«Para cuando regreses.»
Sonrió al imaginar la expresión de Paul al recibir el regalo.
Dejó el sobre sobre una repisa de su habitación.
Y continuó con su tarde.
Sin imaginar que acababa de comprar dos entradas para el lugar que ocupaba cada pensamiento de su hijo.
***
Mientras tanto, cerca del Hotel Grand, Paul estudiaba exactamente el mismo lugar.
Los mismos accesos.
Los mismos elevadores.
Las mismas rutas internas.
Los alrededores del hotel.
Calculaba tiempos.
Distancias.
Posibles recorridos.
No dejaba nada al azar.