Capítulo 45
Austin, Texas
James observaba la ciudad con una inquietud difícil de explicar.
Intuía que el Albañil ya había movido una pieza decisiva.
Harold no había confirmado obras en proceso.
James seguía mirando por la ventana.
López conducía guiándose por el navegador.
Ninguno hablaba demasiado.
La adrenalina del viaje comenzaba a transformarse en incertidumbre.
Después...
en miedo.
—¿Sigues pensando que es Austin? —preguntó López.
—Sí.
—¿Y si es Crossville?
James negó lentamente.
—No; Austin = Alfil
Pero algo no encaja.
—¿La publicación?
—Exactamente.
Siempre encontramos primero el cuerpo.
Después entendemos la jugada.
Esta vez ocurrió al revés.
López disminuyó la velocidad al llegar a un semáforo.
—Quizá quiso adelantarse.
—No.
»El Albañil nunca hace nada porque sí.
»Nunca.
Minutos después llegaron a la sede de la Policía de Austin.
Un oficial los condujo hasta una sala de reuniones.
James mostró sus credenciales y explicó brevemente el caso.
Las llamadas.
La partida.
Los asesinatos.
La firma del Albañil.
Los oficiales locales escuchaban con evidente escepticismo.
Hasta que James mostró las fotografías.
Entonces el ambiente cambió.
—¿Y por qué Austin? —preguntó uno de los detectives.
—Porque creemos que la última víctima está aquí...
o estará aquí.
»Todo nuestro análisis apunta hacia Austin.
El detective intercambió una mirada con otro oficial.
—Curioso...
James levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
—Porque esta madrugada tuvimos un doble homicidio en un hotel del centro.
El corazón de James pareció detenerse.
—¿Dónde?
—Hotel Grand.
»Sala privada de conferencias.
»Entre la una y las dos de la madrugada, aproximadamente.
James y López intercambiaron una mirada.
Ninguno necesitó hablar.
Habían llegado demasiado tarde.
Otra vez.
—¿Nombres de las víctimas?
El detective abrió una carpeta.
—Richard Halpern.
Profesor universitario.
Organizador del Congreso Internacional de Estrategia y Sistemas Complejos.
James sintió un escalofrío.
El alfil.
Austin.
Todo encajaba.
Entonces el detective continuó leyendo.
—Y Boris Dubov.
El mundo pareció detenerse.
—¿Quién? —preguntó James.
En su voz había incredulidad...
y terror.
—Boris Dubov.
»Setenta y ocho años.
»Profesor, consultor y participante del mismo congreso.
López observó a James.
Nunca lo había visto quedarse inmóvil de aquella manera.
—No...
James apenas logró pronunciar la palabra.
—¿Lo conocía? —preguntó el detective.
James tardó varios segundos en responder.
—Era mi amigo...
Aquellas tres palabras pesaban más que cualquier explicación.
La sala quedó completamente en silencio.
James respiró hondo.
—Necesito ver la escena.
»Ahora.
Treinta minutos después llegaron al hotel.
La sala permanecía acordonada.
Los peritos habían terminado gran parte del procesamiento.
James y López entraron lentamente.
Lo primero que vieron fue un tablero de ajedrez dibujado sobre la pared.
Aparentemente con sangre.
No era perfecto.
Ni simétrico.
Pero resultaba inconfundible.
Casillas.
Líneas.
Y una anotación.
**Cxc2**
La jugada.
—Dios mío... —murmuró López.
Después observó el lugar donde había sido encontrado Halpern.
En las fotografías periciales distinguió otro detalle.
Un alfil blanco incrustado en el rostro de Richard Halpern.
La pieza capturada.
James cerró los ojos.
El Albañil había vuelto a hacerlo.
Pero algo era diferente.
—¿Encontraron alguna nota? —preguntó López.
El detective local negó con la cabeza.
—Nada.
»Ni llamadas en los teléfonos.
»Ni mensajes.
»Ni comunicados.
»No dejó absolutamente nada.
James continuó observando la pared.
No estaba convencido.
—No.
»Siempre deja algo.
—Quizá cambió —dijo López.
James negó lentamente.
—No cambió.
Aquella escena no parecía improvisada.
Había sido preparada con el mismo cuidado que todas las anteriores.
Y eso era precisamente lo que más lo inquietaba.
Dos horas después llegaron a la morgue acompañados por el detective Polok.
No hubo presentaciones.
Pidieron inmediatamente hablar con el médico forense.
El especialista revisaba los efectos personales recuperados.
Reloj.
Cartera.
Lentes.
Teléfonos.
Documentación.
Comenzó con Richard Halpern.
—Presenta una herida por arma blanca justo al lado del esternón.
»La lesión atravesó el corazón.
»Las costillas adyacentes muestran un corte extremadamente limpio.
»El arma debió de tener un filo excepcional.
Después señaló otra fotografía.
—La pieza de ajedrez incrustada en el ojo izquierdo perforó completamente el globo ocular.
»El primer golpe fue letal.
»El segundo formaba parte de la puesta en escena.
Pasó a la siguiente carpeta.
—En cuanto al profesor Boris Dubov...
»no presenta heridas por arma blanca.
»Murió por asfixia.
»Dada su edad, prácticamente no opuso resistencia.
»No encontramos otras lesiones importantes.
»Solo las marcas de presión en cuello y garganta.
James escuchaba casi sin oír.
Seguía intentando aceptar la noticia.
Entonces el forense tomó una pequeña tarjeta.
—Esto apareció en el bolsillo interior de la chaqueta del profesor Dubov.
James levantó la vista.
—¿Qué es?
—Pensamos que era una tarjeta de contacto personal.
»No parecía relevante.
El forense se la entregó.
James la tomó con manos temblorosas.
Reconoció inmediatamente su nombre.
Y su número telefónico.
No era una prueba.
Era un mensaje privado.
El Albañil había decidido comunicarse únicamente con él.
La observó durante varios segundos.
Sintió que el estómago se contraía.
López se acercó.
—¿Qué ocurre?
James le mostró la tarjeta.
El rostro del detective perdió completamente el color.
—No puede ser...
«James Miller 701 55 49 -- -- -- 23»
El forense y el detective Polok intercambiaron una mirada de desconcierto.
—¿Sucede algo? —preguntó Polok.
James tardó varios segundos en responder.
—Sí.
»Mucho.
Guardó cuidadosamente la tarjeta.
Entonces comprendió la verdad.
El Albañil sí había dejado un mensaje.
Lo que nadie había entendido era que aquel mensaje estaba dirigido únicamente a él.
Y por primera vez desde que comenzó la partida sintió algo peor que la frustración.
Culpa.
Comprendió que aquella muerte no era únicamente consecuencia de la inteligencia del Albañil.
También era consecuencia del vínculo que él mismo había creado con Dubov.
Porque Dubov nunca debió formar parte del tablero.
Nunca fue el objetivo.
Y, sin embargo...
había muerto.
Y el Albañil quería asegurarse de que James jamás pudiera olvidarlo.