Veintitrés Capítulo 42
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Capítulo 42

Paul llegó al hotel poco antes del mediodía.

La reservación, realizada bajo el nombre de Amin Romei, estaba lista.

Todo seguía desarrollándose exactamente como había sido planificado años atrás.

La reservación aparecía correctamente registrada.

**Amin Romei. Habitación 814**

Todo avanzaba exactamente como estaba previsto.

Mientras esperaba la tarjeta de acceso observó discretamente el movimiento del vestíbulo.

Participantes del congreso.

Personal universitario.

Periodistas.

Organizadores.

Nada fuera de lo normal.

Sobre una pantalla instalada junto a la recepción apareció el programa del evento.

Paul recorrió la lista de participantes.

Richard Halpern.

Confirmado.

Hospedado desde el viernes.

(Coordinador general.)

Nada había cambiado.

Tomó el elevador, dejó una pequeña maleta en la habitación y regresó al lobby.

Quería observar.

Nada más.

Poco después notó un pequeño grupo de reporteros reunido junto a una zona de descanso.

No parecía una conferencia formal.

Más bien una entrevista improvisada.

En el centro se encontraba Richard Halpern.

Paul tomó asiento a prudente distancia.

No observaba a Halpern como un asistente más del congreso.

Lo estudiaba como quien contempla el desenlace de una partida preparada durante años.

Lo encontró más viejo de lo que recordaba por las fotografías.

Más delgado.

Pero con la misma seguridad.

La misma confianza.

La misma facilidad para explicar el comportamiento humano como si hablara de mecánica.

Uno de los periodistas preguntó:

—Profesor Halpern.

»¿Qué espera mostrar en este congreso?

Halpern sonrió.

—Llevamos décadas estudiando cómo las circunstancias moldean las decisiones de las personas.

—¿Y qué tan predecibles somos?

—Mucho más de lo que nos gusta admitir.

Algunas personas rieron.

—¿Puede dar un ejemplo?

Halpern cruzó las manos.

—Pensemos en un albañil.

Cada palabra aumentó la tensión interior de Paul.

No escuchaba una teoría académica.

Escuchaba una explicación que, a sus ojos, reducía la vida de Amin Romei a una simple estadística.

Paul levantó ligeramente la vista.

—Dos personas pueden tener exactamente la misma inteligencia.

»El mismo potencial.

»La misma disciplina.

Hizo una breve pausa.

—Pero si una nace en un entorno donde todos son médicos y la otra en un entorno donde todos son albañiles, las probabilidades de que terminen siguiendo caminos similares a quienes los rodean son enormes.

Varios periodistas asintieron.

—No porque una profesión sea mejor que otra, sino porque el comportamiento humano es profundamente influenciable.

Somos mucho menos independientes de lo que creemos.

Paul sintió cómo la mandíbula se tensaba.

Halpern continuó:

—La mayoría de las personas piensa que decide libremente su destino.

Sonrió ligeramente.

—La realidad es que solemos movernos dentro de límites mucho más estrechos de los que imaginamos.

Las preguntas continuaron.

Pero Paul dejó de escucharlas.

Permaneció inmóvil durante unos segundos.

Después se levantó.

Abandonó el vestíbulo sin mirar atrás.

Las puertas automáticas se abrieron frente a él y el calor de Austin lo recibió inmediatamente.

Comenzó a caminar.

Una calle.

Dos.

Tres.

Y siguió sin rumbo aparente.

Sin prisa.

Sin detenerse.

Las palabras seguían resonando en su cabeza.

No porque fueran nuevas.

Llevaba años leyéndolas.

Escuchándolas.

Encontrándolas en artículos y conferencias.

Pero oírlas directamente de la voz de Halpern era distinto.

Porque, una vez más, Amin había desaparecido.

Convertido en una probabilidad.

En una estadística.

En una explicación conveniente.

Paul necesitaba recuperar el control antes de continuar.

Respiró profundamente tres veces.

Sacó el teléfono del bolsillo.

Cuando habló, su voz sonaba completamente normal.

Serena.

Como si aquella conversación interior jamás hubiera ocurrido.

—¿Mamá?

—Paul.

Basima sonrió al otro lado de la línea.

—¿Todo bien?

—Sí.

—Nunca me dices "mamá".

¿Seguro que todo está bien?

—Solo quería saber cómo estabas.

»Yo estoy muy bien, Basi.

—Estoy bien, hijo.

Hubo una breve pausa.

—¿Ya llegaste a Springfield?

Paul observó el tránsito de la avenida.

—Sí.

Todo está tranquilo.

—Me alegra escucharlo.

—Volveré a casa el martes.

—Te estaré esperando.

—Lo sé.

Después de despedirse permaneció unos segundos mirando la pantalla apagada.

Luego guardó el teléfono y regresó al hotel con expresión tranquila y paso sereno.

Como si nada hubiera ocurrido.

***

A las cinco de la tarde llegó otro huésped.

Boris Dubov.

El viaje desde Dakota del Norte había resultado más agotador de lo esperado.

Mientras cruzaba el vestíbulo empujando una pequeña maleta, alguien salió de uno de los pasillos laterales.

Ambos chocaron ligeramente.

Fue un contacto de apenas unos segundos.

Suficiente para que dos hombres extraordinarios se cruzaran sin reconocer la importancia de aquel instante.

—Lo siento mucho —dijo el desconocido.

—No se preocupe —respondió Dubov.

El hombre sonrió con cortesía.

—Fue culpa mía.

—Entonces estamos empatados.

El desconocido inclinó ligeramente la cabeza.

—Que tenga una buena estancia.

—Usted también.

Continuó su camino.

Dubov avanzó algunos metros más.

Después se detuvo.

Miró brevemente hacia atrás.

El hombre ya había desaparecido entre la gente.

Mientras se alejaba, Dubov experimentó una sensación difícil de explicar.

No recordaba el rostro de aquel hombre.

Recordaba la impresión que le había producido su extraordinaria serenidad.

No sabía qué era.

Tal vez una expresión.

Tal vez la voz.

Tal vez solo una impresión pasajera.

Después de unos segundos se encogió de hombros.

A su edad aquello ocurría con frecuencia.

Llegó a la recepción.

Recibió la llave de la habitación.

Y apenas entró al elevador sacó el teléfono.

—Richard.

—¡Boris! ¿Ya llegaste?

—Hace unos minutos.

—Excelente.

¿Te parece si cenamos y revisamos la ponencia?

—Perfecto.

—Me alegra que hayas venido.

Dubov sonrió.

—A mí también.

La llamada terminó.

El elevador comenzó a ascender lentamente.

En algún lugar del mismo hotel, la partida acababa de entrar en su fase más peligrosa.

Y ninguno de los dos podía imaginar hasta dónde llegarían sus consecuencias.