Capítulo 41
Dejó la taza de café a un lado y abrió, sin prisa, la publicación de la *Tribuna Digital de Bismarck*.
Sabía que aquella respuesta le diría tanto sobre James como la propia jugada.
En la pantalla apareció:
Acompañado del mensaje:
«En ocasiones, la mejor decisión no es avanzar, sino proteger aquello que aún puede salvarse.»
Paul sonrió apenas unos milímetros.
No era satisfacción.
Era respeto intelectual.
Analizó la posición una y otra vez.
Consideró distintas variantes y todas desembocaban en la misma conclusión.
**Rh1** era la defensa más precisa.
No ganaba la partida.
Pero impedía un colapso inmediato.
Abrió su libreta y escribió:
«Las blancas comprenden el peligro inminente.»
Debajo añadió otra frase:
«Siguen perdidas.»
Permaneció observando el tablero mientras recordaba una enseñanza de Amin Romei:
«Hay partidas que se pierden mucho antes del movimiento final; simplemente llega un momento en que ya no quedan suficientes buenas jugadas.»
Poco antes del mediodía encontró a Basi junto a la ventana del bungalow.
La recuperación avanzaba favorablemente y el cambio a Luisiana parecía haberle devuelto parte de la tranquilidad.
—Necesito salir unos días, Basi.
—¿Volverás a Springfield?
—Hay asuntos pendientes que debo cerrar.
»Todo está bien.
La mujer sonrió levemente.
—Tu padre también decía eso.
—¿Qué decía?
—"Todo está bien."
»Incluso el día que lo golpearon unos policías.
Durante unos segundos ambos permanecieron en silencio.
Aquel breve silencio pesó más que cualquier explicación.
Paul tomó la mano de Basi.
—Regresaré pronto.
Aquella misma tarde abrió nuevamente la carpeta del Congreso Internacional de Estrategia y Sistemas Complejos, en Austin.
Revisó horarios.
Accesos.
Participantes.
Su mirada se detuvo en un solo nombre:
**Richard Halpern**
No estaba consultando información.
Solo confirmaba que el escenario seguía exactamente como lo había planeado durante años.
Antes de apagar la computadora leyó una noticia sobre el próximo Torneo Magistral de Nueva Orleans.
Guardó una copia sin mostrar emoción.
Sobre el escritorio quedaron escritas tres referencias:
James Miller.
Richard Halpern.
Nueva Orleans.
El tablero ya estaba completo.
Había llegado el momento de viajar.
La siguiente pieza ya ocupaba su casilla.
***
Sábado 10 de junio
La casa de James estaba más animada de lo habitual.
La presencia de Greta y Jamal devolvía, por unas horas, la normalidad al hogar.
Aunque solo en apariencia.
La mente del detective seguía atrapada en el tablero del Albañil.
En las ciudades.
En las piezas.
En la sensación constante de marchar siempre una jugada por detrás.
Mientras Sofía y Greta terminaban de preparar la comida, Jamal observó a James desde la sala.
—Llevas diez minutos mirando el teléfono.
James levantó la vista.
—Sólo estaba pensando.
Greta soltó una carcajada desde la cocina.
—Si deja de pensar, probablemente desaparezca.
Sofía negó con la cabeza.
—No. Primero olvidaría comer.
—Y después dormir.
—Y después respirar.
James sonrió por primera vez en toda la mañana.
—Los escucho perfectamente.
—Era la intención —respondió Greta.
La conversación continuó algunos minutos más hasta que James miró el reloj.
—Tenemos que irnos.
Jamal asintió.
Media hora después ambos llegaron a la residencia de Boris Dubov.
Dubov los recibió en su salón de clases.
El mismo lugar donde semanas atrás James había acudido por primera vez buscando orientación.
Sobre la mesa ya había un tablero preparado.
Y hojas llenas de anotaciones.
Dubov señaló dos sillas.
—Me alegra ver que siguen sin rendirse.
—Las reglas del Albañil son claras, no podemos rendirnos
—Excelente. Significa que aún conservan sentido común.
Los tres tomaron asiento.
Dubov acomodó sus lentes.
—Bien. Veamos qué tenemos.
Durante los siguientes minutos repasaron la situación.
La dama negra en b6.
El rey blanco refugiado en h1.
El caballo negro en d4.
Y las posibles continuaciones.
Jamal tomó varias hojas con cálculos y introdujo algunos datos en su modelo matemático
—Si la teoría del mapa sigue siendo correcta, el próximo objetivo debería estar relacionado con una de dos piezas.
Señaló el tablero.
—El alfil en c2.
—O el caballo en d2.
Dubov observó los diagramas.
—¿Qué ciudades tienen?
Jamal suspiró.
—Demasiadas.
Tomó un mapa de los Estados Unidos.
Varias ciudades aparecían marcadas con círculos de distintos colores.
—La información es inconsistente.
Las llamadas.
Los asesinatos.
Los desplazamientos.
Todo parece encajar parcialmente.
Pero ninguna ciudad destaca claramente.
—Una de esas llamadas del Albañil nos vendría bien; incluso aunque intente despistarnos, siempre tienen una referencia cierta —apuntó Dubov.
James observó el mapa.
—¿Y el caballo negro?
Jamal señaló d4.
—Ése es el problema.
Si el caballo representa la ubicación operativa de Paul, las distancias funcionan.
Pero si representa una ciudad ya visitada, aparecen nuevas posibilidades.
Dubov permaneció varios segundos observando las líneas.
Finalmente movió el caballo negro sobre el tablero.
—Si yo fuera Paul...
Todos guardaron silencio.
—...capturaría el alfil.
James asintió.
Dubov movió lentamente el caballo hasta **c2**.
Dubov dejó la pieza sobre la casilla.
—Porque el alfil es mucho más importante de lo que parece.
Ataca a distancia.
Influye sobre casillas que otros jugadores dejan de observar.
James observó nuevamente el mapa.
—Una ciudad con influencia.
—Exactamente.
No necesariamente grande.
No necesariamente famosa.
Pero sí conectada con algo más.
Durante la siguiente hora analizaron distintas alternativas.
——Voy por más café —dijo Dubov.
Jamal desplegó el listado de ciudades generado por el algoritmo.
Ann Arbor.
Boulder.
Madison.
Chapel Hill.
Austin.
Omaha.
Kansas City.
Crossville.
St. Louis.
Des Moines.
Varias aparecían.
Varias desaparecían.
Ninguna terminaba de destacar sobre las demás.
Finalmente Dubov regresó y se recostó en la silla.
—Por desgracia, no creo que hoy resolvamos ese rompecabezas.
Jamal soltó un suspiro.
—Empiezo a odiar esta partida.
El ambiente se relajó.
La conversación derivó hacia otros temas.
Antes de despedirse, Dubov comentó con naturalidad:
—Por cierto...
estaré fuera un par de días.
—¿Vacaciones? —preguntó James.
—No propiamente.
»Una ponencia.
—Un viejo colega me ha invitado.
»Richard Halpern.
—¿Dónde?
—Texas.
»Un congreso sobre comportamiento humano y toma de decisiones.
»Nada demasiado emocionante.
James sonrió.
—Espero que valga la pena el viaje.
Dubov respondió con tranquilidad.
—A mi edad...
»cualquier excusa para salir de casa vale la pena.
Ninguno volvió a mencionar el asunto.
Poco después James y Jamal abandonaron la casa.
Mientras caminaban hacia el automóvil, ninguno imaginó que acababan de escuchar el nombre de la próxima víctima.