Veintitrés Capítulo 44
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Capítulo 44

Austin

No vigilaba por ansiedad.

Verificaba que la realidad siguiera respetando el plan que llevaba años construyendo.

Por ello, el mejor momento era la madrugada del lunes.

Una vez iniciado el congreso, Halpern estaría permanentemente rodeado de personas.

A las 23:20 horas observó cómo Richard Halpern abandonaba el restaurante.

No iba solo.

Un hombre mayor caminaba junto a él.

Ambos conversaban animadamente.

Paul frunció ligeramente el ceño.

No reconoció al acompañante.

Sin embargo, tampoco le dio importancia.

Los siguió a distancia.

Los vio entrar en una pequeña sala de reuniones ubicada junto al área de conferencias.

Esperó.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

El acompañante seguía dentro.

A las 00:10 horas apareció un empleado con café.

A las 00:40 una organizadora abandonó el área.

A la 01:00 de la madrugada el hotel estaba prácticamente sin movimiento.

Y el hombre continuaba reunido con Halpern.

Paul comenzó a considerar alternativas.

La presencia de un testigo no formaba parte del plan.

Su objetivo siempre había sido Halpern.

Aquella persona era únicamente una variable inesperada que todavía podía resolverse sin alterar el plan.

Quizá bastaría con inmovilizarlo durante unos minutos.

Nada más.

A la 01:20 volvió a recorrer el pasillo.

La sala seguía ocupada únicamente por los dos académicos.

Nadie más.

Permaneció inmóvil frente a la puerta.

Evaluó riesgos.

Tiempos.

Posibles testigos.

Calculó.

Se adaptó.

Finalmente tomó el sobre que había preparado.

Caminó hacia la sala.

Y golpeó suavemente la puerta.

***

Halpern y Dubov permanecían en la pequeña sala privada destinada a reuniones de los conferencistas.

Sobre la mesa descansaban varias carpetas, una computadora portátil y un tablero de ajedrez que Dubov había llevado consigo.

—Sigues insistiendo en que los jugadores agresivos toman más riesgos fuera del tablero —dijo Halpern.

—Porque es cierto.

—No tienes evidencia.

—Tengo cincuenta años observándolos.

Halpern soltó una carcajada.

—Eso no es evidencia científica.

—A mi edad...

»sí lo es.

Ambos rieron.

La conversación llevaba horas alternando entre ajedrez, psicología y comportamiento humano.

A la 01:27 horas alguien llamó suavemente a la puerta.

Halpern levantó la vista.

—¿Sí?

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Un hombre apareció.

Vestía un traje sencillo.

Llevaba un portafolios.

Su aspecto era completamente normal.

—Disculpen la interrupción.

»En recepción me pidieron entregar esto.

»Parece que llegó esta noche para usted, profesor Halpern.

Le mostró un sobre.

Halpern se levantó.

—Gracias.

El hombre avanzó apenas un par de pasos.

Suficientes.

Dubov casi no le prestó atención.

Halpern tomó el sobre.

Lo observó.

No tenía remitente.

—Curioso...

Fue la última palabra que pronunció.

Todo ocurrió demasiado rápido.

El atacante se movió con una precisión imposible de anticipar.

Halpern ni siquiera tuvo tiempo de comprender lo que sucedía.

Retrocedió contra la mesa.

Golpeó una silla.

Los documentos cayeron al suelo.

Dubov se levantó de inmediato.

—¡Richard!

En cuestión de segundos comprendió que aquello no era un robo.

Ni una discusión.

Era un asesinato.

Entonces vio el rostro del atacante.

Era el mismo hombre con el que había tropezado horas antes en el vestíbulo.

No conocía su nombre.

Pero, de pronto, recordó dónde lo había visto.

Las fotografías que James le había mostrado.

Los informes.

Las ampliaciones realizadas por López.

Y aquella extraña sensación experimentada durante el encuentro.

Todo regresó de golpe.

—Dios mío...

Entonces comprendió.

—El Albañil.

La palabra quedó suspendida en el aire.

***

Paul sintió que algo acababa de desviarse del plan.

Observó nuevamente al anciano.

Ya no como un testigo accidental.

Sino como una variable desconocida.

Tomó una de las hojas esparcidas sobre la mesa.

Reconoció inmediatamente la posición.

La partida.

Sus movimientos.

Las variantes.

Los patrones.

Sobre la mesa aparecían todas las anotaciones de Dubov.

Entre ellas...

el nombre de James Miller.

Paul comprendió inmediatamente que la investigación incluía a más piezas de las que tenía contempladas.

Todo encajó.

Aquel anciano no era un desconocido cualquiera.

Trabajaba con James.

Había ayudado a James.

Probablemente durante semanas.

Quizá desde el principio.

Permaneció inmóvil durante un instante procesando la información.

No estaba molesto por haber sido identificado.

Lo irritaba la conclusión inevitable.

Hasta ese momento el anciano solo era un inconveniente.

Ahora era un riesgo.

Un testigo capaz de identificarlo.

Y, sobre todo...

de explicar su presencia en Austin.

Dubov también comprendió lo que estaba ocurriendo detrás de aquellos ojos.

La decisión acababa de cambiar.

No había miedo en el rostro del asesino.

Solo cálculo.

La misma expresión que había visto cientos de veces en jugadores que descubrían una combinación decisiva demasiado tarde.

—Ahora lo entiendo —dijo Dubov con serenidad—.

»Yo no era tu objetivo.

»Pero estaba en el lugar equivocado...

»en el momento equivocado.

Paul no respondió.

Por primera vez apareció una leve expresión de disgusto en su rostro.

Porque Dubov tenía razón.

Hasta hacía unos segundos.

Minutos después la sala quedó completamente en silencio.

Paul observó una vez más los documentos.

Tomó una hoja.

Leyó una frase escrita por Dubov:

«La mejor defensa quizá no sea evitar la derrota, sino elegir dónde ocurre.»

Después realizó su firma.

El alfil blanco.

La pieza capturada.

Incrustada en el ojo izquierdo de Halpern.

Luego se acercó a Dubov.

No dejó una nota.

Tampoco una amenaza.

Solo escribió unas palabras en una tarjeta de presentación encontrada en la sala.

La introdujo cuidadosamente en el bolsillo interior de la chaqueta de Dubov.

El mensaje no era para la policía.

Era para James.

Cuando abandonó la habitación comprendió algo que jamás había previsto desde Springfield.

James no jugaba solo.

Ya no estaban únicamente López y Harold.

Había más jugadores.

Aquella certeza modificó el tablero tanto como cualquier captura.